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Pablo De Santis. "Es incómodo hablar de política sin plantear la cuestión del bien y el mal"

Flamante miembro de la Academia Argentina de Letras, discute en su última novela, que transcurre en los años 70, el compromiso del escritor con su tiempo; para él, los "prejuicios sociales o ideológicos" han sellado la suerte de muchos autores

Domingo 25 de junio de 2017
"Esta Olivetti Ico es la máquina con la que empecé a escribir. Mis padres la deben haber traído de un viaje por Europa en los a?os 50. Todavía funciona. A los quince me regalaron otra máquina y después tuve la tercera, que gané en un concurso de la revista Fierro donde se buscaban nuevos talen
"Esta Olivetti Ico es la máquina con la que empecé a escribir. Mis padres la deben haber traído de un viaje por Europa en los a?os 50. Todavía funciona. A los quince me regalaron otra máquina y después tuve la tercera, que gané en un concurso de la revista Fierro donde se buscaban nuevos talen.
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En una de las vitrinas del estudio que Pablo De Santis tiene en su casa, ubicada en una silenciosa calle de Caballito, un muñeco de Frankenstein levanta los brazos como si fuera Perón junto a un ejemplar de El maestro Zacarías de Julio Verne. En otra hay soldaditos de plomo junto a muñecos de superhéroes contemporáneos. Innumerables son los libros que rodean el ambiente, pero cuando De Santis levanta la vista de su computadora, dispuesta sobre una vieja máquina de coser convertida en escritorio, dirige inevitablemente su mirada a los libros de Stephen King que están apilados en los estantes, a una edición de Neuromante, de William Gibson o a algún compendio de los cuentos de Edgar Allan Poe. Sobre una chimenea a gas se pueden ver, enmarcadas, varias obras de Max Cachimba, incluso un dibujo en papel que el ilustrador y amigo realizó así nomás durante alguna reunión en esa casa.

Ése es el universo que lo rodea cada vez que explora en su imaginación. El escenario del diálogo describe con bastante precisión los intereses de un autor que encontró en la intersección entre Ray Bradbury y Borges su idea de lo que es la literatura. Y ése es el lugar en el que ingresa en este lunes gélido en el que se hace la entrevista: con dos tazas de café caliente y alfajores.

Las tramas de las novelas de De Santis están habitadas por grupos de detectives que se reúnen para discutir el significado de su oficio, se ubican en remotos pueblos patagónicos donde se realiza un congreso de traducción enturbiado por crímenes o adquieren un tinte gótico en el viaje de un calígrafo con el corazón de Voltaire en un frasco.

La escena de una ceremonia de iniciación en un palacio de la aristocracia argentina frente a un adusto grupo de académicos podría haber integrado una más de sus páginas, pero en este caso tuvo la consistencia de lo real. Ocurrió el jueves, en el Palacio Errázuriz: Pablo De Santis ingresó en la Academia Argentina de Letras y decidió recibir este reconocimiento a una obra que aborda con solvencia tanto el policial y la ciencia ficción como la literatura juvenil y el cómic con un discurso dedicado a los libros imaginarios: esos libros que no se terminaron de escribir.

"El libro que Lugones dejó interrumpido sobre Roca, aquel de Piglia sobre Tolstoi, la novela que Walsh nunca concluyó", explica De Santis, como una forma de recorrer la literatura argentina a través de esos autores y a partir de un tema lateral. "Cuando uno se pone a escribir, tiene un libro en la cabeza y después tiene que empezar a negociar con el libro real. Tiene que lidiar con sus propias limitaciones. Y no es que uno sea torpe sino que es fácil pensar ideas en el aire, pero escribir es algo muy distinto. Poner las cosas en palabras funciona de otra manera. El discurso, de algún modo, es una reivindicación de los libros reales con respecto a los imaginarios. Con todas sus limitaciones y con todos los errores que se cometen estoy de parte de esos libros reales."

En este sentido, la decisión unánime de la Academia de que el sillón Martín Coronado, vacante desde el fallecimiento de José Edmundo Clemente, sea ocupado por Pablo De Santis es una forma de reconocer la obra de un autor prolífico que aborda géneros supuestamente menores, como la ciencia ficción pero particularmente la historieta, que es reconocida a nivel mundial con nombres de peso como Oesterheld, Muñoz y Sampayo, Breccia o Liniers. "Es una marca de la cultura argentina: la sofisticación de lo popular", entiende. "En la Argentina están los elementos populares pero esos elementos tienen cierta sofisticación que me parece interesante. Pasa en el tango y en la historieta: supuestamente es un género popular pero a veces las historias, o incluso el dibujo, son piezas muy elaboradas. Para lectores entrenados. Y a través de las redes creo que los nuevos editores han logrado educar a los lectores. Estos editores, por lo general jóvenes, tienen una relación fluida y una especie de cosa pedagógica con el mundo de la historieta", dice, mientras en la mesa hay un ejemplar en francés de Cobalto, la novela gráfica que escribió De Santis, con dibujos de Juan Sáenz Valiente, publicada por Hotel de las Ideas, cuyo personaje principal es un boticario con aires a Boogie, el aceitoso.

