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Incluso un ataque quirúrgico puede ser el preludio del infierno

Jueves 06 de julio de 2017
The New York Times
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TOKIO.- Si la posición internacional frente al programa nuclear de Corea del Norte se encuentra en un punto muerto, se debe a que durante mucho tiempo se consideró que Estados Unidos no tenía una opción militar viable para destruirlo. Siempre se dijo que cualquier intento en ese sentido provocaría una brutal contraofensiva contra Corea del Sur, demasiado sangrienta y peligrosa como para correr el riesgo.

Esa sigue siendo la restricción fundamental que enfrenta el gobierno de Trump a la hora de decidir una respuesta, incluso cuando el líder norcoreano Kim Jong-un se acerca peligrosamente a su objetivo de contar con un arsenal nuclear con capacidad de impactar en territorio norteamericano.

Durante años y como lo ha hecho ante las posibles crisis en todo el mundo, el Pentágono ha esbozado y ajustado múltiples planes de guerra, desde ataques preventivos limitados hasta una invasión masiva de represalia, y de hecho todos los años realiza maniobras militares conjuntas con las fuerzas surcoreanas en base a esos planes.

Pero ahora la opción militar es más sombría que nunca.

Incluso el menor ataque entraña el riesgo de baño de sangre, ya que Corea del Norte podría vengarse usando los miles de piezas de artillería que tiene apostadas a lo largo de su frontera con el Sur. Y advirtió recientemente el secretario de Defensa norteamericano, Jim Mattis, que aunque ese arsenal es de corto alcance y podría ser destruido por Estados Unidos, "sería probablemente la peor de las guerras que la gente haya visto en su vida". Más allá de eso, no hay antecedentes históricos de un ataque militar cuyo objetivo sea la destrucción del arsenal militar de un país.

Que se sepa, la última vez que Estados Unidos consideró seriamente atacar Corea del Norte fue en 1994, más de una década antes de las primeras pruebas nucleares norcoreanas. El secretario de Defensa de entonces William Perry, le pidió al Pentágono que planificara un "ataque quirúrgico" contra un reactor nuclear, pero cambió de opinión tras llegar a la conclusión de que desataría una guerra que dejaría cientos de miles de muertos.

Actualmente los riesgos son aún mayores. Los funcionarios norteamericanos creen que Corea del Norte ha construido al menos una docena de bombas nucleares -o incluso muchas más-, y que podría instalarlas en misiles con capacidad de impactar en Japón y Corea del Sur.

Apenas asumió la presidencia, Trump intentó modificar la dinámica de la crisis, forzando al Norte y a su principal benefactor económico, China, a reconsiderar la disposición de Washington para iniciar una guerra. Trump habló sin tapujos de la posibilidad de "una guerra total" en la península de Corea, ordenó el despliegue de barcos de guerra en las aguas de la zona y prometió "resolver" el problema nuclear.

Pero en las últimas semanas Trump ha reculado considerablemente, y ahora enfatiza la necesidad de presionar a Pekín para que le ponga freno al líder Kim a través de sanciones comerciales.

Después de todo, lo más probable es que un ataque preventivo de Estados Unidos no lograría borrar del mapa el arsenal norcoreano, porque algunas de las instalaciones son subterráneas o están en cuevas en la profundidad de la montaña, y muchos de los misiles están escondidos en plataformas de lanzamiento móviles.

Corea del Norte ya advirtió que responderá de inmediato a cualquier ataque lanzando sus misiles nucleares. Pero predecir cómo actuaría en realidad Kim a un ataque limitado es un ejercicio de estrategia de la teoría del juego, y muchos analistas señalan que se abstendría de recurrir de inmediato a su arsenal nuclear o de armas químicas y biológicas, para evitar una respuesta nuclear norteamericana. Asumiendo que Kim es una persona racional cuyo principal objetivo es la preservación de su régimen, los analistas señalan que el líder norcoreano sólo recurriría a sus armas nucleares si necesitara repeler una invasión a gran escala, o si presintiera un ataque nuclear o un inminente atentado contra su vida.

Pero predecir lo que haría el Norte con su arsenal convencional durante las primeras horas y días de un ataque norteamericano "es como si uno quisiera describir un complejo ajedrez tridimensional en los términos del tatetí", dice Anthony H. Cordesman, analista de seguridad nacional del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales de la ciudad de Washington. Según Cordesman, el problema es que una vez iniciado el conflicto, cada uno de los bandos podría encontrar muchas maneras y razones para una escalada.

Detenerlo, entonces, sería mucho más difícil.

Corea del Norte y del Sur, separadas por la frontera más fuertemente armada del mundo, tuvieron más de medio siglo para prepararse para retomar una guerra que quedó suspendida en 1953. Si bien el arsenal del Norte es menos avanzado, el Sur sufre una desventaja geográfica notoria: casi la mitad de su población vive a menos de 80 kilómetros de la zona desmilitarizada, incluidos los 10 millones de su capital, Seúl.

"En Corea del Sur hay una aglomeración de todo lo importante en una misma zona, gobierno, empresas y gran parte de la población, y todo se encuentra en esa gigantesca megalópolis que empieza a 50 kilómetros de la frontera y termina a 110 kilómetros de la misma", dice Robert E. Kelly, profesor de ciencias políticas de la Universidad Nacional Pusan, en Corea del Sur. "En términos de seguridad nacional, es una verdadera locura."

Según los analistas, en su lado de la zona desmilitarizada, Corea del Norte tiene instalados uno 8000 cañones de artillería y lanzacohetes, un arsenal con capacidad de realizar 300.000 descargas sobre el territorio del Sur durante la primera hora del contraataque. Eso significa que pueden infligir un daño enorme sin necesidad de recurrir a armas de destrucción masiva.

Traducción de Jaime Arrambide

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