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La lección que el ciclismo le acaba de dar a la Fórmula 1

Miércoles 05 de julio de 2017
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Siempre bajo sospecha, normalmente a la vera del escándalo, el ciclismo dio esta vez un ejemplo de gestión deportiva, del que otras disciplinas profesionales deberían tomar nota para aplicar. Las diferencias entre las recientes inconductas del eslovaco Peter Sagan, bicampeón mundial de ciclismo y el pedalista mejor pago del momento, y el alemán Sebastian Vettel, cuatro veces campeón mundial de Fórmula 1, son circunstanciales: Sagan mandó ayer al británico Mark Cavendish al hospital pero Vettel no alcanzó a sacar de carrera al inglés Lewis Hamilton en el Gran Premio de Azerbaiyán, diez días atrás, porque en ese momento la prueba estaba neutralizada. La sustancia de ambos comportamientos fue la misma. Y sin embargo, los resultados fueron bien distintos.

En el Tour de France, el organizador respondió al principio lógico de una sola pena para la falta. Los 30 segundos de penalización que inicialmente los comisarios deportivos le impusieron a Sagan acabaron arrasados por la más apropiada medida de la desclasificación lisa y llana. No hubo argumento alguno sobre la inconveniencia de retirar tan pronto a un habitual protagonista de la fatigosa competencia: noventa minutos después de consumada la artera maniobra, el eslovaco fue excluido del Tour, una prueba cuya salud ya no tolera una sola gota adicional de escándalo.

No sucedió así con la Fórmula 1. Después de su censurable maniobra, Vettel fue sancionado apenas con una detención de 10 segundos; el reglamento deportivo no establece claramente qué pena se debe aplicar para el caso en que un piloto choca deliberadamente a un rival, y los comisarios deportivos creyeron que si excluían de inmediato al alemán podían influir en el resultado final del campeonato; así de cerrada es la lucha que el piloto de Ferrari mantiene con su colega de Mercedes. Una grosera equivocación, que de todas maneras no fue la peor del episodio.

Aun errada, la sanción se cumplió, pero como pese a ello Vettel terminó la carrera delante de Hamilton, la Federación Internacional del Automóvil (FIA) se hizo eco de la escandalizada reacción general y decidió establecer una segunda instancia para enjuiciar la inconducta del alemán, pero una semana -no 90 minutos- después del acontecimiento. Un despropósito a toda prueba: si decidía sancionar a Vettel con una suspensión habría vulnerado el principio de una única pena para una sola infracción; si lo absolvía, como efectivamente sucedió luego de que el infractor pidiera disculpas, cerraba de manera farsesca el suceso, un absurdo que jamás debió orquestarse. Un papelón a 300 km/h.

Veinte años después de que un candidato a campeón mundial chocara a otro para quedarse con el título de Fórmula 1 (Michael Schumacher a Jacques Villeneuve en Jerez 1997), la disciplina perdió la oportunidad de bajar el mensaje correcto a los aspirantes. El de que los choques voluntarios no se admiten bajo ninguna circunstancia. Muchos campeones abusaron de esa tolerancia, desde Senna y Schumacher, y todo indica que la franquicia sigue en vigencia.

Ese mensaje debió ser dado entonces, en aquella tarde azerbaiyana; el martes, en la Plaza de la Concordia, de París, el reino del actual presidente de la FIA, Jean Todt, el mismo que dirigía la escudería Ferrari durante aquel bochorno de Jerez, ya no era moralmente procedente la posibilidad de dictar cátedra.

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