Sin embargo, la más reciente de sus novelas para adultos es La hija del criptógrafo (Planeta), otra trama plagada de intrigas que tiene como escenario la Facultad de Filosofía y Letras y un tiempo convulsionado de la historia argentina, los años 70. Aunque el libro goza de los elementos habituales en las ficciones de De Santis (un marginal círculo de criptógrafos, relatos sobre descubrimientos de lenguas perdidas, códigos de espías), el autor asegura haber pretendido evitar su zona de confort. "Con los años uno quiere escapar de uno mismo y de sus manías, aunque finalmente me parece que por más que quieras escapar no lo consigues del todo", sostiene.

El núcleo de la novela es la discusión sobre el compromiso del escritor para intervenir en la realidad. ¿Qué inquietud te genera esa cuestión?

Uno de los títulos provisorios de la novela era "Las armas y las letras", que es el título de un poema que aparece y que era una expresión que estaba en los años 70 pero también en el Quijote. Me parece que en la literatura argentina hay toda una historia complicada con respecto a esto de las armas y las letras y que tiene su punto máximo en los años 70. De pronto uno no puede entender cómo personajes como Rodolfo Walsh se acercaban tanto a otros como Firmenich. Resulta difícil de creer.

Cuando aparece ese poema en la novela, uno recuerda inmediatamente el ensayo sobre el Che Guevara incluido en El último lector: esa escena en la que Piglia aborda la tensión entre el acto de leer y la acción política.

En el intelectual hay un gran sentido de culpa. Me acuerdo de que el Che ponía al guerrillero por sobre el hombre de letras. Sí, había un sentido de culpa, por ejemplo en Walsh. Retrospectivamente se armó un vínculo muy fuerte entre la izquierda y el mundo intelectual. Pero si uno consulta el primer número de la revista Crisis, descubre que coincide con la aparición de El libro de Manuel de Julio Cortázar. Cortázar siempre pretendía quedar bien con la izquierda, y la gente de izquierda lo despreciaba completamente: para ellos era un escritor burgués, incomprensible. Y en esa Crisis se habla con un desprecio absoluto del pobre Cortázar. La lengua de ellos estaba impregnada de un fanatismo y hacía que por más que Cortázar se quisiera acercar, lo despreciaran.

Elegir el tema de la criptografía como centro del relato también es bastante simbólico.

La criptografía está muy cerca de la paranoia. Se me impuso el tema con respecto a los años 70 porque se decían muchas cosas. Yo era chico y mi recuerdo son los rumores que escuchaba y me llamaban la atención. Por ejemplo, se decía que en los mensajes de agradecimiento a los santos había mensajes secretos de la guerrilla. Nunca lo comprobé y creo que es un disparate, pero nunca vi que nadie recordara eso. Así como recuerdo los rumores con respecto al período anterior a la muerte de Perón. Creo que todo el mundo estaba descifrando mensajes o tratando de encontrar esos mensajes. Y como la guerrilla era algo tan misterioso, la gente tenía muchas fantasías alrededor de ella.

¿Te resultó complejo abordar las tensiones ideológicas?

No tengo ninguna participación política ni estoy en las redes sociales. Entonces estoy un poco aislado y prefiero escribir de lo que más sé, que es literatura de género. No estoy acostumbrado a polemizar ni me siento cómodo en ese terreno. Prefiero hablar de literatura.

Sin embargo, es una novela bastante crítica con las actuaciones de la época: con la guerrilla, con esa sensación de la juventud de los años 70 que abogaba por una revolución. Eso se advierte en la construcción del personaje de Crámer, de Bobby Tarrés y en esa distancia problemática que tiene el protagonista y narrador, Miguel Dorey.

Para mí es crítica de la visión romántica de la guerrilla. Y la idea de que matar puede estar justificado. Eso me parece terrible. Hay una visión romántica que trata de disolver las faltas de los jefes guerrilleros. Hacer que se olviden sus pecados por la crueldad de la represión. Creo que la crueldad de la represión no puede hacer olvidar las faltas de los jefes guerrilleros, que fueron despiadados.

¿Te resultó incómodo ponerte en ese lugar?

No creo que la mayoría de la población piense que está bien matar o que alguna vez estuvo bien.

Una de las discusiones intelectuales más candentes de los últimos años fue a partir del No matarás de Oscar Del Barco.

