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Sochi, tras el último escándalo de doping, apunta al Mundial

La ciudad sobre el Mar Negro fue hogar de Stalin y lo es de Vladimir Putin; escenario de los últimos Juegos Olímpicos de Invierno, está marcada por una polémica aún vigente

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LA NACION
Sábado 24 de junio de 2017
Foto: LA NACION
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SOCHI, Rusia.- La Argentina debe clasificarse aún, y luego esperar al resultado del sorteo, pero una de las posibilidades que ofrecerá Rusia 2018 es la de jugar en Sochi. Y no se trata de una sede cualquiera: salvando muchas distancias, es una especie de "Río de Janeiro" del próximo Mundial, aunque también una ciudad con una historia y un presente llamativos.

La sede más tropical del Mundial es un tanto desconcertante: tan exuberante y verde es la vegetación en algunas de sus calles que al caminarla hay sensaciones propias de Ipanema. Pero al levantar la vista aparecen las montañas nevadas, al otro lado el Mar Negro y, aunque no se la vea, a pocos kilómetros está la frontera con Georgia.

Y entonces se recuerda que Sochi está en el Cáucaso, una de las regiones más convulsionadas del planeta. Allí se encuentran Europa y Asia; allí chocan, con demasiada frecuencia, algunas de las más de 50 etnias que se apiñan entre el Mar Negro y el Mar Caspio. Sede de los Juegos Olímpicos de invierno en 2014, Sochi fue fundamental en la vida de millones de personas durante los años de la Unión Soviética: como no se podía viajar fuera del país, la ciudad sobre el Mar Negro fue el gran destino vacacional de los soviéticos. Hasta que cayó la URSS y el mundo se le abrió a Rusia y los otros países de la órbita soviética. El entusiasmo por los viajes a España o Egipto golpeó a Sochi, que por segunda vez en su historia contó con el favor de un hombre fuerte de Moscú. Primero había sido Stalin, el dictador que encontraba la paz en su casa de veraneo ("dacha") sobre el Mar Negro. Y la segunda vez fue Vladimir Putin, que también tiene una casa allí e hizo sentir toda su influencia en el Comité Olímpico Internacional (COI) para que en 2007 Sochi ganara la sede de los Juegos de invierno.

Los 50.000 millones de euros que fluyeron hacia la ciudad y zonas aledañas revitalizaron el área, pero aquellos Juegos serán recordados por la polémica. Si los de Moscú ?80 están marcados por el boicot, Sochi 2014 lleva bien pegada la etiqueta del "doping". Aquellos Juegos invernales destaparon dos cosas: que en Rusia hay una política de Estado para dopar a sus atletas (pareciera que poco cambió desde los años de la Unión Soviética), y que, en pos de ganar aquellos Juegos, Moscú no se detuvo ante nada. Ni siquiera ante una pared, porque los servicios secretos rusos agujerearon las del laboratorio antidoping durante los Juegos para cambiar las muestras tomadas a sus deportistas. Así, Rusia ganó el medallero, pero perdió la batalla de la imagen. Thomas Bach, presidente del COI, se negó un año atrás a expulsar a Rusia de los Juegos de Río 2016, pero en una entrevista esta semana con "The New York Times" aseguró que los rusos no saldrán bien librados de lo que hicieron. "No se puede olvidar lo que sucedió en Sochi. Ya lo dijimos con claridad: se va a sancionar", aseguró el alemán.

Semejantes antecedentes no contribuyen precisamente a la credibilidad de Rusia 2018. La pregunta circula durante la actual Copa Confederaciones: si los rusos ya lo hicieron durante los Juegos, ¿por qué no buscar atajos en el Mundial?

Un Mundial que se jugará en el Fisht Stadium, corazón de un Parque Olímpico que no es estrictamente Sochi -está en Adler, a 20 kilómetros- y que hoy sigue en buen estado. Al borde del Mar Negro -una playa de grandes piedras, ahí sí que no hay comparación con Ipanema-, el estadio podría ser eventualmente escenario de uno o más partidos de la Argentina. Hará calor, habrá playa y habrá fútbol, pero hasta ahí llegan los paralelismos: no hay razón alguna para que decenas de miles de argentinos se entusiasmen cantando "Putin, decime qué se siente".

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