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Un soñador de arte en los mares

Alexander Ponomarev creó un encuentro en la Antártida que ahora presenta en la Bienal de Venecia

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PARA LA NACION
Domingo 02 de julio de 2017
Ponomarev lleva un anillo con un ancla. En su vida de marino y artista no surcó sólo los siete mares: "Yo conozco diez. Es un espacio existencial y que contiene la energía de la naturaleza".
Ponomarev lleva un anillo con un ancla. En su vida de marino y artista no surcó sólo los siete mares: "Yo conozco diez. Es un espacio existencial y que contiene la energía de la naturaleza"..
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Alexander Ponomarev organizó en marzo pasado la primera Bienal Antártica (o Antarctic Biennale), un sueño que había tenido diez años atrás, en su primer viaje al Continente Blanco. "En Tierra del Fuego estuve ya unas veinte veces", cuenta este artista multidisciplinario, navegante e ingeniero náutico que en los últimos 30 años ha organizado más de 100 proyectos artísticos, exhibiciones y eventos en algunos de los lugares más remotos del planeta, como distintos océanos, el Ártico, el Himalaya y el desierto del Sahara.

La experiencia de viajar a la Antártida con una tripulación de artistas de varios continentes y de montar obras en el hielo o el mar lo ha dejado más que feliz. "Ha sido una experiencia genial. Al entrar a un espacio así se producen cambios en tu cabeza. El artista se conecta profundamente, y se logra un trabajo muy fuerte. Hay que hacer muchas cosas rápido en poco tiempo: empacar, salir en distintos barcos a hacer una obra, después regresar... Es muy interesante, una experiencia única. Ha sido una experiencia histórica", dice.

En el viaje de 12 días participaron más de 30 artistas, arquitectos, científicos, investigadores, filósofos y visionarios tecnológicos de distintas partes del mundo para hacer performances e instalaciones que debían cumplir con ciertas condiciones: ser pensadas para ese lugar, trasladables, ecológicamente compatibles, con expresividad artística y agudeza conceptual. Ahora llevó a la Bienal de Venecia -que comenzó en mayo y se extenderá hasta el 26 de noviembre- este sueño suyo, y los resultados de la expedición se pueden ver en el primer pabellón supranacional, fundado en 2015, en el Fondamenta Zattere Al Ponte Lungo. Ponomarev no es nuevo en ese encuentro que es una cita del arte mundial: en 2007, representó a la Federación Rusa, y en 2009, implementó un proyecto especial, Subtitsiano, un submarino psicodélico que afloró en las aguas del Gran Canal en la 53ª Bienal.

Ponomarev y Nadim Samman, curadora de la primera exposición en el Pabellón Antártico, fueron incluidos en la lista 2014 de Los 100 principales pensadores globales (del Foreign Policy Magazine, EE.UU.) por su trabajo en el Pabellón y la Bienal en 2015, donde presentó el proyecto Concordia, inspirado por el desastre del Costa Concordia. Y nada termina ahí: Antarctic Bienale no comienza ni termina con la expedición, sino que se trata de una bienal en proceso, que continúa construyendo constantemente espacios de cooperación productiva y creación de sentido. Se espera, en dos años, su segunda edición.

La filosofía será la misma de su creador. Cuando se dan varias vueltas al mundo como Ponomarev, la Tierra comienza a parecer más pequeña: "Ya entendí que el mundo es uno. Es hermoso y todas las naciones deberían formar una sola. Ser uno con los animales, los pájaros". Muchas veces le señalan que hace arte para los pájaros y los peces, únicos testigos de sus performances en alta mar. No le importa: "Ellos tienen los mismos derechos que nosotros los humanos".

La cooperación y el intercambio fueron pilares fundamentales de esa expedición que se propuso diseñar una plataforma intercultural e interdisciplinaria para el diálogo sobre el futuro de los "espacios compartidos" como la Antártida, los océanos y el Cosmos. En el consejo de notables que la apoyan están estrellas del arte internacional como Sam Keller, Marina Abramovic, Alfred Pacquement y Hans Ulrich-Obrist, entre otros. Cuenta con el aval de la Unesco y el auspicio del magnate de la seguridad informática Eugene Kasperski, que también fue parte de la comitiva.

LA EXPERIENCIA A BORDO

En el Akademik Vavilov, los camarotes son compartidos y el punto de reunión es el comedor bautizado Volver, gobernado por una escultura a tamaño natural del Che Guevara, donde se sirve merluza negra con centolla y donde corren litros de alcohol. En todos los idiomas, los debates se prolongan en días y noches sin relojes. La navegación hasta los primeros icebergs, ya entrando en el Círculo Polar Antártico, es bastante monótona, al menos después del Pasaje de Drake y sus revueltas aguas de leyenda. Ya en la isla Petermann comienzan las performances: el artista ruso Andrey Kuzkin se desnuda y se introduce cabeza abajo en la nieve, hundido hasta la mitad del torso. Más allá, Shama Rahman da un recital solitario, poético y helado. Es neurocientífica, cantante e intérprete de sitar, y para la ocasión ha traducido a música con su sintetizador los sonidos que genera un glaciar.

El robot Glaciator del argentino Joaquín Fargas anda errático por el hielo, despertando la curiosidad de los pingüinos. Se alimenta de energía solar y su misión es compactar la nieve y acelerar su conversión en hielo, contrarrestando los efectos del cambio climático. Fargas investiga nuevas tecnologías en el arte. Su obra se basa en propuestas utópicas o posibles sobre la vida, la preservación y las relaciones humanas. Muchos observan impávidos un elefante marino descomunal y los albatros de rigor. Las ballenas dan su propio espectáculo.