Es un tema que sigue vivo. Y me parece que estaba bien elegido el título de aquel libro: No matarás. Porque si ya aceptamos eso, podemos aceptar cualquier cosa.

Hay un cuento tuyo, "El intercesor", donde se cuenta la historia de un sultán que pierde un ojo y se hace uno falso que dice: "No debemos preguntarnos por diferenciar lo verdadero de lo falso sino el bien del mal". Me parece que en algún punto esta cuestión era relevante en el núcleo de esta novela.

A veces cuando se habla políticamente de los años 70, se olvida la cuestión del bien y el mal. Es una cuestión real, para nada abstracta. No hablo del mal como demonio pero sí como algo concreto que hacen los hombres. Cuando se habla de la política sin plantear la cuestión del bien y del mal me resulta especialmente incómoda.

Adaptaste La ciudad ausente, de Piglia, a la historieta y aquí hay líneas que me recuerdan a esa novela, como también encuentro relación con Respiración artificial.

Respiración artificial fue una novela que me impresionó muchísimo. A todos, creo. Porque en esa época estaban las grandes figuras de la literatura que ya habían construido su obra: Borges, Bioy Casares, Mujica Lainez, Silvina Ocampo, y estaban los escritores que escribían en ese momento: Piglia, Saer, Andrés Rivera. Entonces veíamos la obra de ellos crecer ante nuestros ojos.

Tres nombres importantes que murieron hace poco.

Piglia era una figura muy central de la literatura argentina. Por todo. No sólo por sus novelas sino también por su trabajo crítico. Su enfermedad fue un golpe muy fuerte. La noticia de su muerte nos entristeció, pero más nos entristeció su enfermedad, que fue una cosa angustiante. Y a la vez Piglia tuvo ese gesto de no renunciar, tuvo ese comportamiento heroico de seguir trabajando y escribiendo y organizando su obra, con esa vitalidad increíble. Y después murieron Ludmer, Laiseca, Abelardo Castillo. Somos una literatura que no tiene dos mil nombres.

Ocurrió con Fogwill. Es como si se fueran muriendo los maestros y empezamos a sentirnos un poco en la intemperie. Era con ellos con los que uno quería discutir.

Las discusiones uno las tiene con los maestros. Las ansias de reconocimiento del escritor nunca están satisfechas porque queremos ese reconocimiento de los maestros, de los padres, digamos. Eso hace que siempre quede el vacío. Como dije, la literatura de Piglia me parece absolutamente central en la literatura argentina, incluso para discutir. A esa generación le discuto algunas cosas, por ejemplo que hayan ignorado totalmente a Mujica Lainez. Por cuestiones ideológicas lo dejaron completamente aparte y es un escritor sumamente talentoso.

En el caso de Mujica Lainez, ¿ganó la política por sobre la literatura?

Creo que sí. Esa generación quiso borrar a Mujica Lainez -y no sólo a él sino también a Sara Gallardo- por una cuestión ideológica. No lo pudieron borrar a Borges porque era tan central que era imposible ignorarlo. Pero Borges también fue muy atacado. Martín Lafforgue tiene ese libro, AntiBorges, una antología de textos contra Borges. Ahora nos parece que Borges siempre fue aclamado como el gran escritor argentino pero no, lo atacaron de todas las maneras posibles.

Creo que últimamente algunas editoriales reivindican a Sara Gallardo: pienso en las ediciones de Los galgos, los galgos que hizo Elefante Blanco o Fiordo con Pantalones azules.

Creo que toda generación tiene una inclinación natural hacia ciertas cosas y un rechazo hacia otras. A veces por cuestiones de la época. Es difícil decir por qué. ¿Por qué tenían una visión tan negativa de Victoria Ocampo? ¿Porque era una señora paqueta la iban a dejar fuera? La reivindicación total de revistas como Contorno por encima de Sur me parece absurda. El lugar de Sur, su permanencia, su fuerza no se pueden ignorar fácilmente. Me parece que hay cierta ceguera a algunas cosas por prejuicios sociales o ideológicos.

Biografía

Pablo De Santis nació en Buenos Aires en 1963. Escritor y guionista de TV, es autor de novelas del género ciencia ficción, historietas, libros para adolescentes y ensayos. Ganó el Premio Planeta-Casa de América 2007 por su novela El enigma de París. Su último libro es La hija del criptógrafo.

LA FOTO. "Esta Olivetti Ico es la máquina con la que empecé a escribir. Mis padres la deben haber traído de un viaje por Europa en los años 50. Todavía funciona. A los quince me regalaron otra máquina y después tuve la tercera, que gané en un concurso de la revista Fierro donde se buscaban nuevos talentos. Fue en 1984."

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