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El último gesto de un hombre íntegro

LA NACION
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Héctor M. Guyot
Sábado 17 de junio de 2017
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Aquellos capaces de preservar la coherencia entre lo que piensan, dicen y hacen son considerados íntegros. Por lo general, se los admira. Sin embargo, la vida es demasiado compleja como para erigir ese tipo de integridad en un valor absoluto. A veces hay que dejar los principios de lado. Esa fue la última lección que dio el español Juan Goytisolo, uno de los escritores más íntegros de los últimos tiempos, antes de morir. Lo hizo en silencio, a riesgo de ser incomprendido, sacrificando incluso la reputación que se había forjado durante toda una vida.

La historia la reveló el periodista Francisco Peregil en una conmovedora nota sobre los años finales del autor de Señas de identidad, publicada el domingo pasado en el diario El País. Gracias a ella, los que seguimos las alternativas del Premio Cervantes que Goytisolo recibió a los 84 años de manos de los reyes de España, en abril de 2015, pudimos conocer las razones que se ocultaban detrás de su gesto adusto, de ciertos tramos de su discurso y de la misma aceptación del reconocimiento por parte de quien, hasta allí, había despreciado los premios literarios.

Le habían anunciado la concesión del Cervantes, el premio más importante en lengua española, dotado de 125.000 euros, en noviembre de 2014. Siete meses antes, enfermo y con ingresos magros, Goytisolo había redactado un documento donde explicaba su decisión de recurrir a la eutanasia. Allí consignó que prefería anticiparse a su ruina física y a la pérdida de la capacidad cognitiva para despedirse de la vida "con dignidad". Pero había algo más: "La otra razón de la eutanasia es la de asegurar el porvenir de los tres muchachos cuya educación asumo -escribió-. Me parece indecente malgastar los recursos limitados de que dispongo, y que disminuyen a diario, en tratamientos médicos costosos en vez de destinar este dinero a completar sus estudios".

¿Quiénes eran estos tres muchachos cuya educación, dice Peregil, se había convertido en su razón de vivir? Sus tres ahijados: Rida, hoy de 23 años, hijo de Abdelhadi, el compañero del escritor; Yunes, también de 23, y Jalid, de 18. Los dos últimos son hijos de Abdelhaq, el hermano de Abdelhabi. Eran, todos, su familia. Con ellos, más la esposa de Abdelhaq, vivía Goytisolo en un viejo hostal de Marrakech que había comprado a fines de los años 90.

La noticia del Cervantes llegó como una broma del destino. El mundo de las letras, del que había abjurado, iba a buscarlo para reconocer la estatura de una obra construida en los márgenes. Aceptar el premio, que él había denostado públicamente como parte de la "putrefacción de la vida literaria española", significaba regresar manso a todo lo que había abandonado hacía décadas. Paradójicamente, era también la posibilidad de ver cumplida su última obsesión, la de asegurar la educación de sus ahijados. ¿Qué hace un hombre íntegro ante semejante encrucijada?

Goytisolo aceptó el premio y fue a recibirlo. En su discurso, distinguió a los escritores que conciben su tarea como una carrera de aquellos que la viven como una adicción. Los primeros cuidan su promoción y visibilidad mediática. Aspiran a triunfar. Los llamó literatos. A los segundos, escritores a secas, o aprendices de escribidor, les basta con cumplir consigo mismos. Reconoció que él había incurrido en "la vanagloria de la búsqueda del éxito", pero luego se hizo aprendiz de escribidor. Tal vez por eso, aceptar el premio ahondó su depresión: era consciente, dice Peregil, de que con ese gesto había quedado atrapado en una contradicción. Además, ahora que sus ahijados tenían asegurada la continuidad de sus estudios, ¿para qué vivir? En 2016, un amigo a quien le mostró el documento de la eutanasia le advirtió: "Te pido que no lo hagas. Porque estos muchachos, aparte del dinero, tienen derecho a tenerte ahí. No se trata solo de que les pagues la carrera".

A partir de allí, su enfermedad se agravó. En cada recaída, abandonaba el hospital contra la voluntad de los médicos, para no gastar el dinero reservado a sus ahijados. En marzo pasado sufrió un ictus cerebral y fue internado en la Clínica Internacional de Marrakech. A los tres días, por las suyas, volvió a su casa. Falleció hace dos semanas, en la madrugada del domingo 4 de junio. "Murió tranquilo, en su cama", contó Abdelhabi.

Gracias a Francisco Peregil, sabemos que hoy Jalid terminó un ciclo de formación profesional, Rida estudia cine en Marrakech y Yunes acaba de concluir sus estudios de ingeniería en Francia. Acaso la integridad sea cumplir con uno mismo. Una gesta anónima, ajena a toda promoción y visibilidad mediática. Pero que, necesariamente, involucra a los otros. Como lo quiso Goytisolo.

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