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La grieta entre el blanco y el negro

Domingo 09 de julio de 2017
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PARA LA NACION
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Foto: Eva Mastrogiulio

La vida es un arcoíris de colores que incluye el negro.” Con la sensibilidad y el poder de síntesis de los grandes poetas, el ruso Yevgeny Yevtushenko, voz indomable que ni en los momentos más oscuros de la noche soviética calló su defensa de la dignidad humana, definía así el amplio horizonte de la diversidad. Un contraste con la mirada estrecha de quienes, aferrados a una idea única, suelen exclamar casi con orgullo: “Las cosas son blancas o negras”. En esa misma línea están los que abominan de las medias tintas. Con visiones tan tuertas como estas se cavan profundas grietas que abarcan desde ideas políticas hasta opiniones deportivas, pasando por modas, paradigmas científicos o filosóficos, creencias religiosas, inclinaciones gastronómicas, teorías económicas y hasta cuestiones de género.

El arcoíris que mencionaba el gran poeta ruso incluye también el blanco. Como un color más. No como el único. En verdad ninguna tonalidad es única y la gran mayoría de ellas nace de la combinación de los colores del arco iris. Pero detengámonos en el blanco y el negro, que apasionan a los fanáticos, a los rígidos, a los discapacitados para los matices, a los que creen que clavar las guampas en alguno de esos dos tonos y no moverse de allí los hace acreedores a algún tipo de mérito o medalla. En verdad lo que revelan sus declaraciones de principios cromáticos es, antes que nada, anemia de ideas, pobreza de pensamiento y acaso, por debajo de todo, una profunda inseguridad. Borrar matices reduce el desafío de argumentar, de fundamentar, de admitir diferencias. Si las cosas son blancas o negras (ni siquiera blancas y negras), toda discrepancia deberá terminar, forzosamente, en la eliminación de uno de los términos. En ciertos casos eso significa una invitación a la violencia y, peor, una justificación de la misma.

Entre el blanco y el negro habita, sin embargo, un color que cosecha pocos adeptos y tiene mala prensa. El gris. Si el negro tiene una gota de blanco, aunque el ojo parezca no percibirlo, es gris. Lo mismo ocurre en el caso inverso. Y a partir de esa gota, en la medida que aumenta la presencia de un color en el otro, la gama de grises se despliega en toda su riqueza. Exactamente lo mismo ocurre en materia de opiniones y de gustos. Cuando se sale del esquematismo y del fundamentalismo, aun partiendo de dos colores se puede obtener un abanico amplio y rico en matices. Por supuesto, hay dos requisitos ineludibles. Uno es tener la disposición de crearlos y otro la capacidad de verlos.

Esto se puede aplicar a todo tipo de disenso. Es muy difícil llegar a una resolución que no bordee la tragedia si los contendientes son creyentes fanáticos en el blanco o en el negro y sólo admiten un color. Entonces planea la amenaza de la supresión de uno de los dos, ya sea por sumisión o por exterminio. No habrá ganado la idea o el argumento, sino la fuerza o la trampa. Una grieta sin fin quedará como separación abismal entre ambas partes. Para que algo nuevo pueda nacer de un enfrentamiento, uno de los dos colores habrá de estar incluido, así sea un mínimo porcentaje (2% o 3%) en el pacto que ponga fin a la discordia. Esa pequeña proporción es importante, hace toda la diferencia entre sentirse registrado o ignorado, descalificado o incluido.

Una sola cuestión puede impedir la conformación del gris en todas sus variedades. Las diferencias de valores. Estas son las únicas irreconciliables. Sin embargo, en las experiencias que vivimos y que nos afectan, a menudo estas se pasan por alto y así surgen grises falsos y fugaces, a cuyo final esperan otra vez el blanco y el negro. Una sociedad que aprende a conformar grises genuinos está en condiciones de advertir la riqueza del arco iris.

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