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Defender nuestro lugar en el mundo

Fabiana Fondevila

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PARA LA NACION
Miércoles 05 de julio de 2017 • 00:25
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Foto: Miriam Pösz

"Topofilia" significa amor por un lugar. Generalmente, el lugar donde uno nació y se crió, pero también podemos sentir esa peculiar atracción por un paisaje adoptivo, o incluso por algún paraje que apenas conocemos y que nos conmueve por su belleza, misterio o por la extraña sensación de familiaridad que nos sobreviene al mirarlo en fotos ajenas.

Para los antiguos, este hubiese resultado un concepto innecesario y redundante. ¿Cómo podría uno no sentir amor por el terruño? Todos los pueblos originarios concebían a la tierra heredada de sus ancestros como parte de su círculo íntimo de afectos. Los Mambuti, del Congo, tienen un solo nombre -Ndura- para hablar del clan, la familia y bosque en el que viven. El cacique Seattle, de la etnia Suquamish, dijo en su recordado discurso: "Cada parte de esta tierra es sagrada al corazón de mi pueblo. Cada colina, cada valle, cada pastura y cada surco ha sido santificado por algún hecho triste o feliz en días remotos. Hasta las rocas, que parecen yacer mudas y muertas bajo el sol, en la costa silenciosa, se estremecen con el recuerdo de sucesos conmovedores en las vidas de mi gente."

Para el habitante de la ciudad puede ser difícil conocer este nivel de conexión, cuando el paisaje a su alrededor cambia en forma constante. Donde ayer hubo una panadería centenaria hoy hay un local de telefonía celular, donde vivió la vecina que veía pasar al barrio desde el zaguán, hoy se alza una mole de hormigón y vidrio. Puede que queden en pie pocos hitos de la topografía que conocimos y amamos de niños: la plaza, renovada con gimnasios al aire libre (pero el recuerdo intacto de sortijas y pirulines), la esquina en la que mordimos el polvo en nuestra primera vuelta en bicicleta, el gomero cuya sombra amparó el primer beso.

Es triste perder ese primer paisaje, pero más triste aún es no sentirse parte de lugar alguno. Destierros, mudanzas, la inseguridad que nos mantiene encerrados en nuestras casas, nos roban de esa sutil forma de la alegría que es la pertenencia.

A esto se suma una cosmovisión heredada de la Revolución Industrial, que nos lleva a vincularnos con los espacios que habitamos de manera automática y utilitaria, generando -al decir del antropólogo Marc Augé- "no lugares": shoppings, supermercados, paseos y patios de comidas diseñados para vernos pasar sin dejar rastro, ni que hablar de implicarnos o encariñarnos.

Reavivar el vínculo

Así las cosas, cabe la pregunta: ¿será tan fácil desgajar del ser humano ese impulso arcaico por echar raíces? ¿Tan sencillo extirparle el deseo de verse reflejado en el mundo, de dialogar con él como con un viejo amigo cuyos silencios hablan más que sus palabras?

Puede que los lugares que habitamos se hayan vuelto anónimos e impersonales, pero solo pueden resultar ajenos con nuestra anuencia. "No hay lugares profanos. Solo hay lugares sagrados, y lugares profanados", dijo el escritor y granjero Wendell Berry. ¿Estaremos profanando los espacios con nuestra indiferencia? ¿Podrían transformarse si lográsemos mirarlos de manera diferente, como los escenarios (que son) de nuestros encuentros y desencuentros, alegrías y zozobras? ¿Será que, vistos así, demostrarían estar llenos de vida, como las piedras mudas del cacique Seattle?

La más alienante de las ciudades, el más ajeno de los parajes está -en todo momento- bullendo de misterio y vitalidad: la del pasto que se cuela por las rendijas de la vereda, la de los pájaros que anidan en sus recovecos, la de las palabras bellas y terribles que surcan el aire, las de los amores que se cuecen a viva voz por todas partes.

¿Podemos verlo, apreciarlo, celebrarlo?

El físico británico Stephen Hawking dijo ayer que, si la política de la indiferencia de Donald Trump gana la pulseada, la Tierra sucumbirá al calentamiento global y se transformará en Venus, un planeta tórrido, estéril, invivible salvo en pesadillas.

Es hora de que extendamos nuestra topofilia a todos los rincones de este milagro que nos hospeda desde hace milenios. Somos hijos del barro y las estrellas y, donde sea que recalemos en esta esfera verde-azul, estamos en casa. No hemos sido buenos inquilinos. No hemos sido buenos custodios. Acaso podamos ser buenos amantes.

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