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Se fue a Brasil a buscar al amor que conoció en Japón, pero todo cambió

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PARA LA NACION
Viernes 23 de junio de 2017 • 00:05
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El deber ser social, 20 mil kilómetros de distancia y una apuesta por lo que parecía ser "el motor de su vida" guiaron a Victoria hacia los brazos de quien, con esfuerzo y paciencia, había sabido ganarse su corazón. Joven, inocente y tomando como ejemplo lo que veía a su alrededor se aventuró en una relación que, desde el primer momento, le dio inseguridad.

Ella había vivido su adolescencia en Japón pero regresó a la Argentina para volver, cuatro meses después, en búsqueda de aquel muchacho brasilero que la había conquistado en el país nipón. "Viajé con ganas pero cuando llegué al aeropuerto y lo vi sentí que me había tirado de cabeza a una pileta vacía, ¿pero qué iba hacer? ¿Volverme para Argentina? No, decidí hacerme cargo de mi decisión y ver qué pasaba".

La vida en otro país

Y la elección no fue fácil. Tuvo que mudarse con la familia de él y armar una vida en pareja en esas condiciones. Victoria no se sentía cómoda pero se había convencido de que era lo mejor para ella, aunque en el fondo sabía que él no era una persona a la que admiraba. Se aburrían juntos y como un presagio inevitable la rutina comenzó a hacer estragos. Signados por la tragedia, al poco tiempo, la triste noticia de que el papá de él había fallecido los llevó a vivir juntos y se unieron un poco, pero nunca nada pudo ser como ella realmente soñaba.

No había pasión, no tenía ganas de estar con él y, a falta de consuelo en los brazos de su compañero, Victoria se refugió a escondidas en el calor de otro cuerpo. Él nunca lo supo o le dolió demasiado para admitir que sabía de la aventura. El amorío duró lo que la conciencia de ella resistió. Entonces decidió dejar todo y luchar nuevamente por una relación que no tenía arreglo. Hablaron, él le pidió una segunda oportunidad y planearon un viaje paradisíaco a Bali en Indonesia, con la esperanza de mejorar el vínculo.

Para sorpresa de ambos, los roces fueron desapareciendo y la pareja se comprometió. Volvieron a la Argentina, se instalaron en casa de los padres de Victoria; ella comenzó a estudiar gastronomía en horario completo y él se dedicó a aprender español. Comenzaron los preparativos del casamiento: visitaron un salón y tenían la intención de reservarlo pero un dinero que tenía que llegar desde Brasil para concretar esa reserva nunca llegó y esos billetes que no aparecieron dieron un nuevo vuelco a la historia. Suspendieron el casamiento hasta el año siguiente y Victoria aceptó una pasantía en España: estudió, mucho, pero también se divirtió, conoció a diferentes hombres, visitó lugares soñados y volvió a sentir la libertad de volar, de ser ella misma y no sentirse como una paloma en una jaula. Cuando llegó el fin de la pasantía, Victoria tomó coraje, compró un pasaje a Brasil (él estaba entonces allí visitando a sus padres) y dio fin a una relación que nunca había podido brillar. Volvió a su casa, sin plata, sola y tuvo que volver a empezar.

Distancia ganada

Dicen que viajar es una de las experiencias que más enriquece el alma. De vacaciones con amigas en El Calafate, Victoria no podía sacarle los ojos de encima al guía turístico. Él le devolvió la mirada. "No hablamos, sólo nos miramos. Pero esa mirada me atravesó el corazón". Pasaron los días, las semanas y la imagen de aquel hombre no dejaba de aparecer una y otra vez en los recuerdos de Victoria. Decidida a jugarse por su corazonada, pasó una noche entera buscándolo en redes sociales, en páginas de turismo y en cualquier rincón de internet. Era una misión casi imposible porque Victoria no sabía siquiera cómo se llamaba ese hombre de mirada distante y desconfiada.

Quizás el destino jugó sus cartas, pero esa mano la ganó Victoria. Encontró a su hombre, se llamaba Facundo; le escribió, chatearon y no dejaron de hablar durante los días que le restaban a la estadía de ella en El Calafate. Victoria volvió a Buenos Aires y esta vez el amor pudo más. ¡Él también la necesitaba! Fue a buscarla y cuando se vieron la ilusión de toda una vida se hizo realidad: "lo vi y lo abracé. Ese día empezó nuestra historia. Nos divertimos con cualquier cosa y eso me dio la pauta para saber que lo más pequeño puede ser tu felicidad más grande".

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