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"Me molesta que en el penal te hablen mal, como si fuera uno el delincuente"

Lunes 26 de junio de 2017

"Desde que Nico no está, cambió todo. Dejé de hacer un montón de cosas. Yo era muy pegada con él: me llevaba todos los días a la escuela, íbamos a ver las carreras de autos, hacíamos todo juntos", cuenta Cami, que tiene 15 años y es la menor de tres hermanos. Nico, de 27, es el del medio.

Según las últimas cifras del Barómetro de la Deuda Social de la Infancia de la UCA, se estima que en nuestro país 468.000 chicos y adolescentes de hasta 17 años residen, como Cami, en hogares en donde algún adulto estuvo o está privado de su libertad (333.000 y 135.000, respectivamente).

Los especialistas aseguran que estos niños y adolescentes son las "víctimas invisibles del delito y del sistema penal" y que sus derechos se ven afectados tanto por la acción delictiva de su familiar como por las medidas tomadas por diferentes agentes estatales, que contradicen principios como el "interés superior del niño" y la "intrascendencia de la pena" reconocidos por tratados internacionales como la Convención sobre los Derechos del Niño.

Alegre y simpática, de pelo larguísimo y grandes ojos marrones que por momentos se llenan de lágrimas, Camila cuenta cómo el encarcelamiento de su hermano impactó en su vida. Sentada en el living de su casa, en Malvinas Argentinas, junto con su mamá, recuerda cada detalle de la tarde de marzo de 2013 en que lo detuvieron.

"Mamá venía de hacer una compras y se lo cruzó acá a la vuelta en un auto, con un chico que ella nunca quiso porque era mala influencia para mi hermano. Llegó a casa enojada, se estaba haciendo de noche y nos acostamos en el sillón a esperarlo", dice. A la una de la mañana, sonó el teléfono. Nicolás estaba detenido y a punto de ingresar en el quirófano por una herida de bala.

"Yo estaba muy triste porque Nico era el hermano con el que tenía más relación", asegura Cami.

Una vez que salió de la operación, el joven pasó por diferentes comisarías, fue trasladado a la cárcel de Saavedra, luego al penal de San Martín y hoy está en Campana. La primera vez que Cami lo visitó, fue en San Martín. "Mis papás y mi hermano más grande habían ido primero, para ver cómo era. Supuestamente yo no iba a ir a verlo", dice la adolescente, y se quiebra. "No me gusta ir a Campana. En el penal hay una plaza, y cuando estoy ahí con Nicolás, pienso que estoy en la calle. Pero cuando salgo me doy cuenta de que está preso".

Levantarse a las cuatro de la mañana los días de visita (muchas veces deja de juntarse con amigos para poder madrugar) y hacer dos horas de cola para entrar, no le molestan tanto como los malos tratos. "Me molesta que te hablen mal, que te forreen. Como si fuera uno el delincuente. Yo no tengo la culpa de nada".

Cuando Nico cayó preso, le contó a dos de sus amigas lo que había pasado. En el colegio, no dijo nada. "Yo iba re mal pero no contaba nada, porque se me hace que le contás a los profes y ahí ya se entera todo el colegio. Nunca tuve una charla de este tema. A mí me parece que estaría bueno, porque debe haber más chicos que no quieren contar."

¿Qué es lo más difícil que tuvo atravesar en este tiempo? Cami se vuelve a quebrar: "Que no la conociera a Eva, la hija de mi hermano más grande. También haber cumplido 15 y que él no esté".

Para saber más

CWS: www.cwslac.org/desinvisibilizar

Acifad:familiaresdedetenidos.blogspot.com.ar

Asociación Pensamiento Penal: pensamientopenal.org

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