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¿A qué edad aparece la conciencia moral?

PARA LA NACION
Sábado 17 de junio de 2017
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Nuestro deseo es lograr que nuestros hijos se disculpen porque tomaron conciencia de que se equivocaron, de que hicieron algún daño o lastimaron a alguien con sus palabras o su conducta, no que lo hagan automáticamente sólo para librarse de nuestro reto.

Y esto recién pueden hacerlo alrededor de los cinco años, cuando ellos empiezan a tener un observador interno y una conciencia moral que les permite verse a sí mismos y evaluar sus palabras o acciones. También tienen que haber aprendido a observar al otro y registrar el impacto que causaron con su conducta o sus palabras.

Desde muy chiquitos los bebes miran la cara de su mamá para saber cómo es el mundo, así descubren lo que a ella le gusta, lo que la asusta, lo que la enoja, lo que la entusiasma y lo que la pone en acción; crecen un poquito y saben que al adulto lo enoja que empuje a otro bebe, o que muerda al amigo que no le presta un juguete, o que le pegue a la mamá porque se enojó con ella, pero todavía están muy lejos de saber las razones que llevan a ese adulto a retarlo o a tratar de impedir alguna conducta; lleva años y unas cuantas equivocaciones comprender lo que está bien o mal. Y este saber aparece con la internalización de pautas de los padres que van organizando la conciencia moral alrededor de los cinco años.

En todas las edades, y muy especialmente con los más chiquitos, es importante que separemos en dos partes lo que vemos: comprendiendo primero la emoción intensa que llevó al niño a esas palabras o conducta inadecuadas y luego regulando la conducta y eventualmente buscando que tome conciencia y se disculpe y/o haga un gesto de reparación: comprendamos su deseo (traerse los marcadores del jardín escondidos en el bolsillo), su enojo (porque el hermano se paró delante del televisor y no lo deja ver), su apuro o entusiasmo (que lo hacen tirar el vaso o empujar al compañero sin verlo siquiera), su ofensa que lo llevó a decirle "tonta" a su mamá (porque le apagó la tele).

Así en lugar de cerrarse como el bicho bolita ante otras respuestas que percibe como ataques, al sentirse escuchado y entendido podrá abrirse para escucharnos y entender lo que provocó y entonces disculparse desde él mismo y no desde la imposición adulta.

Esto es válido salvo que haya hecho algo grave, en cuyo caso primero nos ocupamos del damnificado, después retamos a nuestro hijo y (según la edad) le pedimos que se disculpe para, más tarde y ya a solas con él y con los ánimos más calmados, conversar de los motivos que lo llevaron a hacer lo que hizo y a entender por qué no estuvo bien su accionar.

A los seis y siete años, y a veces más grandes también, siguen dejándose llevar por las pasiones: las ganas de ganar, o de poseer esa figurita del amigo, el entusiasmo que los hace atropellar a otro, o el miedo que los lleva a falsificar una firma en la nota del cuaderno. Es que la conciencia moral no está suficientemente establecida y se va consolidando con padres que están atentos y son más vivos que sus hijos y no les permiten salirse con la suya con sus historias ("yo no fui", "me lo encontré en el recreo", "¡es mío!", "es mi turno", etc.)

Con el amor recibido aprenden a amar y también descubren que no quieren lastimar a las personas que los quieren y a quienes ellos quieren, y esa se convierte en una importante motivación para no querer lastimar o para disculparse e intentar reparar el daño hecho.

Alentemos a nuestros chiquitos a que pidan disculpas pero no las exijamos ni nos enojemos con ellos cuando les cuesta hacerlo: es una cuestión de maduración y de fortaleza interna que sólo se logra de la mano de adultos que los quieren bien, son ejemplo y los acompañan en este proceso.

La autora es psicóloga y psicoterapeuta

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