Hay a bordo miembros del equipo de Tomás Saraceno (quien montó este año en el Museo de Arte Moderno la telaraña más grande del mundo). "Creo que la colaboración es el futuro. La idea es dar cuenta de que todos nosotros estamos juntos en un mismo bote que se llama Planeta Tierra. En el momento que empezamos a trabajar juntos, a compartir y a inventar un futuro basado en la colaboración, la participación y la generosidad, las posibilidades son ilimitadas", señala Saraceno sobre la experiencia.

La raíz del proyecto es una utopía, la del confín siempre virgen y sin fronteras (aunque recibe más de 50.000 turistas al año). "La Antártida es el último continente libre que no pertenece a ningún país, y según los tratados internacionales está destinado exclusivamente a las actividades creativas y a la investigación científica en pos de la humanidad. Como el arte, la Antártida es pura, difícil de alcanzar y misteriosa. Este sublime continente es como una hoja blanca de papel en la que artistas de diferentes países y nacionalidades intentamos escribir las nuevas reglas de cooperación", agrega Ponomarev.

En su hablar, meditativo y lírico a la vez, Ponomarev tiene algo de filósofo. Y toda la pinta de un aventurero de piel curtida, barba y pelo blanco siempre revuelto. Lleva un anillo con un ancla. En su vida de marino y artista no surcó sólo los siete mares: "Yo conozco diez. Es un espacio existencial y que contiene la energía de la naturaleza". De la filmografía de Andréi Tarkovski, elige Solaris (1972): "Como artista siempre estoy flotando en un océano, en cualquiera, porque son uno. Viajamos en el barco en dos dimensiones, paralelos al agua, desplazándonos en el espacio, y también en sentido perpendicular, entre las dos realidades de Platón. Creo que sólo así se pueden concebir nuevas ideas en el arte, navegando en el agua y en la vida".

Ponomarev nació en 1957 en Dnipropetrovsk, Ucrania. En 1973 egresó de la Escuela de Bellas Artes de Orel, Rusia. En 1979, se graduó como ingeniero naval en Odessa. "Primero fui artista, porque nací en la Unión Soviética y la educación de los chicos incluía formación en las distintas ramas del arte. A los ocho años entré en una escuela artística. Pero a mí siempre me gustó la idea de viajar. Y entonces, para poder hacerlo, me hice marino. Claro que nunca paré de dibujar", cuenta.

"Mi amor por el arte me ayudó mucho", continúa. Mientras servía en las flotas navales de Rusia, como oficial naval en barcos y submarinos, llevó a cabo una serie de proyectos artísticos en el mar, en el Ártico, Groenlandia y la Antártida. "Para ser artista no es necesario viajar, conozco un montón de artistas que permanecen siempre en sus lugares. Para mí, en cambio, es necesario viajar. Siento que entre los polos hay un campo magnético que yo siempre necesito cruzar. Me da energía. En el océano, siempre me siento bien", explica.

Su obra abarca instalaciones, dibujos, videos y fotografías, en las que combina su interés por la geografía, la historia y la ecología. Después de dejar la marina, realizó en 30 años más de 100 muestras y proyectos artísticos en museos, galerías y centros de exposiciones rusos y extranjeros. Sus proyectos se han visto en muchos de los principales museos del mundo y, entre otros honores, es miembro de la Academia de Artes de Rusia, y en 2008, el gobierno francés lo nombró Oficial de la Orden de las Artes y las Letras.

El mito del Arca de Noé está en la base de muchas de sus obras: la nave como símbolo de salvación. Entre sus trabajos más emblemáticos está la proa de un rompehielos que parece haber encallado en el cubo blanco de la galería Richard Taittinger de Nueva York. En la Bienal de Marruecos, a la manera de Fitzcarraldo, construyó la estructura de un crucero con cañas de bambú en una duna del desierto del Sahara, el año pasado. También tiene obras en hielo, al que considera un reservorio de memorias del pasado. Macroscopia es una instalación en la que dos marineros ajenos a la ley de la gravedad flotan mientras miran el mundo a través de un par de periscopios que están, en realidad, adosados a los troncos de dos árboles. Su obra sobre papel tiene, también, raíz náutica: suele dibujar con grafito sobre mapas de navegación.

Como antecedentes, vale citar a la artista argentina Andrea Juan, pionera en esto de llevar contingentes de artistas a crear obras en el continente blanco. Desde 2004, comanda y protagoniza expediciones para realizar performances, instalaciones y videos, en conjunto con investigaciones científicas sobre el cambio climático. Además, creó y dirigió el programa de arte Sur Polar (www.surpolar.org) para que otros artistas, argentinos y extranjeros -casi cien en total- pudieran desarrollar allí sus obras. Ahora es una red internacional de artistas medioambientalistas que se inició con el programa de Arte en Antártida y que luego de varios años se extendió a otras geografías, con Arte en la Naturaleza, en la que participan artistas como Adriana Lestido, Joaquín Fargas, Marina Curci, Pablo La Padula y muchos otros. Surgieron de aquel proyecto varias muestras en la Argentina y en todo el mundo. Ahora Andrea Juan, radicada en España, comanda Arte en el Origen, una Experiencia de Arte en Cantabria, coordinada por Gabriel Penedo y dirigida por ella.

Fotos: Gentileza Bienal Antártica

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