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La biblioteca de los libros nunca terminados

Hugo Beccacece

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PARA LA NACION
Domingo 02 de julio de 2017

Resulta insólito y atrayente que una celebración tenga como tema lo que no fue. En la recepción pública de Pablo De Santis en la Academia Argentina de Letras, el novelista de La hija del criptógrafo leyó un breve y original discurso. Aunque la invitación anunciaba que el autor iba a hablar sobre "Libros imaginarios: una biblioteca interrumpida", cuando De Santis empezó su disertación, corrigió el título: "Libros prometidos: una biblioteca interrumpida". Esos libros prometidos son los que los escritores imaginaron o iniciaron pero nunca llegaron a realizar o a completar.

De Santis comenzó por citar a George Steiner, quizá "el único autor que dedicó un volumen a sus abandonos": Los libros que no he escrito. Después el flamante académico se centró en la literatura argentina y, por supuesto, el primer nombre que mencionó fue el de Jorge Luis Borges. En un artículo publicado en la nacion, en 1942, "Teoría de Almafuerte", Borges cuenta que, entre los libros que nunca escribió ni escribirá, hay uno cuyo título es el de la nota. El autor de Ficciones estaba interesado en la ética de Almafuerte: "Nadie ha concebido como él una doctrina general de la frustración, una vindicación y una mística".

Adolfo Bioy Casares también tuvo su libro pendiente. Era una novela de ciencia ficción que habría de llamarse Irse. Años más tarde, Bioy publicó Una magia modesta; uno de los cuentos de ese libro tiene como título "Irse", pero cuenta una historia muy distinta del argumento anunciado.

El caso más dramático de estos libros imaginarios es la novela que Rodolfo Walsh comenzó a escribir en 1967 y que nunca terminó, dijo De Santis. Tironeado por su militancia política y la tradición literaria que había elegido, precisamente la de Borges, que estaba en sus antípodas ideológicas, Walsh no concluyó la novela que le había prometido al editor Jorge Álvarez. Lo balearon en la esquina de San Juan y Entre Ríos en 1977. Otro libro inconcluso, mencionado por De Santis, es la biografía que Leopoldo Lugones estaba escribiendo sobre Julio Argentino Roca cuando se suicidó en El Tigre. Lugones se detuvo en mitad de una palabra. La palabra interrumpida era "Nación". Sólo escribió la sílaba "Na".

Más adelante, De Santis se refirió a Ricardo Piglia y a los diarios de éste, donde habla de libros no escritos e introduce cambios en los hechos reales. Santis reflexionó: "El diario es un género literario que permite algo imposible: corregir la vida".

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Son cada vez más los cuentos y novelas inspirados por hechos periodísticos y, a la vez, en sucesos íntimos tratados con una óptica que trasciende la anécdota. De esa rica combinación se vale Magdalena Ruiz Guiñazú en Desconciertos (Sudamericana), su reciente libro de relatos. La autora ofició de testigo privilegiado en varios de los momentos más importantes de la historia argentina del último medio siglo. Eso le ha permitido convertir hechos, a menudo policiales, en una "fotografía" que desnuda la realidad del país y del mundo.

Es fácil identificar en "El hombre del piyama" a uno de los dictadores más temibles de América Latina, preso en su casa. Mucho menos fácil era deslizarse bajo su piel para revelar los días agónicos, las horas interminables de un ser que, después de haber tenido casi todo el poder, estaba acorralado por el aburrimiento y la angustia. Y qué decir de esa señora mayor, beata, que se compadece de las angustias de un hombre perseguido, y lo ayuda a cargar bolsos comprometedores, verdaderos tesoros, guiada por la solidaridad interesada, la picardía y el cinismo.

El relato quizá más autobiográfico, "El hijo perdido", de un modo paradójico se acerca a la literatura fantástica para exponer un dolor irreparable. Mientras una mujer espera en un aeropuerto a un cliente desconocido, con el nombre de él escrito en una pancarta, de pronto ve llegar no a ese señor sino al hijo adolescente, que a esa altura habría sido un hombre. La prosa diáfana, la extrema sencillez son las armas con las que Ruiz Guiñazú despliega sus materiales. Ese despojamiento está animado por un elemento esencial: la emoción, que alcanza su pico más alto en esa sala de espera de aeropuerto.

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