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J. P. Cuenca retrata el reverso de la tan mentada alegría brasileña

Escritor y cineasta, el carioca participó de los diálogos Verboamérica, en el Malba; mañana mostrará sus nuevas producciones en Amigos del Bellas Artes

Miércoles 05 de julio de 2017
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LA NACION
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El brasileño, con Lola Arias y Luis Sagasti
El brasileño, con Lola Arias y Luis Sagasti. Foto: Gentileza Malba

Anteanoche, en el Malba, se realizó el tercer encuentro del ciclo Verboamérica. Diálogos y creación de textualidades, en el que distintos escritores latinoamericanos eligen obras del nuevo guión museístico del museo para dar rienda suelta a sus ideas sobre el modo en que se conjugan las disciplinas artísticas.

Verboamérica reúne obras del patrimonio del museo elegidas por Andrea Giunta y Agustín Pérez Rubio. De las citas anteriores participaron el cubano Marcial Gala, el boliviano Edmundo Paz Soldán y los argentinos Diana Bellessi, Gabriela Cabezón Cámara, Martín Kohan y Silvio Mattoni. En esta ocasión, el invitado latinoamericano fue el narrador y cronista João Paulo Cuenca (Río de Janeiro, 1978) y los argentinos Lola Arias y Luis Sagasti.

Cuenca, que firma sus libros como J. P. Cuenca, llegó a Buenos Aires para participar del ciclo y presentar, mañana, a las 19, el documental La muerte de Cuenca (que ya había sido exhibido en la edición del Bafici de 2016) y su nueva novela, publicada por Tusquets. En Descubrí que estaba muerto (Tusquets), el autor carioca utiliza un episodio intrigante: la policía le informa al protagonista (que no es otro que J. P. Cuenca) que una persona con su identidad apareció muerta en un edificio en el barrio de Lapa. A partir de una búsqueda burocrática que, como toda situación que involucra las burocracias latinoamericanas, se transforma en una pesadilla, Cuenca pinta también un fresco del presente convulsionado de la sociedad brasileña, en especial la de Río, donde transcurre la acción, ambientada en la previa de los Juegos Olímpicos de 2016.

"La novela me trajo algunos problemas con los medios oficialistas de mi país, sobre todo con O Globo -contó el escritor, en español-. No fue muy bien recibida por los críticos." Cuenca agregó que, a pocos meses de la publicación, tuvo que irse de Río a San Pablo.

En Descubrí que estaba muerto, el ambiente intelectual de esa ciudad no queda muy bien parado. El narrador lo describe como una jungla de egos y talentos truncos. Cuenca eligió obras emblemáticas brasileñas que hoy son propiedad del Malba: Abaporu, de Tarsila do Amaral; Estudio para Não ha vagas, de Rubens Gerchman, y la serie Marcados, de Claudia Andújar. A partir de ellas reflexionó sobre los intentos del arte de "perderse en la forma", algo que él intenta hacer con su propia literatura, que bordea la no ficción, la crónica y el registro documental.

Elogiado por escritores como Enrique Vila-Matas, Cuenca fue reconocido en 2007 como uno de los mejores escritores jóvenes latinoamericanos por el Hay Festival Bogotá 39 y la revista Granta lo destacó como uno de los mejores escritores brasileños de su generación.

Mañana, a las 19, en el Auditorio de la Asociación de Amigos del Museo Nacional de Bellas Artes (Av. Figueroa Alcorta 2280), conversará en compañía de Edgardo Cozarinsky (como él, otro escritor cineasta) y de Martín Caamaño, el traductor de sus dos novelas publicadas en la Argentina. Cuerpo presente, la primera novela de Cuenca, fue editada por Dakota en 2016 y, como ocurre en Descubrí que estaba muerto, también muestra el reverso de la tan mentada "alegría brasileña".

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