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Cambio en la política europea: la extrema derecha gay-friendly

Los partidos de derecha más radical atraen parte de los votos de las minorías sexuales, un fenómeno que la islamofobia ayuda a explicar

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PARA LA NACION
Domingo 02 de julio de 2017
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¿Una mujer lesbiana a la cabeza de Alternativa para Alemania, el partido más a la derecha del espectro legal? Así es. Se trata de Alice Weidel, 38 años, doctora en Economía, vive en pareja y tiene dos niños. Recientemente se transformó en líder de este partido fundado en 2013 para enfrentar el euro y trasformado en poco tiempo en un partido antiinmigración. Esto, que podría parecer una contradicción, es sólo el ejemplo más reciente de la creciente visibilización de figuras provenientes de las denominadas "minorías sexuales" en puestos dirigentes de partidos de extrema derecha.

Foto: Sebastián Dufour

Hace poco, un medio francés se preguntaba si el Frente Nacional (FN) de Marine Le Pen se volvió realmente un partido gay-friendly. De hecho, la estrategia de desdiabolización y normalización de Le Pen -que no agrada al ala dura- incluyó una apertura hacia los homosexuales. Es más, la segunda figura del partido, Florian Philippot, es abiertamente gay, al menos desde que un medio lo fotografiara paseando de la mano con otro hombre. "Soy moderno y vivo en el siglo XXI", zanjaría más tarde. Sébastien Chenu, fundador del GayLib, una organización gay conservadora, se sumó también al partido de extrema derecha como asesor y el "Mr Gay" francés Matthieu Chartraire se declaró en 2015 fan de Le Pen. Y la lista sigue: Julien Odoul pudo pasar de las fotos sexies en portadas de revistas gays a una candidatura por el Frente Nacional.

Todo este mundo de la derecha -más o menos extrema- es diverso. Por ejemplo, la alemana AfD considera al FN de Le Pen demasiado "socialista" y brega por una suerte de nacional-liberalismo xenófobo, es decir, libre mercado sin inmigración y sin euro.

Más extrovertido, el británico Milo Yiannopoulos es -o era- una de las estrellas de la alt-right (derecha alternativa) estadounidense. Le encanta jugar el juego de "súper villano" en Internet, durante años desde la página Breitbart News, regentada por Steve Bannon, hoy un muy cercano asesor de Donald Trump. Antifeminista, islamófobo y crítico de la corrección política, Yiannopoulos perdió apoyo entre círculos conservadores norteamericanos recién cuando su afán de extroversión lo llevó a bromear con la pedofilia.

Todo ello lleva a preguntarnos por las transformaciones de las identidades Lgbti cuando cada vez más países legalizaron el matrimonio igualitario o al menos la unión civil y las sociedades rechazan crecientemente la homofobia (claro que perviven muchos países oficialmente homófobos, especialmente en África y Medio Oriente, y en Occidente la intolerancia está lejos de haber desaparecido). Tampoco se trata de que antes no hubiera homosexuales de derecha -es famoso el caso del jerarca nazi Ernst Röhm y la homosexualidad en las SA o miembros de la derecha republicana en Estados Unidos-, pero solían mantener ocultas o semiocultas sus opciones sexuales. Hoy el fenómeno de la extrema derecha capaz de interpelar el voto gay atrae cada vez más atención en los medios y en las organizaciones Lgbti.

Como lo revela el discutido libro Pourquoi les gays sont passés à droite (Por qué los gays se pasaron a la derecha), escrito en 2012 por Didier Lestrade, el debate lleva a las transformaciones en la homosexualidad y a los debates sobre formas de vida más mercantilizadas. Para Lestrade -una figura del movimiento gay francés-, los homosexuales se transformaron en una minoría privilegiada entre las otras minorías y la integración conlleva también "aburguesamiento". Pero sin duda, la sigla Lgbti visibiliza al mismo tiempo que oculta o al menos aplana la propia diversidad de las diversidades sexuales y sus niveles de normalización social: no es lo mismo ser gay que lesbiana o transexual. Y lo mismo ocurre con las divergencias ideológicas en esta parte de la población. A diferencia de los homosexuales progresistas, quienes adhieren a la extrema derecha dicen no "politizar" su identidad sexual.

"Homonacionalismo"

El periodista francés Jean Stern, que acaba de publicar el libro Mirage gay à Tel-Aviv, reflexionó sobre este fenómeno y utiliza el término "homonacionalismo" para captar algunos cambios recientes. El término elegido para el título es "espejismo" que, en francés, suena muy parecido a matrimonio.

"En el caso de los políticos homosexuales de extrema derecha, su opción ideológica se nutre de dos fuentes: por un lado, la islamofobia, el miedo a los extranjeros y la idea de que en las periferias de las grandes ciudades las mujeres, los ?blancos' -los ?verdaderos franceses'-, los judíos y los homosexuales son amenazados por hordas de árabes homófobos y fanáticos. Y por el otro, una mayor movilización por intereses patrimoniales que por el destino de los excluidos, pobres o inmigrantes", dice a la nacion el cofundador de la mítica revista Gai Pied en los años 70.

