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La coronación de un artista: todo puede ser en el mundo de brillantina de Benito Laren

Con el divismo de Federico Klemm, el absurdo de Federico Peralta Ramos y la excéntrica alegría de Marta Minujín, el creador pop juega a que el arte es también inventarse una realidad

Viernes 30 de junio de 2017
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PARA LA NACION
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El artista Benito Laren, tras su coronación en la performance que lo hizo rey en el museo Fortabat
El artista Benito Laren, tras su coronación en la performance que lo hizo rey en el museo Fortabat. Foto: Rodrigo Néspolo

Por un rato, anoche el museo Colección Fortabat fue un palacio, y hasta allí llegó el artista Benito Laren, rey por una noche, a coronarse. Iba en un auto antiguo, seguido por sus dos pajes, y tras una solemne caminata por una larga alfombra roja subió por las escaleras mecánicas hacia el escenario de la ceremonia, la exposición Fabularen, que es un recorrido por diferentes etapas de su obra. En su trono, sobre una tarima, lo esperaban las delegaciones de reyes extranjeros disfrazados de osos, brujas, cortesanas, tenistas... Y entre ellos, la encargada de coronarlo: la ministra de Belleza de su planeta, Amalita Amoedo, artista y mecenas, nieta de la fundadora del museo, Amalia Lacroze de Fortabat, algo así como una dinastía de mujeres amantes de las artes.

Su casa no es una casa, sino "la embajada". Ha grabado discos con sus himnos, más que canciones. Tiene editados libros de poesías y reflexiones para la risa. Acuñó su propia moneda: el dolaren. Y ahora va más allá. Recuperando el divismo de Federico Klemm, el absurdo de Federico Manuel Peralta Ramos y la excéntrica alegría de Marta Minujín, sin temor al ridículo, Laren juega a que el arte es también inventarse una realidad. Por eso, ayer se proclamaba rey en su tierra, Larenland, donde no hay problemas: los artistas son reyes de su propia galaxia, porque tienen la capacidad de crearla. "Esto es un sueño hecho realidad", decía. Lo explica claro Boris Groys en su obra Volverse público (Caja Negra, 2015): "El cuerpo del artista se ha vuelto, de manera creciente en las últimas décadas, el foco del arte contemporáneo".

La fantasía es la materia prima de la obra de Laren. Todo reluce con el fulgor de la brillantina. Los destellos se expanden más allá de sus cuadros -que son autorreferenciales o citas de la historia del arte elevadas a la enésima potencia de la purpurina-, y la ilusión entonces impregna el propio cuerpo del artista: el peluquín, los trajes de colores, las joyas de cotillón, sus infaltables gafas oscuras y su manera de hablar, siempre al borde del aforismo y el chascarrillo, en un interminable juego de palabras. Cualquier intercambio con él termina en carcajada.

San Benito, extravagante

En ese tono transcurre la paródica coronación: el maestro de ceremonias es el músico y actor Sergio Pángaro, otro extravagante. También hay un arzobispo que reparte la estampita de "San Benito, todo locura" y un coro canta el himno de Larenland: "Con sus tierras magistrales/ con sus noches sin finales/ con sus auroras normales/ y sus naves espaciales".

"Lo primero que voy a hacer cuando llegue a mi casa es despertarme", pronuncia en su primer discurso. Juran luego como ministros el coleccionista Gustavo Bruzzone, la diseñadora Verónica de la Canal y los artistas Leo Chiachio y Daniel Giannone, entre otros. El ahora rey convida con un bandejeo de comidas y bebidas a la concurrencia, entre la que se encuentran artistas (Miguel Harte, Karina El Azem, los Mondongo, Roberto Jacoby, Fabio Kacero, Paola Vega, Raúl Flores) y celebridades como Lucía Galán y Gino Bogani.

Con esta performance, medio en chiste y medio en serio, todos bailan, cantan y hacen cola para sacarse selfies con el virtual monarca (la coronación se transmitió en vivo por Instagram). El final es a toda orquesta, con la música de la Larenband.

La muestra Fabularen (entre lo fabuloso y la fabulación), un piso más arriba, comprende obras desde su niñez hasta la actualidad. Trabaja con todo lo que tiene brillo (vidrios esmaltados, espejos, hologramas, monedas, papeles metálicos y, por supuesto, brillantina) e interviene ruedas de bicicleta, puertas de autos, raquetas, celulares y matafuegos.

"Adentrarnos en el recorrido de esta muestra antológica de Benito Laren es abrir las puertas y surcar el cancel de aquel nudo donde lo Simbólico, lo Real y lo Imaginario parecieran atarse y desatarse para hacernos vivenciar la narración de una fábula en torbellino sobre sí misma", escribe el curador Claudio Ongaro Haelterman en su texto.

Todo es un gran juego: el país Larenland existe desde 2007 (con su página web: larenland.com). Benito no solamente es su rey: es su único habitante. Tiene una superficie de un metro cuadrado y se traslada adonde él vaya. La piedra nacional es el meteorito, se practican artes marcianas como deporte, se bebe vino atorrantés, se habla por celularen y se ve televisión por cataplasma. No tiene reina, pero sí un heredero, el hijo del rey, Guillermo Carlos I (por Guillermo Vilas y Carlos Gardel), príncipe de Larenland y duque de las islas Divinas.

Pero la carrera de Laren va en serio: expone regularmente desde los tempranos 90, cuando debutó en el Centro Cultural Rojas. Su obra integra la colección del Museo Nacional de Bellas Artes, el Corning Museum of Glass de Nueva York, el Macro de Rosario y la Colección Fortabat. Y ésta, claro, ésta no es la primera ni será la última de sus locuras.

Perfil pop

Foto: Mauro Alfieri

Benito Laren

Artista visual

San Nicolás, 1962

Tras su paso como técnico químico en Somisa, incursionó en literatura y, en los 80, desarrolló una técnica propia: vidrio pintado con esmaltes, papeles metálicos, brillantinas.

Pertenece a la generación que en los 90 mostró en el C. C. Rojas de Gumier Maier.

Su movimiento artístico es el "Pop oh art", y sus obras cuestionan, con ironía y humor, la figura del artista.

Para agendar

Fabularen

Hasta el 30 de julio, de martes a domingos, de 12 a 20, en Colección Fortabat, Olga Cossettini 141. Entrada, $ 80.

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