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La memoria histórica de un sueño educativo

Jueves 06 de julio de 2017
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¿Cómo se hace la revolución educativa? ¿Cómo moldear, a partir del barro de la nada, la materia con la que se organiza un sistema educativo para formar a millones, diversos y en conflicto, e imprimirle un sentido y un destino común? Partir de cero y alinear a una sociedad que todavía no lo es para que llegue a serlo. Una hazaña. Eso, en los orígenes.

Y esto, en el presente: cómo devolverle la vitalidad a un entretejido educativo que hace agua y resulta más bien una prisión conceptual para una sociedad que se mira al espejo de una y mil grietas, incapaz de encontrarse con la visión de un trayecto que hermane.

La historia trae sus lecciones. La de Sarmiento, por ejemplo, y sus maestras importadas de los Estados Unidos.

Hay un contraste interesante en ese episodio fundacional: el contrapunto entre aquel contexto salvaje y descabellado de la Argentina de la segunda mitad del siglo XIX y la eficacia de la política educativa pública que lo domó, lo domesticó y lo encauzó hasta hacerlo habitable e inteligible. Ahí nació el relato nacional que nos dio sentido por más de un siglo, aunque hoy ya no nos diga demasiado.

En ese universo hubo una clase dirigente que hizo un milagro: inventó una nación. Sarmiento fue uno de sus miembros. Y la política educativa pública fue una de sus herramientas clave.

El Libro de Actas encontrado en Mendoza, con las anotaciones de una de las maestras importadas que anota burocráticamente cada acto pedagógico, nos habla de la confianza en esos instrumentos de planificación de lo público. Habla de una clase dirigente realmente comprometida en un curso de acción concreto. Y despierta la fascinación ante un Estado presente capaz de controlar la eficacia de sus políticas y del orden que impone: el Libro de Actas es la constancia de cuánto se respetaba ese orden.

Una política pública debería ser la traducción, en procedimientos claros y escalables, de una visión de grandeza que la ciudadanía construye y las clases dirigentes interpretan. Pero sin una visión que la sustente, la planilla de Excel que traduce una política pública en los recursos finitos que gestiona no vale nada: se vuelve chiquita y superficial.

Al mismo tiempo, una visión de país tampoco se sintetiza en declaraciones de "buenismo" educativo carentes de profundidad. Las palabras importan porque postulan realidades. Por eso tienen que ser interesantes y serias y sustanciales.

Los logros de Sarmiento van de la mano tanto de la potencia de sus palabras como de su condición de político-hacedor osado, capaz de traducir las grandes visiones en decisiones concretas en el espacio de lo público y así alinear a la sociedad, también a los docentes, en la realización de ese sueño.

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