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Certezas de la estadística, incógnitas de la sociedad

Eduardo Fidanza

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PARA LA NACION
Sábado 01 de julio de 2017

Abordo de un viejo coche, un individuo aparentemente desequilibrado rompe la empalizada de la Casa de Gobierno y entra al recinto interior amenazando la puerta principal. En otra escena, un jubilado se pega un tiro en un local de la Anses. Ambos hechos quedan registrados por cámaras. Como ocurre en la actualidad, los videos son repetidos infinidad de veces por los noticieros y repican en las redes hasta viralizarse. La imagen machacante requiere explicaciones: ¿pueden vincularse los dos actos? ¿El que violó el cerco está loco o es un frustrado más por la falta de trabajo y oportunidades? ¿El jubilado estaba deprimido por razones personales o angustiado porque sus ingresos no le alcanzaban? Después de las explicaciones, deben buscarse los responsables. La pesquisa de la culpabilidad suele responder a intereses y prejuicios. Más en época de elecciones. Cada uno, como se dice, lleva agua para su molino: es el ajuste que está haciendo Macri, es la oposición que busca desestabilizar al Gobierno.

¿Por qué uno se mató y el otro derribó las vallas del poder? La sociología clásica aporta algunas pistas. En términos de Emile Durkheim, lo del jubilado podría ser un "suicidio egoísta"; es decir, una autosupresión de la vida por razones privadas: estaba triste debido a la muerte de su último amigo, se había quedado solo. Lo mismo para el asaltante de la Casa Rosada: es un desequilibrado, un "loquito" más de los tantos que andan por la calle. Sin embargo, el "jubilado" denota a un sector subalterno de la sociedad, mal retribuido y peor reconocido. El suicida había sido un eminente cirujano, acaso no le quepan a él las condiciones del resto de su congéneres, pero eligió matarse en una oficina pública donde se administra la suerte escasa de los más viejos. Sus últimas palabras fueron: "Este es mi destino". Parece un símbolo, aunque no cobrara la mínima. La misma resonancia social puede atribuírsele al que embistió el cerco: está desequilibrado, pero también desempleado; había pedido ayuda, nadie le prestó atención. Tal vez expresó la bronca y la anomia de los excluidos del sistema. Otro símbolo.

Como lo muestran estos casos, las razones sociales son opacas. Constituyen apenas hipótesis, muy difíciles de verificar. No se sabe con certidumbre cómo la sociedad influye en las conductas de sus miembros. La sociología, que en sus orígenes quiso emular a la física, debió conformarse con formular problemas y delinear probables explicaciones. Desarrolló sensibilidad más que certezas, comprensión más que explicaciones. Quizá por eso sus cultores, con el paso del tiempo y el avance tecnológico, se aferraron a métodos cuantitativos y artificios estadísticos. Éstos proveen un conocimiento en apariencia exacto, habilitan experimentos que permiten rescatar el viejo sueño: parecerse a las ciencias duras, expresarse con números, uno de los tantos lenguajes que permearon el sentido común en la modernidad.

Es el paso de la sociedad a la opinión. De las instituciones, las relaciones de poder, la cultura y la historia, a la subjetividad de los individuos. La sociedad se nutre de tantos factores que es imposible abarcarla; la opinión reduce esa complejidad a lo que cabe en un cuestionario estandarizado, sujeto a procesamiento estadístico. No se sabrá con precisión lo que movió al trasgresor de vallas y al suicida, pero será posible conocer, con relativa exactitud porcentual, qué piensan de ellos los demás. Y qué pensarían personas como ellos si pudieran extraérseles opiniones cuantificables. Con esa miopía sociológica y esa certeza estadística marcharán los argentinos en agosto y en octubre a votar. Un aceitado sistema de observación los está martillando ahora mismo, más allá de si lo desean o no, con preguntas destinadas a conocer sus expectativas políticas y económicas, el aprecio a los dirigentes, la valoración del Gobierno y la oposición, y la preferencia electoral.

Estas sofisticadas herramientas no están logrando, sin embargo, determinar aún el ganador. Acopian y sistematizan opiniones, pero no pueden prever conductas. Demasiados encuestados se escabullen a la hora de responder qué harán frente a la urna. Una de las tantas hipótesis para explicar por qué fallan los sondeos electorales afirma llanamente: porque la gente le miente al encuestador. A pesar de eso, los pollsters luchan para afinar los instrumentos y es probable que lo logren. Tienen experiencia y si yerran no será por mucho. Deben determinar si Bullrich, Cristina o Massa se alzarán con la victoria.

Aunque los sondeos fallaran, la estadística sobrevivirá. Ella representa lo que podemos entender: la aparente precisión que reduce la verdad al consenso. Más allá de éste, a la sociedad le quedan los síntomas de problemas más hondos e inasibles que, como el suicida y el transgresor, se reproducen y mutan para desconcierto de la gente.

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