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Un paraje olvidado que ya no produce nada

Hasta hace algunos años, se sembraban garbanzo, tomate y cebolla y se cosechaba algodón

Martes 20 de junio de 2017
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PARA LA NACION

GUANACO MUERTO, Córdoba.- La siembra de garbanzo, tomate y cebolla, que hace 30 años era común, perdió escala porque el mercado no cubre ni los costos; no hay fábricas ni posibilidades en Cruz del Eje, donde la industria de la aceituna y la del algodón murieron hace dos décadas. Hace una semana terminó la cosecha del olivo; pagaron $ 30 por cada caja de 25 kilos.

"Si uno es hábil, hace hasta cinco en un día", desliza Humberto, un vecino de este paraje cordobés que tiene 57 y cobra una pensión por invalidez.

Si surge alguna tarea para jornalero, son entre $ 120 y $ 200 diarios. Por los subsidios por invalidez, la contratación en blanco es imposible. "No hay casi nada. En temporada hay algo de recolección de granada en una finca, pero no toman gente por las pensiones. Nadie viene acá", apunta Ariel, de 35 años, que recibe un beneficio por "enfermedad psiquiátrica".

Lucía era madre de ocho hijos; hace un tiempo murió el mayor. Se accidentó en una moto y las infecciones en sus heridas lo mataron tiempo después. "Tengo la pensión por ser madre de muchos -relata-. Me las arreglo, no vivimos mal." Está en la puerta de uno de los dos cuartos que tiene en un terreno donde andan las tres gallinas ponedoras de uno de sus chicos y corretea su nieta de tres años.

La madre de la chica tiene problemas cognitivos; no sabe su edad, le cuesta hablar. No cobra subsidio. "Pregunté hace como un año, pero nada; le hicieron el documento, pero no pasó nada", agrega Lucía.

Mercado ambulante

Miércoles y jueves llega el mercado ambulante. Artículos de almacén, limpieza, frutas y verduras. No vende carne. El que no va a Cruz del Eje espera que algún vecino haga una carneada; sí se consiguen pollo, cabritos y lechones.

Alta y flaca Bety, 67 años, atraviesa el polvo a tientas con su bastón; es ciega y escucha con mucha dificultad. Tuvo una pensión por invalidez y desde hace unos años es jubilada; vive en una tapera de adobe con improvisados techos de plásticos y telas amontonadas. A la noche, "por miedo", duerme en la casa de un hermano.

A unos 300 metros del rancho de Bety, está la casa de los dueños del terreno; cosechan zapallos y tienen un salón donde cada tanto actúan cuartetos. Hasta hace unos años había una cabina de telefonía pública, pero la línea quedó para la comuna. "Cuando uno se enferma o tiene una urgencia y la radio municipal está cerrada, no hay cómo comunicarse", cuentan los Castillo a LA NACION.

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