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El cobijo de la niñez, ese bálsamo

PARA LA NACION
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Francis Mallmann
Domingo 18 de junio de 2017
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El invierno en la montaña al sur del sur tiene algunos rasgos que nos hacen vivir los días introspectivamente. Amanece tarde y la luz se apaga temprano, por lo que las horas pasadas dentro de casa son muchas. Si somos adeptos a esta vida; la cocina, la lectura, la música, el cine y las actividades manuales, llenan los días con sentimientos de reparo, aprovechando las horas de luz para estar afuera; caminando, hachando leña o haciendo esquí de fondo.

El tiempo de los últimos días ha sido invernal, bajas temperaturas y neviscas esporádicas. Hoy nieva copiosamente en la cordillera, luego de estar tres días saliendo sólo a realizar tareas de hacha y arreglos, decido emprender una salida para cambiar el aire. Camino con mi pequeña Heloisa con el deseo de hacerle sentir el valor del resguardo, la forma en la que muy a pesar de un clima frío y adverso se puede con calma y buen paso encontrar cobijo para disfrutar de un día muy invernal y frío.

Cobijo es una palabra llena de sustento, resuelve el cuidado propio y de otros, en un lugar transitorio o permanente donde nos sentimos protegidos y en paz. Además, el acto de dar cobijo es una de las extensiones de la generosidad, un espacio donde orilla el abrazo de calor sostenido por gestos humanos de comprensión y comodidad.

Foto: Ilustración: Flor Sánchez Elia

Caminamos con la nieve a la altura de la rodilla. Después de media hora la veo cansada y la subo a mis hombros. Los dos llevamos mochila, ella tiene libros guardados. Siento sus guantes en mi cabeza, me da palmaditas y canta. Siempre le gustó el frío, desde muy chiquita, será algo familiar, su corazón es una canasta de flores, tiene la inocencia e ilusión prístina de los cuatro años. Tenemos tanto por aprender nosotros, los adultos, de esta bella edad; ellos tienen una claridad y percepción sobre la vida que los hace parecer clarividentes. Recorren los hechos diarios con una lectura fresca y profética.

El silencio del bosque cuando nieva es diferente, parece más calmo, las ramas abatidas por el peso de la nieve. Y cuando la tormenta ya lleva horas de nevazón los bosques adquieren un silencio tan abundante que parece hacerse sonoro. Es difícil de explicar el peso de aquella calma, una mudez propia de la nieve y los árboles; solemne, enfático, a veces sentencioso.

En una pequeña abra de turbera con una lagunita congelada con vista al bosque, hacemos campamento. De mi mochila sale una carpa, donde nos guarecemos. Le saco las botas y la campera mojada y la siento, tapándola con una enorme bolsa de dormir de plumas. Mientras recojo leña seca en el bosque para hacer un fuego muy pequeño, Heloisa queda mirando los dibujos del libro de la niñez de Louise Bourgeois. Se lo leo varias veces al día, y aunque les teme a las arañas, es su libro preferido hace unos meses.

La escucho hablar sola mientras preparo en el antetecho de la puerta un pequeño fuego sumergido en la nieve, arrastro un tronco a modo de sillón y preparo un almuerzo muy preferido por los dos, arroz blanco con ensalada de repollo colorado.

Mientras almorzamos tardíamente sentados en el tronco, con la feroz nevada, pienso en el regalo de poder compartir con ella estos momentos.

De postre volvemos a la carpa, y leyendo el libro de Louise nos quedamos profundamente dormidos. Me despierto con un rayo de sol, la despierto, nos ponemos las botas y camperas y deshago el campamento rápidamente. En el camino de regreso se ven pisadas de liebre, zorro y de huet-huet, la bella gallina negra saltarina de selva valdiviana.

Al llegar a casa en el galpón cuelgo la carpa para que se seque y abrimos la puerta colorados de frío y alegría, con una brazada de leña para la cocina. Huele a té de cedrón y torta.

El cobijo de la niñez es un bálsamo para luego sanar la vida.

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