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Perdió a su mujer y a su hija en un accidente: gracias a la terapia grupal, salió adelante

En Aiken, Martín Lanatta dejó de sentirse vacío; su hijo, Joaquín, encontró allí un lugar para hablar

Lunes 19 de junio de 2017

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Martín Lanatta tiene 35 años y hace casi dos que llegó a Aiken junto con su hijo Joaquín, de 8. Fue una conocida quien le recomendó que buscara ayuda en la fundación; luego de que, una madrugada de septiembre de 2015 y en un accidente de auto, murieran su esposa Leticia, de 37 años, y su hija Julia, de cuatro.

"Yo iba al volante. Veníamos de comer de la casa de una amiga y, en el camino del Buen Ayre, un policía borracho, que venía sin luces y en contramano, nos embistió de frente", recuerda Martín. "Mi señora murió en el acto, y a los pocos minutos, mi hija. Joaquín y yo fuimos trasladados al hospital, y cuando nos dieron el alta la primera decisión fue empezar una terapia."

En Aiken, tanto Martín como Joaquín comenzaron con una terapia individual (que mantienen en la actualidad); hace tres meses, el equipo les propuso sumarse a las grupales para adultos y niños. "Al principio, nos dio incertidumbre, porque no sabíamos cómo iba a ser. Pero hoy estamos más que contentos: para nosotros Aiken es un pilar fundamental para lo que actualmente es nuestra vida", confiesa Martín.

Escuchar desde otro ángulo

"Shockeante", así describe cómo fue el primer encuentro grupal para él, cuando, en una ronda, se encontró con hombres y mujeres que también atravesaban el duelo por un familiar fallecido. "Llegas a un punto donde podes escuchar, dialogar y entender desde otro ángulo que hay gente que vive la misma situación que vos, que están en la misma sintonía, y todos nos ayudamos. Eso te coloca en un ángulo totalmente distinto, que es emocionante y productivo", admite, a pocos minutos de empezar un nuevo encuentro. "Las charlas son muy emotivas, y sentís que no estás solo. Yo perdí a mi hija y a mi compañera de vida: uno queda vacío, anulado. En estos espacios te ves reflejado en el otro y eso suma un montón, genera un cambio radical".

En Aiken, Joaquín y su grupo atraviesas el duelo con juegos y charlas
En Aiken, Joaquín y su grupo atraviesas el duelo con juegos y charlas. Foto: Santiago Filipuzzi

En la sala de al lado, Joaquín comienza su terapia grupal junto con otros ocho chicos, guiados por Aldana Di Costanzo -psicóloga y fundadora de Aiken y otra profesional de su equipo. Sentados en una ronda, en almohadones de colores, empieza cuando uno de los chicos enciende una vela.

Luego, se pasan un cuenco de mano en mano y, a medida que lo tocan, los que quieren se presentan (ese día, hay dos varones y una nena nuevos) con su nombre, edad y contando quién es el ser querido que falleció y cómo.

"Todos estamos acá y vamos a vernos cada 15 días porque se nos murió alguien a quien queríamos mucho", explica Aldana antes de empezar a pasar el cuenco. Un nene de 101 años y su hermanita de cinco cuentan que están ahí porque se murió su papá, de una "crisis al corazón" y otro de nueve explica que su hermano gemelo falleció de un "problema del riñón y el intestino". Cuando llega su turno, Joaquín dice: "Yo me llamo Joaco, me dicen Panqui, y mi mamá y mi hermana se murieron en un accidente de auto".

Finalizadas las presentaciones, se leen en voz alta las reglas, pegadas en hojas blancas en la pared ("todo lo que se dice queda en el grupo"; "no hay correcto ni incorrecto, es como es y es así"; "respeto los momentos de tristeza de los demás"; "cada uno tiene derecho de estar solo si así lo desea"). Y, con juegos y mientras se comparten caramelos, continúan otras dinámicas.

Sobre los progresos de su hijo, Martín afirma: "Para él fue una vuelta de hoja. Puede plasmar sus miedos e inquietudes, ya sea con dibujos, trabajos plásticos, o charlas". Y concluye: "Acá encuentra un espacio totalmente diferente, con amigos nuevos que pasaron por situaciones similares. En el colegio o en el club, él no encuentra esos pares. La terapia grupal lo relaja, lo libera, hace que se exprese y hable. Eso es más que sano".

El sueño de un espacio propio

Tener un espacio propio: ese es el mayor anhelo del equipo de la Fundación Aiken, que actualmente funciona en la sede de una fundación amiga que les presta algunas horas el lugar. Ése sueño comenzó a hacerse realidad, ya que les donaron una casa que se convertirá en su primera sede.

Sin embargo, para ponerla a punto, la casa necesita muchas reformas y, entre otros elementos, la donación de 40 sillas plásticas, aires acondicionados, computadoras, equipo de audio y una pantalla para proyecciones.

Los interesados en colaborar pueden llamar al (011)-5245-4189 o escribir a info@fundacionaiken.org.ar

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