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El guardián de los secretos más oscuros del emporio

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LA NACION
Lunes 19 de junio de 2017
Hilberto Mascarenhas da Silva
Hilberto Mascarenhas da Silva. Foto: Archivo

Hilberto Mascarenhas da Silva se muestra como un simple ejecutivo, bonachón, gris y anodino. Pero es uno de los guardianes de los secretos más oscuros del imperio Odebrecht. Y es un guardián que ya prendió su ventilador en Brasil, que colocó contra la cuerda al ex presidente Lula y que puede revelar cómo se pagaron las coimas de la empresa en la Argentina por decenas de millones de dólares durante una década.

Calvo, pasado de kilos y angustiado, Mascarenhas ya se acogió al régimen de la delación premiada en Brasil. Negoció con los investigadores para que le reduzcan su condena en prisión a cambio de contar todo lo que sabía y aportar los documentos secretos que avalen sus palabras.

Relató a los fiscales que en 2006 se reunió con el máximo jerarca de la compañía, Marcelo Odebrecht, quien le encargó que creara la división de Operaciones Estructuradas, la rama que solventó las coimas y el financiamiento electoral clandestino en Brasil y alrededor del mundo.

Mascarenhas llevaba ya 30 años a las órdenes de Odebrecht, siempre en el área financiera. Al principio rechazó la orden, pero terminó por aceptar. Ante la pregunta de los investigadores, estimó que desembolsó US$ 3390 millones para sobornos y campañas electorales hasta su debacle y arresto, ya entrado 2014.

Desembolsó tanto dinero, relató, que llegó a temer que todo el conglomerado Odebrecht implosionara. O, en sus propias palabras, que corrían el riesgo de un "suicidio" por los montos de coimas que llegaron a desembolsar, en Brasil y una decena de países más, entre ellos, la Argentina. Sólo durante 2012, dijo, desembolsaron US$ 730 millones negros.

"Fui a verlo a Marcelo varias veces. No tenía sentido", relató. "Pagar 730 millones de dólares... ningún mercado tiene esto en disponibilidad de dinero (en efectivo) por fuera (del mercado blanco) ni tiene cómo operar eso. Eso era un suicidio", profetizó.

El coimero devenido delator mantiene encendido su ventilador. Su última delación apuntó contra Lula.

Sentado en el banquillo de los delatores, Mascarenhas pareció no comprender -o soslayar- la gravedad de sus actos como "gerente de la corrupción". Relató anécdotas con una sonrisa en sus labios, dibujó esquemas de los pagos ilegales y hasta actuó cual si fuera el anfitrión de un evento. "Pueden bostezar; yo también tengo sueño", le dijo a un fiscal, al ver cómo pugnaba sin suerte por ocultar su cansancio.

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