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8 horas sin salir del Teatro Colón: el día que seguí a una bailarina del elenco estable

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LA NACION
Lunes 19 de junio de 2017 • 17:02
Victoria Gesualdi / AFV
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Para alguien que viene de afuera, ningún día en el Colón puede ser un día cualquiera. Georgina Giovannoni, la joven bailarina que Paloma Herrera eligió para mostrarnos un día en la vida de una integrante del Ballet Estable, llega puntualísima a las 10 de la mañana y nos recibe en la entrada de Cerrito como si se tratara de la puerta de su casa; la metáfora funciona en varios niveles, como podremos descubrir a lo largo del día. Pero decía que para los visitantes este es un día mágico; también es, en alguna medida, un día especial para Georgina.

"¡Te lo merecés tanto!"

Su clase de danza empieza a las 11 de la mañana, pero antes debe pasar por sastrería y hacer la prueba de vestuario para el próximo estreno del Ballet Estable, el Lago de los Cisnes con coreografía de Mario Galizzi. Georgina debe probarse tres trajes distintos: el que llevará en el Pas de Trois, otro para el número Princesas y (esta es la parte especial) también el tutú de Odette, el papel principal de esta obra emblemática.

Victoria Gesualdi / AFV
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Atravieso con ella los pasillos de la sección de sastrería, hasta encontrarnos con una vestuarista que la abraza: "¡casi me muero cuando me pidieron que hiciera el tutú para vos! ¡Ojalá que salga, te lo merecés tanto!", dice la vestuarista, visiblemente emocionada. Georgina entró a la compañía a los veintiún años; no se crió en el teatro, pero Sandra la recuerda de mucho antes, cuando bailaba en la compañía de Julio Bocca bajo la dirección de Eleonora Cassano, porque en algunas ocasiones (por ejemplo, en la despedida de Cassano) se utilizaba la producción del Colón.

Victoria Gesualdi / AFV
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Mientras se desviste, Georgina explica que los papeles todavía no están decididos: hay varias bailarinas ensayando el papel de Odette y entre hoy y mañana se entregarán los repartos, es decir, se comunicará quién bailará cada uno de los protagónicos a lo largo de las siete funciones. Igual está tranquila: los otros dos solos ya los tiene asegurados. Hace un año, cuenta, forma parte del selecto grupo de chicas que ensaya los papeles de principal; con veintiséis años, es la candidata más chica."Pero nunca estuve tan cerca", agrega, mirándose en el espejo, "probarse el traje es un montón".

Georgina hace preguntas sobre los distintos vestuarios que se prueba: las adaptaciones que requerirá su traje de Princesas, que será utilizado la función anterior por una bailarina mucho más alta que ella, y el tutú de Odette que es el más "plato plato" que ha visto en mucho tiempo. Sandra le dice que se puede bajar un poquito, pero que eso dependerá del coreógrafo. "Para la comodidad del partenaire, lo pienso, ante todo", dice Georgina, que aún en el entusiasmo no se olvida de ningún detalle. Horas más tarde contará que, entre los distintos rumbos que se imagina para su carrera cuando le toque retirarse (momento que las bailarinas suelen tener muy presente), el diseño de vestuario es uno de los que más le interesa.

Esto no es gimnasia artística

De la sastrería nos vamos para la clase de danza. Estrictamente el día laboral arranca con los ensayos, a las 12, de modo que la clase es "optativa", pero casi todos los bailarines del cuerpo prefieren ir. Llegan y se saludan con la mano; aunque el maestro todavía no se ve, nadie habla, se elonga en silencio, cada uno en su rincón. El pianista acompañante acomoda algunas partituras (todas las prácticas y ensayos que veremos en el día de hoy se hacen con piano en vivo) y finalmente aparece un hombre de unos sesenta años con pelo blanco, vincha y zapatillas deportivas que saluda con cordialidad y hace chistes en inglés. A primera vista parece un turista simpático, pero ni bien arranca la clase (pidiéndole al pianista "something gentle to start, four fours") su elegancia se hace evidente, incluso por sobre la de los jóvenes que lo siguen cuando le toca mostrarles el modo de correcto de usar los pies en una pirueta o cómo sostener los brazos sin que parezca que se les están por caer.

Victoria Gesualdi / AFV
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Más que en ninguna otra parte, es en la clase donde es posible observar las diferencias entre los bailarines, cuando todos están haciendo lo mismo: movimientos simples de entrenamiento, aparentemente "neutros", pero en cuyos detalles se vislumbra la técnica, la expresividad y hasta la personalidad de cada uno. Hay bailarines de todas las edades, desde chicas que no llegan a los veinte hasta mujeres y varones que parecen tener bastantes más que treinta, aunque sus cuerpos no lo evidencien en estándares de "personas normales". Algunos, como Georgina, siguen a rajatabla las secuencias que va marcando David. Otros paran para elongar o para repetir algún movimiento que no les terminó de cerrar.

