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Víctor Hugo Ghitta
Martes 20 de junio de 2017
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Quizá cuando cedan la estridencia, el apego a los titulares ruidosos, la mirada sin grises, la adjetivación altisonante, quizás entonces el periodismo se disponga a revisarse a sí mismo, a examinar sus procedimientos, a mirarse en el espejo con algo parecido al coraje. Casi todos los días, desde hace un tiempo largo ya, los cronistas se afanan en razonamientos de asombrosa cortedad. Cualquiera que tiene consigo un micrófono cuando está frente a un entrevistado busca cuanto menos la provocación. Si huele a sangre, mejor. Quienes están detrás de esa práctica en los ámbitos de decisión creen interpretar los intereses de la audiencia; es cierto, en todos nosotros habita un espectador perezoso de sentimientos básicos. Aquellos mecanismos se repiten de modo algo más atenuado en el periodismo gráfico.

Detrás de esa elección que busca consolidar un negocio antes que defender un noble oficio, la pregunta es una sola: ¿qué mundo queremos ayudar a construir? Se perdieron el arte de la conversación, los matices de toda discusión en la que hay verdades parciales a uno y otro lado, el periodismo de interpretación. Los medios deberían preguntarse cuánto contribuyen con esos hechos. Somos nosotros. También, nosotros.

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