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EI se frota las manos ante una ola xenófoba que encendió el Brexit

Luisa Corradini

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LA NACION
Martes 20 de junio de 2017

PARÍS.- La policía británica dio a conocer ayer su nombre, pero todavía tiene que confirmar si Darren Osborne, el hombre que dio muerte a una persona e hirió a otras diez frente a la mezquita de Finsbury Park, no es un enfermo mental. Como si el odio racista no fuera una enfermedad.

Osborne, al parecer animado por un sentimiento antimusulmán, lanzó su vehículo contra simples ciudadanos que salían de una mezquita tras la plegaria. "Quiero matar más musulmanes", habría gritado, según los testigos.

Éste no es, sin embargo, un caso aislado: desde hace un año, cuando triunfó el Brexit en el referéndum, Gran Bretaña se ve convulsionada por un aumento de graves agresiones xenófobas, cometidas por gente convencida de que, echando a todos los extranjeros, recuperarán la felicidad. Ésa es la prueba de que el dilema no es Osborne. En este mundo aquejado por la incertidumbre y la soledad, el problema son los centenares, los miles de Osborne que han llegado a la conclusión de que -como afirmaba Jean-Paul Sartre- "el infierno son los otros".

Ese "otro" es siempre el extranjero, el que no pertenece a la tribu, el que no tiene el mismo color de piel o no practica la misma religión. Las grandes democracias suelen sentirse impotentes ante ese fenómeno difuso, difícil de controlar, mientras que los fanáticos, los populistas y los inescrupulosos atizan desde siempre esos sentimientos nefastos en beneficio propio.

Ése es, sin duda, el caso de los dirigentes de Estado Islámico (EI), que no cesan de incitar a sus adeptos a provocar el enfrentamiento y el odio comunitario.

En un libro divulgado hace dos años en Internet, los ideólogos de la organización radical explicaron detalladamente las razones que justifican esa violencia: "Cuando los musulmanes y las mezquitas sean atacados por los neonazis, los fieles de Alá a su vez tendrán que responder", anotaban.

Para los autores del panfleto, "ésa sería la forma en que comenzaría la futura guerra santa en Europa". "La gente se verá atrapada en el medio y estará obligada a tomar posición", aseguraban.

Desde el principio, ésa fue la estrategia perseguida por EI. Su objetivo: provocar una ola de odio antimusulmán en Occidente para radicalizar las posiciones a fin de conseguir más combatientes y más apoyo dentro de la comunidad islámica. Después de los primeros ataques contra el semanario Charlie Hebdo en París, en enero de 2015, el vocero del grupo terrorista, Abu Mohamed Al-Adnani, explicó en Internet que la repetición de esos ataques "obligará a los cruzados a destruir las zonas grises". En otras palabras, EI esperaba seriamente que los gobiernos europeos reaccionarían con tanta violencia al terrorismo islamista que terminarían provocando una reacción de venganza en la comunidad musulmana.

Pero nada sucedió como lo planearon los seguidores de Abu Bakr al-Baghdadi, el fundador de EI. Es verdad, la primera ola de violencia y la campaña de propaganda difundida por Internet lograron convencer a miles de jóvenes occidentales de partir hacia Siria e Irak a hacer la jihad. Pero dos años después el grupo está en vías de desaparecer bajo el diluvio de bombas lanzado por los aviones de la alianza occidental.

Diezmados, con apenas unos pocos miles de combatientes en el terreno, los dirigentes de EI conminan ahora a sus simpatizantes a lanzar operaciones de terrorismo low cost en sus propios países en vez de intentar la odisea del viaje hacia Medio Oriente.

Es verdad, los ataques de esos lobos solitarios se multiplican. La utilización del vehículo lanzado contra la multitud o de la bomba artesanal que hace estragos seguirá provocando dolor y desolación durante mucho tiempo. Pero Europa parece haber cambiado.

Los movimientos de extrema derecha y los neonazis perdieron terreno. Y los gobiernos del bloque supieron hacer frente a la violencia terrorista sin ceder a la tentación de la represión.

En Alemania, Angela Merkel enfrentó con firmeza la ola de violencias xenófobas antiinmigración. En Francia, tanto el gobierno del ex presidente François Hollande como el actual de Emmanuel Macron persistieron en mantener el difícil equilibrio entre mayor seguridad y respeto de la democracia.

Gran Bretaña parece decidida a hacer lo mismo.

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