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Los hijos de Franco...

"Si el presente trata de juzgar el pasado, perderá el futuro", decía Churchill; quienes aplauden en público las políticas presidenciales deberían aplicarlas en privado

Domingo 18 de junio de 2017
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En numerosas reuniones con empresarios, el presidente Mauricio Macri aparece en fotografías rodeado por dirigentes que aplauden sus políticas en público, pero que durante décadas han simbolizado los valores que Cambiemos se propone modificar. Esto ha dado lugar a muchas dudas respecto de la viabilidad de realizar reformas estructurales en la Argentina, que permitan crecer en forma sustentable.

A partir de la crisis del 30, la Argentina comenzó a abandonar su integración al mundo en función de la competitividad de su agroindustria, para expandir la dimensión del Estado en un contexto de gradual autarquía. Con el advenimiento del gobierno militar de 1943, en medio de la Segunda Guerra Mundial, el aislacionismo se profundizó y la sustitución de importaciones, como objetivo prioritario, se hizo carne en el pensamiento nacional.

Con el triunfo del Partido Laborista, en 1946, y el ascenso del coronel Juan Domingo Perón a la presidencia de la Nación, se consolidó un modelo de país donde la política cooptó todas las actividades productivas, desde el sector empresario al laboral. Se quitó la personería a la Unión Industrial Argentina (UIA), creándose la Confederación General Económica (CGE) como único interlocutor válido, mientras que, en 1950, la CGT se convirtió en la tercera rama del partido peronista.

Durante 70 años de vigencia de esas reglas de juego, se modeló una clase empresaria entrenada para lograr rentabilidad privada mediante decisiones públicas. Ya fuere a través de contrataciones, regulaciones de privilegio, exenciones de impuestos o créditos regalados, los distintos emprendimientos siempre requirieron, para ser exitosos, de buenas relaciones con la política. Relaciones que podían ser corteses o francamente incestuosas.

Algunos personajes que comparten las fotos con el presidente Macri recuerdan buenos tiempos con los grandes proyectos de Onganía, Levingston y Lanusse. Quizás conocieron a Krieger Vasena, a Dagnino Pastore y a Aldo Ferrer. Otros tal vez añoren el regreso del peronismo con Cámpora, Lastiri, Perón e Isabel y a sus inolvidables ministros Gelbard, Gómez Morales, Rodrigo, Cafiero y Mondelli. Con seguridad, muchos aplaudieron la asunción de la Junta Militar y estrecharon amistad con generales y coroneles, demostrando apoyo a Martínez de Hoz, Sigaut, Alemann o Cavallo.

Desde el advenimiento de la democracia, en 1983, hubo una sucesión de casi 30 ministros de Economía, desde Grinspun, Sourrouille y Pugliese hasta Rapanelli, Erman González y nuevamente, Cavallo. Los empresarios se fotografiaron con ellos y con Machinea, Lopez Murphy, Frigeri, Lemes Renicov y Lavagna. Sonrieron posando con Lousteau y con Boudou. Fueron amigos de Lorenzino, Fernández y Kicillof. Ya se olvidaron de Prat-Gay y ahora se confunden en abrazos con Dujovne, Caputo, Frigerio, Quintana y Lopetegui.

Durante esos 70 años se formaron empresas para esquilmar a Entel, Gas del Estado, Segba, Fabricaciones Militares, Vialidad Nacional, Somisa, Hidronor, Salto Grande, Yacyretá, Sidinsa e Hipasam, al Fonavi de 1970 y al Mundial de fútbol de 1978. Se hicieron fortunas mediante contratos de servicios con YPF. Se cobraron montos siderales por mayores costos en obras públicas o ampliaciones sin nuevas licitaciones. Se ganó dinero exportando a Cuba (que nunca pagó) y con adjudicaciones directas justificadas por convenios bilaterales. Se forzó a comprar caro mediante el compre nacional. Se fundió al Banco de Desarrollo con préstamos impagos y a la Secretaría de Hacienda con avales caídos. Se lograron plusvalías inmorales con el nomenclador arancelario y con circulares amañadas del Banco Central. Se obtuvieron enormes diferimientos fiscales para inversiones ficticias. Se amasaron activos y se licuaron pasivos. Se hicieron "bicicletas financieras" con prefinanciaciones para exportar. Se lograron transacciones espurias de reclamos cruzados en la Procuración del Tesoro. En las provincias se privatizaron bancos con un capitalismo de amigos (Brito y Eskenazi), se aprovechó de los registros de constructores, de los créditos oficiales y de los juicios contra el Estado. Con las privatizaciones se malograron buenas ideas con negocios torcidos, como fue el caso de Aerolíneas, YPF/Repsol o de muchas concesiones de rutas nacionales.