El sociólogo Ernesto Meccia, autor de Los últimos homosexuales. Sociología de la homosexualidad y la gaycidad (2011), habla de la mutación de la homosexualidad. En su lectura de las transformaciones advierte una relación importante entre el incremento de la ciudadanía homosexual y su visibilización en los grandes espacios urbanos a través de diversos emprendimientos de mercado. Entre otros hitos, cabe recordar que en la Argentina se creó la Cámara Argentina de Comercio Gay Lésbico y se puso en circulación una guía llamada BAGay, en la que puede verse una notoria infraestructura de servicios destinada a un público turístico gay de elevado nivel económico.

Meccia refiere a un proceso multidimensional en el que no solamente los emprendimientos empresarios hacen visible la gaycidad, sino también muchos espacios políticos (de casi todos los colores). Este "acercamiento" a la homosexualidad comenzó a ser calificado -no sin ironía-como pinkwashing para significar que la homosexualidad (que en su momento fue una causa estrictamente progresista) comienza a ser utilizada para "lavar la cara" de personas y organizaciones que no tienen ningún interés específico y sincero en ella, pero a quienes sirve para posicionarse en el rentable mercado simbólico de lo "políticamente correcto". Para Meccia, el mito de Buenos Aires como la ciudad más gay-friendly de América Latina, promocionado por el 95% de la clase política, debe ser leído en esta clave.

Para Stern, el turismo gay a Tel Aviv es un caso emblemático de pinkwashing que da una clave de inteligibilidad de algunos cambios de la homosexualidad en la arena política europea. Esta ciudad israelí se volvió una marca del turismo gay gracias al apoyo estatal. Pero además de diversión -sexo, sol y playa- el periodista francés identifica una batalla más amplia en la que Israel -hoy gobernada por la extrema derecha y fuertemente cuestionada en la escena internacional- encarnaría a Occidente en su batalla contra el mundo árabe-musulmán. Sin duda no hay efectos mecánicos ni determinismos, pero en muchos casos, ese turismo no sólo legitima facetas de la política israelí frente a los palestinos sino que además termina por fortalecer imaginarios políticos xenófobos. Un dato puede sorprender: en las elecciones regionales de 2015 -según algunas encuestas-, más del 30% de los homosexuales casados -con mayoría de gays sobre lesbianas- votaron por el partido de Le Pen, aunque ella expresó que en caso de ganar las presidenciales derogaría el matrimonio igualitario.

El gran reemplazo

Un precursor de la articulación política entre islamofobia y homosexualidad fue Pim Fortuyn, un dirigente de la extrema derecha holandesa asesinado en 2002. Y un ejemplo actual es el francés Renaud Camus. En los años 70, este escritor fue colaborador de Gai Pied y cronista explícito de la subversiva sociabilidad sexual de los black rooms gays neoyorquinos. Hoy es el autor de una "teoría" a la que denomina el "gran reemplazo", que fascina a los círculos de la extrema derecha profunda: Francia está siendo colonizada por los árabes y musulmanes y los "nativos" franceses, junto con su civilización, están en camino de desaparecer con la complicidad de Europa y de su propio gobierno.

Alexander Tassis, presidente de Alternativa Homosexual, la agrupación gay de AfD, explica su posición en una entrevista con el diario El Español: "Nosotros no nos identificamos con el movimiento LGBT izquierdista, tenemos un punto de vista político de las cosas nacional-conservador siendo homosexuales". Tassis retoma los temores al "reemplazo" y critica al resto de los partidos políticos, acusándolos de participar en la "islamización de Europa": "Es obvio que todos los partidos en Alemania tienen una agenda islamizadora. Los partidos están engañando a sus electores y nosotros los invitamos a despertarse".

Claro, no toda la extrema derecha se convirtió a las nuevas sensibilidades ni la mayoría de los gays y lesbianas se pasaron a la derecha, pero los desplazamientos son visibles. "Hay algunos miembros del partido que se han expresado en contra de la homosexualidad, pero han sido obligados a pagar una multa o fueron expulsados. La homosexualidad no es un problema en AfD", señala, con naturalidad, Jana Schneider, lesbiana y dirigente de los Jóvenes Alternativos, la agrupación juvenil del partido. Y agrega: "Los homosexuales de toda Europa tienen que darse cuenta de que el islam político es un peligro para ellos y sus derechos".

Recientemente, el portal argentino Sentido G se preguntaba: "¿Por qué algunos gays se han pasado a la ultraderecha?" y recordaba un discurso de Barack Obama en el que señaló que el racismo y la homofobia provienen de la misma mentalidad. El joven activista y columnista gay y de izquierda británico Owen Jones reaccionó en la misma línea, buscando reconectar diversidad sexual y política progresista. No se trata de negar la homofobia en el mundo musulmán sino de evitar las "amalgamas" constructoras de racismo y las posiciones anticosmopolitas.

De hecho, como explicó en una oportunidad el escritor y activista Bruno Bimbi, para argumentar en favor del matrimonio igualitario en la Argentina se utilizaron los textos de Hannah Arendt contra la prohibición de matrimonios interraciales en Estados Unidos. No obstante, algunas cosas están cambiando en la medida en que la homosexualidad se normaliza. Si la economía de mercado potenció en los últimos años un "capitalismo gay" y liberal -basado en sólidos estudios de mercado-, los comprensibles temores frente a los efectos de la migración y del terrorismo conducen a lo que ya algunos llaman un "nacionalismo sexual", que pone en cuestión muchas de las tradiciones más libertarias asociadas a disidencias sexuales del pasado.

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