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A veces, los clientes te sorprenden

Sábado 17 de junio de 2017
LA NACION
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Sobre la vereda hay tres hombres y una parrilla humeante. El parrillero vende patys, choripanes y vacío-pan. Los otros comen. Desde hace varios meses que se ven parrillas al paso, del mismo estilo, salpicadas en las veredas de la zona. Una zona que empezó siendo un bosque y pasó, de a poco, a ser zona de quintas grandes, luego de lotes más chicos con sus chalecitos, luego de esos mismos chalecitos y de pequeños barrios cerrados, y ahora de todo eso más algunos dúplex con amenities. Y la novedad: las parrillitas al paso en la vereda.

A ésta la hicieron sobre un banco de escuela. Un banco doble, de los grandes, al que le sacaron la tapa, la reemplazaron por un chapón firme, y le soldaron tres pequeñas paredes, también de chapa, que conservan el calor de las brasas y envuelven el humo bajo la carne. Como tengo hambre, me acerco a pedir algo. De los tres hombres, hay uno al que vi un par de veces por la calle. Es jardinero o piletero. Cuando pido mi choripán me saluda.

-¿Y? ¿Hay trabajo o no hay trabajo?

Bueno, por lo menos sabe quién soy. Es fácil ponerse a hablar con gente del rubro. Cuenta que es piletero y que trabaja en otra zona, una zona mucho mejor, hace 25 años. Pero que vive cerca y ahora, con la baja de la demanda invernal, y el poco trabajo que hay en general, nos vamos a cruzar más seguido.

-¿Allá donde trabajás también bajó mucho?

Hace un gesto impactante. Después mastica un poco su vacío-pan (las diferencias sociales entre pileteros quedan plasmadas en la elección del menú: él, vacío; yo, chorizo) y cuando termina dice, con algún resto entre los dientes:

-Cansado estoy, tan cansado.

No me imaginaba que los clientes de zonas pudientes pudieran cansar a un piletero al punto de llevarlo a quejarse de ellos incluso luego de tantos años. Uno siempre espera que el tiempo amanse las cosas, calme el fervor de la sangre, equilibre. ¿Por qué tanta intensidad? ¿Por qué quejarse de comer chorizo a la intemperie, en una parrilla más volátil que la propia experiencia, siempre inestable, de limpiar piletas? ¿Por qué no llamar a mi clienta? ¿A quién podría llamar ahora, para recordar que los clientes que uno tiene son mucho mejores que lo que uno espera de ellos? ¡A mi clienta-con-huerta! Sí, no sé nada de ella desde noviembre, cuando le vacié la pileta y después nunca llamó para mantenerla, porque no le daban los números. Su último mensaje de WhatsApp fue: "Cuando se me pase la depresión te llamo". ¿Debería haberla llamado yo? ¿Debería llamarla ahora? Más vale tarde que nunca, pienso. Mando mensaje. Responde que me extraña. ¿Y la pileta? No va más. ¿Para siempre? Hice un estanque, puse peces. ¿Peces? Peces, sí. ¿Para cultivar? No lo pensé, pero sí, podría ser, hay que investigar un poco el tema. Huerta y cultivo de peces, te va a ir bien. ¡Gracias!

El piletero termina su vacío-pan y me pregunta de qué me reía mientras mandaba mensajes.

-Una clienta.

-¿Sabés hace cuánto que no me divierto con una clienta?

-No sé.

-La verdad, -mira hacia la calle, como si hubiera un largo horizonte frente a él, un horizonte de selva y aventuras, y no una calle y los autos y el 723 y el humo de la parrilla- hace mucho.

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