Una chica se sostiene la pierna con la mano, como para empujarla más arriba; David pasa por al lado y le saca la mano con suavidad. "Esto no es gimnasia artística, querida, no importa llegar arriba de todo", le dice en inglés. Seguramente existen esos profesores de danza malvados de las películas, pero David, que trabajó muchos años en el Royal Ballet de Londres y vino a dar clases al ballet estable por un mes, traiciona todos los estereotipos. Cuando termina la clase se toma un minuto para dar una charla alentadora, mirando especialmente a una bailarina de expresión frustrada: "todos tenemos días buenos y malos, yo también los tenía, cuando bailaba, hace 500 años", dice guiñando un ojo. "Todos ustedes son muy buenos y trabajan muy duro, y al final, esto es solo ballet. No es la vida, no es el amor, es solo ballet".

En presencia de Paloma

Victoria Gesualdi / AFV
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Recién son las 12:20, hora del primer ensayo del día de Georgina, ella sola con su partenaire. En la salita nos esperan un pianista y una maestra ensayista, pero a segundos de nuestra llegada aparece también Paloma Herrera, la flamante directora del ballet, y será ella la que quede al mando del ensayo. No es una función del director del ballet estar en todos los ensayos pero Paloma va siempre que puede. Sus indicaciones son precisas y en varias ocasiones se detendrá a acompañar a Georgina, a ayudarla a tomar una decisión, si hacer un plié de más o de menos o cuándo bajarse de la punta al final de una pirueta. "Te contiene como maestra pero también te entiende como bailarina", la definirá Georgina más tarde, con una admiración que se le cae de los ojos. Paloma es extremadamente atenta y cortés, y nos pide que por favor le avisemos a las 13, que hay que pasar a la sala grande para el ensayo grupal.

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No hablo todo el tiempo de ballet

A las 14 el ensayo se corta: es la hora del almuerzo y todos los bailarines se dirigen al comedor donde compartirán esa pausa con el resto de los empleados del teatro. Algunos traen comida de sus casas, pero Georgina elige un café con leche con dos medialunas: "aunque sea poquito prefiero hidratos", se ríe, y explica que todos comen liviano en el almuerzo porque a las 15 tienen que volver a bailar. Sus comidas fuertes son el desayuno y la cena: de hecho, salir a comer es una de sus actividades preferidas para desenchufarse. Aprovecho para preguntarle con quiénes pasa esos ratos breves en los que no está bailando y nos cuenta que sale con amigos y amigas, muchos bailarines ("son los que más te entienden"), pero que definitivamente la vida social es un asunto difícil. "Es mi momento para dedicarme a esto, son elecciones", sonríe, con una sabiduría calma que supera su edad. Georgina es de Carlos Paz y se vino a Buenos Aires sola a los dieciséis años, así que de sacrificios sabe bastante. Tuvo parejas, bailarines y civiles, pero ahora está en otra. "Igual no hablo todo el tiempo de ballet", bromea, y mientras termina su última medialuna comenta que el año pasado estuvo haciendo cursos de Historia del Arte en el Museo Nacional de Bellas Artes.

Victoria Gesualdi / AFV
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Volvemos al salón de ensayos y la sensación es que los bailarines gozan de una libertad muy paradójica en el teatro: nadie los persigue, pero son parte de una maquinaria que no espera. A las 15 todos están en sus puestos, y el que no esté no bailará; no sobran las funciones (uno de los desafíos de Paloma Herrera es que el ballet se muestre mucho más, y ya logró agregar varias fechas, pero todavía falta) y cada ocasión para brillar cuenta. La vista también se afina después de varias horas en el ensayo: ya sabemos a quién se le traban más las rodillas, quién se distrae fácil, quiénes son los bailarines estrella (algunos de ellos dan clase al resto de los bailarines fuera del horario de trabajo, en el estudio de Olga Ferri), quiénes bailan en el próximo espectáculo y quiénes están con la cabeza en otro lado porque esta vez les toca banco de suplentes. Georgina es de las que no parpadean: los ojos bien puestos en el primer premio.

Victoria Gesualdi / AFV
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Hasta que se baje el telón

A las 17 se termina el horario laboral, y ya es evidente que la lista de repartos llegará otro día Georgina, sin embargo, se queda practicando. "Por mí me quedaría hasta las 10 de la noche", bromea, pero le creemos. Hoy no está segura de a qué hora se irá: desde que está ensayando papeles principales pasa muchas noches mirando en su casa estudiando también, mirando videos. "Porque es lo que tengo que hacer", dirá, otra vez sin sombra de queja. "Pero tal vez", dice, y se le ilumina la sonrisa, "si hay un concierto o una ópera me quedo a ver. Nos dejan pasar, así que casi siempre que puedo me quedo. Hoy no sé qué hay". Llevamos casi ocho horas sin salir del Teatro Colón, pero Georgina no conoce la claustrofobia. Quizás la metáfora de la casa, pensándolo mejor, se quedaba un poco corta.

Victoria Gesualdi / AFV
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Al día siguiente volvemos a juntarnos con Georgina; el tutú de Odette tendrá que esperar. Le recuerdo que era la más jovencita en carrera, que es obvio desde todo punto de vista que en su camino se vienen cosas grandes. Ella sonríe: es una chica sensible, se ve por todos lados, pero no necesita consuelo. "Me encanta que hayas podido estar en la prueba de vestuario, me gusta mucho poder contarle a la gente un poco de mi mundo", dice con voz suave, mientras se termina un café lleno de crema de esos que las bailarinas de la tele no conocen.

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