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Cuarenta y cuatro horas en Amsterdam

Viernes 16 de junio de 2017
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Llegué a esta ciudad, que hace casi 500 años apodaban "la Venecia del Norte", para cubrir la final mundial del concurso Bright Minds Challenge. La iniciativa se había propuesto seleccionar una idea que pudiera acelerar el avance hacia la producción de energía ciento por ciento sustentable. Tras una presentación brillante, el premio fue para el argentino Ernesto Calvo, docente de la Facultad de Ciencias Exactas y destacado investigador de la UBA y el Conicet. ¡Qué emoción!

Tras un martes adrenalínico, al día siguiente me dije que no podía irme de la ciudad que fue centro de la actividad comercial, científica y artística del siglo XVII sin visitar la casa de Rembrandt, uno de los genios de la pintura de todos los tiempos.

Y aquí estoy: en el mismo cuarto en el que el maestro preparaba sus pigmentos y desde el cual observaba el ajetreo de la urbe, que ya en esos días deslumbraba por su actividad comercial y su tolerancia.

Hacia 1630, el momento en el que Rembrandt se instaló en este centro que entonces tenía 150.000 habitantes, era un polo cultural de primer orden. Cuentan que causaban asombro la cantidad de mercancías llegadas de todo el mundo, la magnificencia de los edificios y el orden en que se desarrollaba la vida ciudadana. Y que eran tantos los barcos amarrados que en su puerto se balanceaban miles de mástiles, lo que le daba el aspecto de un bosque flotante.

Pero los orígenes de Amsterdam datan de mucho antes. Se erigió en el siglo XII sobre un terreno pantanoso en la desembocadura del río Amstel y luego creció gracias a grandes trabajos de ingeniería que permitieron drenar el agua. Por sus calles, atestadas de ferias y tiendas, pululaban vendedores y mercaderes.

El ambiente de prosperidad hizo florecer las disciplinas científicas. La geografía, la astronomía, la física, la matemática y la ingeniería hicieron posibles los grandes viajes comerciales y dieron vida a su primera universidad, el Atheneum Illustre, fundado en 1632.

Al mismo tiempo, el arte se enriquecía con avances tecnológicos, como las lentes. Precisamente, por esos años un fabricante e inventor local, llamado Hans Lippershey, fue el primero en solicitar una patente por el diseño de un telescopio. (Al parecer, una descripción del instrumento llegó a manos de Galileo, que lo fabricó en 1609 y comenzó a utilizarlo para observar los astros.)

No muy lejos nació Christiaan Huygens, uno de los pioneros en el estudio de la probabilidad y de la teoría ondulatoria de la luz. (Al pasar, cabe mencionar que el hoy célebre Baruch Spinoza también llegó a las afueras de Amsterdam luego de ser censurado, expulsado y desterrado de su comunidad, en 1656, y se dedicó a pulir lentes para instrumentos ópticos, muchos de los cuales le fueron encargados precisamente... por Christiaan Huygens.)

Descartes vivió aquí entre 1620 y 1630. En una carta enviada a un amigo se pregunta: "¿Qué otro lugar podría uno escoger en el resto del mundo donde todas las comodidades de la vida y todas las curiosidades que puedan desearse sean tan fáciles de encontrar?".

Rembrandt desarrolló gran parte de su carrera en la ciudad, luego de que el poderoso Constantijn Huygens -padre de Christiaan- le consiguió numerosos encargos de la corte de La Haya. Acumuló una fortuna y se volvió un comprador compulsivo de objetos artísticos, pero tras la muerte de su mujer, Saskia, cayó en el descrédito financiero y debió vender todo.

Por la ventana del cuarto piso, donde el pintor tenía su atelier y hoy se conserva su caballete, entra la luz diáfana de la primavera boreal. La misma que iluminó sus retratos, que lleva a evocar esta historia y que hoy transporta al visitante cuatro siglos atrás... Pero aunque lo intentemos a fuerza de imaginación, el reloj tiránico indica que hay que salir a la carrera para tomar el avión a Buenos Aires. De regreso a la taquicardia.

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