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Otra maldición de los ochenta: personajes para "enganchar" a los padres

Javier Porta Fouz

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PARA LA NACION
Viernes 07 de julio de 2017 • 00:26
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La película-éxito del momento es, obviamente, Mi villano favorito 3. Seguramente termine siendo la más vista del año; por ahora, se ha quedado con el 76% de las entradas vendidas en sus primeros cuatro días en cartel. La híperconcentración en el consumo de cine es un hecho; muy preocupante -agrego- aunque tengo la mínima tranquilidad de conciencia de haberlo advertido varias veces por escrito hace más de una década, cuando hubiera sido más fácil de solucionar. Una tercera parte de un tanque global como Mi villano favorito tiene claramente muchos elementos teledirigidos para el éxito seguro, mucho menos presentes en la primera entrega.

Esta tercera se apoya notoriamente en los "guiños reconocibles", en parte por la creciente demagogia en muchas series de películas con marca establecida, en las que proliferan esos momentos "para la tribuna" a intervalos regulares o, dicho con menos demagogia, esos momentos que refuerzan la pertenencia mediante el mínimo común denominador comunicacional.

Además, y para peor, se agrega otro signo de los tiempos, uno que remite a otros tiempos, esos en los que padres -o abuelos, si va rápida la generación de nuevas generaciones- pueden reconocer: los ochenta.

Hay radios y más radios dedicadas a pasar música de esa época, hasta llaman "clásicos" a los temas musicales, pero no hablemos de la noción de clásico (aunque al paso les digo que no, que su definición de diccionario no es "la música que escuchaba en la adolescencia la generación con mayor peso en las decisiones económicas del presente"). Mi villano favorito 3 -y no será la última- presenta un villano cuya gracia es que se viste con el peor violeta brillante de los ochenta, las peores hombreras de la época, el peor diseño capilar de entonces, las zapatillas, el walkman, los chicles y etcétera de los ochenta. Por supuesto, usa muchas canciones de esta década, y una película con el presupuesto de Mi villano favorito 3 se permite poner en modo "error, unos segundos y ya la saco" a "Take My Breath Away" de Berlin, de la banda de sonido de Top Gun (aunque en los casetes locales ochentosos el título venía traducido como "Quítame la respiración").

La serie Stranger Things provocó decenas y decenas de notas (y otros informes en formatos menos ochentosos) sobre todas sus -muchísimas- referencias generacionales. Mi villano favorito 3 va aún más allá y sus guiños a los ochenta, en su inmensa mayoría, son incomprensibles para los nacidos en los últimos diez años. Un cinismo inusual: niños expuestos a chistes de los que sus padres o tutores se ríen, pero que ellos no terminan de entender en qué consiste su gracia (difícil que un niño tenga en su acervo de imágenes los sacos con hombreras de Don Johnson). Las películas-multitarget empiezan a mutar en películas-Frankenstein, hechas de pedazos que ya no se integran a varios niveles de lectura (como enseñaron Los Simpson), pegoteadas para conformar un poco a todos los grupos etarios y socioculturales que se pueda convocar a las salas. No se trata ya de propuestas con texturas, con múltiples citas, como podía ser una película devoradora de influencias como Moulin Rouge!, que las procesaba en algo consistente, cohesionado. Se trata de otro tipo de idea, que se hace de forma menos orgánica, menos integradora, más cualunquista.

Las señales estaban en la primera Shrek, pero no contaminaban en semejante medida al relato; es decir, había chistes aislados que sólo entendían "los grandes", pero no llegaban a definir por entero a un personaje importante. Por su lado, Pixar solía rehuir de estas cosas, de estos chistes anacrónicos, perecederos, un tanto haraganes. Pero llegó Valiente y el chiste del "contestador automático" de la imagen tipo holograma en vapor de la bruja en un caldero de los tiempos míticos escoceses. Casualmente o no, los últimos años de Pixar han sido de una muy notoria decadencia creativa. Cuanto más confía una película en una referencia temporal, ya sea del diario de ayer o de una década que se hace menos vívida a medida que pasa el tiempo, más confiesa que fue hecha más para explotar el momento y no para perdurar.

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