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Los tabúes del despegue

LA NACION
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Francisco Olivera
Sábado 17 de junio de 2017
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Se percibe en persona o por teléfono: las respuestas que dan los funcionarios de Mauricio Macri tienen últimamente un aire de mayor serenidad y, en algunos casos, hasta de suficiencia. Es un estado de ánimo nuevo, impensado hace unos meses y acaso más sustentado en los desencuentros de la oposición que en resultados propios. Empezó a cundir en estos días, con la constatación de que Cristina Kirchner podría ser, como soñó Jaime Durán Barba, la gran contendiente del Gobierno. Encuestas que llegaron a la Jefatura de Gabinete y a la provincia de Buenos Aires han terminado de ilusionar a todo el gabinete: proyectan que la mayor parte de los electores que les dieron al Presidente y a María Eugenia Vidal la victoria en 2015 no estaría dispuesta, pese a los problemas económicos, a cambiar el voto en octubre.

Son sólo sondeos cuatro meses antes de los comicios. Pero que indican que, en virtud del miedo de los votantes a volver al pasado, el estado de la economía gravitaría menos de lo que se pensaba hace un año. Para los empresarios es una noticia ambigua. Puede leerse de manera positiva y, al mismo tiempo, con cierta inquietud: casi todos ellos se entusiasman junto con el macrismo en la idea de erradicar el populismo, pero también empiezan a advertir en voz baja que esa fórmula del éxito oficialista no debería incluir la postergación de reformas antipáticas que la Argentina necesita. El tópico les suena además penosamente familiar: también La Cámpora se jactaba de que, con el kirchnerismo, la economía estaba subordinada a la lógica política. Pero es el orden de prioridades que Macri parece dispuesto a aceptar al menos hasta las elecciones y quién sabe si después.

Foto: LA NACION

¿Gradualismo o eterno diferimiento de las soluciones?, se preguntan en el mundo de los negocios. Nicolás Dujovne, ministro de Hacienda, se explayó el martes al respecto ante miembros de la Asociación Empresaria Argentina en el Palacio Duhau: el programa del Gobierno debe tener consistencia fiscal y monetaria, pero también política. "Tampoco sirve perder las elecciones por acelerar las soluciones", planteó, y el auditorio asintió sin contestar. Dujovne había trazado ya los plazos en una presentación que leyó: la reducción de gasto público, el gran desvelo empresarial porque supone más impuestos, se hará en términos reales, no nominales, y de un modo paulatino a medida que la economía vaya creciendo (él calcula llegar en 2023 al 34% del PBI). Es la única manera, cree el Gobierno, de que la ciudadanía asimile una corrección del desastre fiscal: el kirchnerismo viene de subir el gasto del 25 al 43,5% del PBI en 12 años, y Cambiemos ha podido bajarlo hasta ahora al 41,8%. La duda empresarial es si alcanzará con esa dosis y esos tiempos.

Es la discusión de fondo que sobrevuela las conversaciones de los hombres de negocios, que sienten que ahora al menos se los atiende y que aceptan que, a diferencia de lo que pasaba con Néstor y Cristina Kirchner, Macri aprecia la generación de riqueza como indispensable para el desarrollo. Es cierto que estas valoraciones son menos frecuentes en sectores como la industria manufacturera, donde la recesión no termina de revertirse. "Yo les agradezco que hayan venido, los gestos políticos y el diálogo permanente, pero les recuerdo que la actividad cayó cinco puntos en 2016 y este año ya está tres abajo", les dijo el martes José Urtubey, vocal de la Unión Industrial Argentina, a los funcionarios del Ministerio de Producción invitados a la reunión de junta de la entidad. Además de Francisco Cabrera, líder de esa cartera, estaban varios de sus colaboradores, incluido Martín Etchegoyen, secretario de Industria y hasta hace dos años director ejecutivo de la central anfitriona. Fue Etchegoyen quien decidió corregirle el número a su ex compañero: "Perdoname, pero este año ya tenemos cifras confiables: la caída no viene siendo del tres, sino del 2,3 por ciento".

Esas divergencias con la industria, todavía tenues en público, son difíciles de disimular por la crisis de Brasil y porque, aunque nadie lo diga fehacientemente, ciertos rubros no son compatibles con el modelo con que sueña Macri: una economía moderna, abierta al mundo, competitiva, tecnológicamente calificada y desprovista de prebendas. La maldición del converso, para quienes lo conocieron en el grupo Socma.

El establishment decidió, de todos modos, encarar este tipo de desencuentros con prudencia, empezando por aunar reclamos sólo en una necesidad que incluye a todos, que es aliviar la presión tributaria. Fue lo que repitieron anteayer los nueve directivos de la Unión Industrial Argentina que fueron a la Casa Rosada a presentarle a Macri el nuevo jefe fabril, Miguel Acevedo. Y era también el martes la idea convenida por todos antes de empezar el almuerzo con Dujovne, hasta que las urgencias de un textil, Teddy Karagozian, dueño de la fabrica de hilados TN Plátex, sacudieron la formalidad del encuentro. "Vos hablás de gradualismo y nosotros no hicimos gradualismo: echamos gente, hicimos el ajuste que hay que hacer", le reclamó el empresario, que recibió después, terminado el encuentro, la solapada felicitación de dos de sus pares por haberlo dicho.

Era el elefante invisible de la conversación: los empresarios saben, aunque no lo digan, que el grueso del gasto público, que se convierte finalmente para ellos en impuestos, se explica en gran parte por el millón y medio de empleados que se vienen sumando al Estado desde 2003. Un tema difícil para plantearle a una sociedad siempre propensa a reclamar la cuadratura del círculo: energía barata, ausencia de despidos en el sector público, jubilaciones sin aportes y bajos impuestos. Dujovne fue áspero en la respuesta: dijo que el Gobierno estaba atenuando en realidad tanto tributos como gasto al mismo tiempo; que la eliminación de retenciones a las exportaciones, viejo reclamo empresarial, le había restado a la baja del gasto dos puntos en relación con el PBI; que lo mejor habría sido reclamar estas cuestiones durante la última década y, finalmente, que tal vez algunas empresas estaban extrañando las "piñatas" del pasado, como el Fondear o los créditos del Bicentenario. "Se portan como la provincia de Santa Cruz: años recibiendo por arriba de la coparticipación", redondeó.

Quién hace el ajuste: la Argentina vuelve siempre al centro del debate. "¿Vos querés que echemos a un millón y medio de tipos?", le había contestado días antes de mal modo, durante una comida, otro ministro a un lobbista que acababa de reprocharle la lentitud de las decisiones del Gobierno. El otro hizo silencio.

Son temas sensibles. Tabúes del desarrollo argentino. La Argentina no sólo no supo resolverlos: viene sumando nuevos en cada administración.

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