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La lucha sin fin del deporte contra el atentado perfecto

Martes 04 de julio de 2017
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Pasaron 16 años, pero nadie que lo haya visto lo olvida: 11 de septiembre de 2001, la mayor combinación de atentados de la historia y emitida en directo por televisión. No volvió a haber algo igual, aunque la plataforma para repetir el impacto exista, y se llame deporte. Sólo se trata de que aquellos que año tras año lo intentan tengan éxito en aprovecharla.

Una ceremonia de entrega de los Oscar podría generar un impacto similar, pero fuera de eso difícilmente haya algo comparable a un atentado en citas deportivas como Wimbledon, un Super Bowl, un Mundial de fútbol o unos Juegos Olímpicos. La televisación en directo a cientos de millones de personas garantiza la repercusión a nivel global, la diseminación instantánea del terror. Y así como los Mundiales generan el negocio paralelo de la construcción de estadios que en muchos casos se convierten en elefantes blancos, la amenaza terrorista, que es real, le da combustible a otro enorme negocio: el de la seguridad.

Fue evidente durante la reciente Copa Confederaciones, un torneo que anticipó un Mundial con las mayores medidas de seguridad de la historia: todo será controlado hasta extremos desconocidos hasta ahora. Gran Hermano no dará tregua en la Rusia del presidente Vladimir Putin, que no quiere que su Mundial sea el primero que falle en términos de seguridad.

Podrían recordarse el septiembre negro de los Juegos de Múnich '72 y la bomba casera de Atlanta '96, pero en Alemania no hubo terrorismo suicida, y lo de Estados Unidos fue un manotazo de un grupo blanco supremacista. No tuvieron la entidad ni la escala de la amenaza de hoy. Lo mismo puede decirse de la bomba en la maratón de Boston en 2013, las inmolaciones en el Stade de France en 2015, o el ataque a un micro del Borussia Dortmund meses atrás durante un partido de la Champions League.

Momentos espantosos los tres, pero menores en comparación con lo que podría suceder. El deporte, así, está condenado a la trampa de luchar en loop contra el atentado perfecto, a ser alegría y pasión dentro de una fortaleza.

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