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No me sirve de nada pelear con mi pareja, pero no lo puedo evitar

LA NACION
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Diana Wang
Jueves 29 de junio de 2017 • 00:42
Foto: Pixabay
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Sí, es cierto, son terribles y desgastantes esas discusiones que se disparan por una estupidez y van creciendo como una bola imparable y de pronto te ves cubierto por una furia enceguecedora y, al menos en la mirada y en la voz, asesina.

Sí, ya sé que tu mujer te provoca, que te irrita, que no entendés qué le pasa ni qué quiere de vos y que te pone del tomate su reclamo, su exigencia, su desconsideración. O lo que ves de esa manera. No estamos para discutir si es así o no. No importa. Porque lo que tu mujer hace o deja de hacer es cuestión de ella. No es tu decisión ni responsabilidad. Y entonces te podrás preguntar: "cómo salgo de esto, ¿es que no hay nada que se pueda hacer? ¿tengo que dejar que diga lo que se le ocurra y callarme la boca? ¿tengo que seguir viviendo con ella y aguantar día a día esta catarata insoportable? Quiero tomármelas, quiero estar tranquilo y que no me rompa más la paciencia. Pero. ¡ay! no sé. los chicos, la casa, los amigos, las comidas juntos, los cumpleaños, no me quiero perder todo eso, ¿por qué dejarlo?"

La convivencia matrimonial no es elegida día a día, se da por hecho y es parte del contrato de quienes han decidido vivir juntos. Pero sostenerlo cotidianamente, no siempre es fácil. Recuerdo una escena de "El huevo de la serpiente" la película de Ingmar Bergman en la que encierran a una pareja y les hacen inhalar un gas que inhibe los frenos morales y estimula la violencia. Pasan de ser amables y educados a atacarse en una escalada de furia que parece irrefrenable. La convivencia forzada y forzosa, a veces puede tener un efecto tan tóxico como ese gas inodoro y puede transformarse en un pequeño infierno. ¿Se puede parar? Yo que vos lo intentaría y depende de cómo elijas reaccionar frente a la conducta de tu mujer.

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Lo que sea que haga o diga tu mujer que vivas como ataque te dispara esa reacción. Y ¿qué hacemos los mamíferos ante un ataque? Tenemos tres respuestas posibles: contraataque, sometimiento o abandono del campo.

Elegiste contraatacar, evacuar tu ira o tu desesperación con hostilidad. El grito, la reacción verbal agresiva, es una descarga motriz que te proporciona el aparente alivio de no someterte. Pero es una descarga ineficaz puesto que te deja más cargado que antes. Además de los síntomas y las alteraciones físicas inmediatas, tu contra ataque provoca una escalada de violencia que, una vez desatada, no es fácil de frenar. Y terminan diciéndose cualquier cosa, ataques desnudos y descarnados destinados a destruir al adversario como fieras destrozándose dentro de una jaula.

Es un poco como cuando te indican un análisis de orina de 24 hs, llamás al laboratorio y te dicen: descarte la primera orina de la mañana, colecte la de todo el día y la primera del día siguiente. Y es una excelente analogía de lo que podés hacer cuando te sentís atacado y el cuerpo te dice que la violencia está por salir como un vómito imparable. Esa primera reaccción: descartala. Pegá media vuelta, abandoná el campo como haría todo buen mamífero que no quiere enroscarse en una pelea, andá al baño y cerrá la puerta o a la cocina y servite un vaso de agua o al dormitorio y cambiate las medias, salí del lugar en donde pasó lo que viviste como un ataque. Descartá la primera orina de la mañana. Es tóxica, no es buena, no sirve. Todo lo que digas y lo que tu mujer te responda si no lo hacés no tiene valor comunicacional, es puro ataque, las palabras son armas que pueden ser letales porque después no se olvidan, son corrosivas, oxidan lo que tocan y es difícil volver de ahí.

Haceme caso. Es menos difícil de lo que parece. Salís del lugar de víctima y elegís el lugar de quien decide sobre su conducta y no se deja avasallar. Cuando contraatacás te estás sometiendo al ataque, aceptás el escenario bélico y pierden los dos.

Si elegís descartar la primera orina de la mañana elegís el escenario en el que querés vivir.

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