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Prolijo festejo al que le sobró apenas una desubicación

Lunes 26 de junio de 2017
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Boca tenía enormes motivos para celebrar este 66° título. Por empezar, un desahogo: la marcha a la consagración no fue un paseo; luego, la demora: los hinchas debieron esperar casi una semana para encontrarse con sus ídolos en la casa de todos, la Bombonera. Le salió un festejo ordenado, paciente, con la vuelta olímpica impedida en Bahía Blanca, la exhibición del trofeo, y el cotillón sobre el travesaño, de cara a la popular.

Los jugadores -algunos de los cuales la habían pifiado disfrazándose de fantasmas el martes pasado- disfrutaron la vuelta con su familia; los hinchas gozaron de un delirio colectivo que excedió largamente el compromiso del partido, y aunque el folclore empuja al recuerdo del eterno rival, disfrutaron más con el logro propio, soñando a voz estentórea con la vuelta al roce internacional. Por eso sonó tan desubicado Ari Paluch, uno de los conductores del acontecimiento, cuando intentó contagiar entusiasmo con cantitos como "borombombom, el que no salta se falopeó" o "un minuto de silencio para River que está muerto". Solo despertó indiferencia. Exactamente lo que correspondía.

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