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El éxito a cualquier precio, la ingenuidad, la ética y el doping

Diego Latorre

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LA NACION
Domingo 02 de julio de 2017
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Carlos Mayada, caso confirmado de dóping
Carlos Mayada, caso confirmado de dóping.

El carácter excepcional de lo ocurrido estos días en River , con dos jugadores acusados de doping, no sólo reabre la vieja polémica del uso de sustancias para sacar ventajas en el deporte. También empuja a una serie de reflexiones que exceden el propio caso y afectan a la relación general del fútbol con esa práctica.

Me parece necesario establecer un par de puntos de partida. Por un lado, hay que decir que vivimos en una sociedad sobremedicada por las tensiones cotidianas, y que dentro de ella el deportista debe añadir el estrés que genera la competencia permanente. Por otro, que la consagración del éxito y la lapidación por el fracaso son tan grandes y se ejecutan con tanta violencia mediática que no debería extrañar que clubes y protagonistas se vuelvan locos por conseguir sus objetivos.

La industria del fútbol, el sistema, no perdona ser segundo, ni la supuesta debilidad de una derrota. Sus reglas son muy salvajes, y no admiten a nadie que quiera apartarse de ellas. Se exige lograr el éxito a cualquier precio, con el añadido de que en la Argentina existe una adicción a sacar ventajas de todo tipo y donde sea. De ese modo, el propio sistema va creando mecanismos para poner elementos al alcance de todos con el fin de apoyarse para llegar a las metas ansiadas, a veces con una desesperación que hasta provoca cierta tristeza.

Es un mundo muy diferente al que uno imaginó cuando era chico y soñaba con ser futbolista. El jugador nace con la ilusión de triunfar, con el físico sano, fuera de toda contaminación, comienza a entrenarse duro, y si tiene la suerte de convertirse en profesional se sumerge con toda su ingenuidad e inocencia en un universo muy cruel, donde se lo intoxica con la equivocada idea de que jugará mejor cuanto mejor esté físicamente, y en el que aprende que sus contratos, su fama y su relación con el público tienen relación directa con su rendimiento en la cancha.

Una vez metido en ese ámbito, el futbolista necesita sentirse seguro por encima de todo lo demás. Precisa convencerse de que está bien, con la cabeza liberada de presiones, y de esa manera se transforma en una persona sugestionable, muy proclive a aceptar cualquier terapia que le acerquen con la promesa de que le procurará la seguridad y el bienestar que persigue, siempre que le garanticen que no le acarreará consecuencias negativas.

Personalmente tuve muy poco contacto con la problemática del doping. Una vez, en la Copa América del ‘91, me quedé afuera de un partido por haberme puesto gotas nasales sin consultar con el médico, que al enterarse me descartó ante el riesgo de dar positivo en el control. Y recuerdo otra ocasión en la que un médico nos daba una cuchara con una pastilla diluida en agua antes de los partidos. Nunca supe realmente de qué se trataba ni qué efectos reales producía, pero ambas situaciones demuestran el rol de la medicina en un vestuario.

Por supuesto, hay jugadores más y menos responsables, pero todos tienden a confiar ciegamente en sus médicos, porque los reconocen como responsables de la salud del plantel, y entonces toman cada pastilla, cada solución que se les da sin consultar ni saber el contenido de lo que ingieren.

Es en este punto donde se entra en la zona más delicada del tema. En el jugador, la seducción por mejorar su rendimiento está siempre latente y es el médico quien sabe dónde está el límite y cuándo se transgrede. En ese sentido, debe haber un pacto entre los propios miembros del equipo. No se pueden hacer cosas a espaldas del otro. Un médico no puede suministrar algo a un futbolista diciéndole que se trata de una cosa distinta porque ahí estaría violando su ética, además de no saber cómo va a impactar en el organismo del jugador aquello que le está dando.

Debo decir que durante mi carrera siempre hubo sospechas en torno a determinados equipos que usaban diversos métodos para burlar la ley antidopaje. Nunca pude corroborarlo, ni tengo constancia de nada al respecto. Por supuesto, tampoco en el actual caso de River.

De todos modos, creo que se trata de una muy buena ocasión para sentarnos a hablar en serio y a fondo sobre el doping. Para analizar sus motivaciones y sus consecuencias, y sobre todo, para mirarnos como sociedad y discernir si estamos apoyando su control o adoptando conductas para estimularlo.

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