Se lograron decisiones políticas para una u otra cosa, invocando el empleo, la ocupación territorial, la balanza de pagos o la reparación histórica. No siempre hubo corrupción detrás de ese contubernio entre lo público y lo privado, aunque siempre han existido maneras de agradecer a los funcionarios, según la altura de la vara moral de cada uno. De esa forma, se consolidó una trama de intereses creados y una mentalidad prebendaria de muy difícil modificación.

Las empresas extranjeras procuraron mantenerse fuera de esos mecanismos, aunque a veces fueron tentadas por socios, intermediarios y prestanombres. Lamentablemente para ellos, no calcularon que en el exterior estos delitos tienen patas cortas, pues las normas que rigen los mercados de valores los ponen de manifiesto. Así fueron públicos los escándalos en los cuales quedaron involucradas IBM, Siemens, Skanska, BP, Thales, Ralph Lauren, JBS y Odebrecht.

La Argentina debe ahora plantear cambios profundos para no repetir errores del pasado y evitar nuevas crisis debidas a la divergencia entre sus aspiraciones colectivas y su capacidad de satisfacerlas. No cuenta más que con su población, su clase dirigente, sus empresarios, sus sindicalistas, sus jueces y sus dirigentes políticos. No serán los extranjeros quienes asuman esa responsabilidad, sino que debemos ser los propios argentinos, los que somos y los que estamos. Decía Winston Churchill: "Si el presente trata de juzgar el pasado, perderá el futuro".

El presidente Macri es un exponente extremo de ese esfuerzo por cambiar la mentalidad argentina: es hijo de Franco Macri, paradigma del empresario que hizo fortuna mediante sus buenas relaciones con los funcionarios y la política. Un ejemplo cabal de la "patria contratista". Sin embargo, su hijo Mauricio, que ha vivido desde su niñez en ese ámbito de negocios, al menos da señales de estar dispuesto a romper con ese modelo que tan bien conoce, aun a costa de sus vínculos familiares, de los ataques personales, de su fortuna personal, de la paz hogareña, y de su salud física y espiritual.

De llevar a la práctica esas aparentes intenciones, el Presidente irradiaría cierta luminosidad sobre la oscura escena argentina, tan enredada en ese pasado de relaciones enfermas con un Estado desvirtuado y alejado del bien común.

Muchos de aquellos empresarios prebendarios, con el correr del tiempo, han debido alinear sus compañías conforme a buenas prácticas internacionales, promoviendo a ejecutivos profesionales que aplican reglas de compliance como sus contrapartes del exterior. Más aún: muchos de ellos han sido sucedidos por hijos o sobrinos formados en universidades de primer nivel, con posgrados en el exterior, donde han aprendido cómo funcionan los países exitosos según paradigmas muy distintos a los asimilados durante su infancia.

En algún sentido, ellos también son "hijos de Franco" y, como el propio Presidente, deben asumir su responsabilidad empresaria para responder al desafío del cambio, atreviéndose a aplicar en casa lo que aprendieron afuera, dejando de lado los antiguos manuales de un lobby insano para lograr rentabilidad mediante la competitividad y no a través de atajos regulatorios o contrataciones tramposas.

Es de esperar que en las próximas fotografías, el primer mandatario sea rodeado por dirigentes que aplaudan sus políticas en público y las apliquen en privado, abrazando genuinamente los valores que el país requiere para crecer, crear empleos, generar riqueza y distribuirla en forma equitativa.

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