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En Hamburgo, la tensión se vive tanto adentro como afuera de la sede de la cumbre

Miles de manifestantes antiglobalización enfrentaron a la policía con palos y bombas caseras; hubo más de 100 detenidos

Viernes 07 de julio de 2017
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HAMBURGO.- Desde temprano el barrio de Sankt Pauli se preparaba para la batalla. En un extremo, a orillas del puerto, se congregaban miles de anarquistas antiglobalización dispuestos a convertir en "un infierno" la cumbre del G-20 . Un ejército de policías antidisturbios los esperaba con orden de resistir a un kilómetro de distancia, pegados a las calles de vicio y desenfreno que vieron explotar a los Beatles en los tempranos 60.

La coreografía de la violencia se ejecutó al anochecer. Las fuerzas de seguridad respondieron con gases lacrimógenos, gases y chorros de agua el ataque con palos y bombas caseras de los manifestantes. Hubo decenas de heridos (entre ellos 76 policías) y más de 100 detenidos durante una hora de agresiones.

La policía enfrenta a los manifestantes anarquistas en Hamburgo
La policía enfrenta a los manifestantes anarquistas en Hamburgo. Foto: Reuters / Fabrizio Bensch

La canciller Angela Merkel siguió en vilo la manifestación que más temía. Ella había tomado una apuesta delicada al elegir como sede de la reunión de los principales líderes mundiales un centro de convenciones plantado en medio de la ciudad con más tradición radical de toda Alemania.

Rompió así una lógica de estas cumbres, en las que los presidentes suelen encerrarse en lugares alejados, fáciles de aislar con un dispositivo de seguridad de proporciones normales. Quiso enviar un mensaje: que la protesta es un elemento natural de las democracias. Sin nombrarlos les hablaba a varios de sus invitados de este fin de semana, en cuyos países se reprime la disidencia. Rusia, China, Turquía, Arabia Saudita... ¿Estados Unidos?

"Vamos a respetar cualquier expresión crítica siempre que sea de forma pacífica", dijo la canciller. El peligro de jugar en un terreno tan abierto es exponerse a un desborde de violencia como el que se vivió en Génova en 2001, cuando hubo un muerto durante las protestas contra el G-7. El riesgo se multiplica en medio de la campaña hacia las elecciones de septiembre en las que Merkel compite por otro turno en el poder.

La sede de la cumbre queda a menos de un kilómetro en línea recta del Rote Flora, un teatro ocupado desde 1989 que resiste como símbolo de la izquierda radical alemana y cuyos administradores organizaban la protesta de ayer. Bautizada, en homenaje a Donald Trump y los demás asistentes, "Bienvenidos al infierno".

"El capitalismo morirá de todas maneras, vos decidís cuándo", proclama el grafiti que resalta a la entrada de ese mítico templo del anarquismo. A pocos metros empezaba la zona de exclusión dispuesta por el gobierno federal. Decenas de carros hidrantes y barricadas policiales impedían el paso de toda persona sin acreditación.

Se oía un constante ulular de sirenas. Era imposible alzar la cabeza y no advertir al menos dos helicópteros en el rango de visión.

El blindaje de Hamburgo ocupa a 20.000 policías. Hay barrios enteros cerrados al tránsito. Buena parte del transporte público fue suspendido. Es imposible tomar un taxi. Se decretó feriado y se recomendó a la población de la ciudad -la segunda de Alemania en población y lugar de nacimiento de Merkel- que si podía se tomara unos días de descanso lo más lejos posible.

Pero resultó imposible evitar la ola de protestas. Hay más de 300 programadas, muchas de ellas pacíficas, como una que ayer ejecutaban un centenar de aficionados al yoga en las orillas del lago Alster, muy cerca de los hoteles de lujo donde se alojan los presidentes.

El gobierno impidió los campamentos que varios grupos de protesta pretendían instalar en los parques que rodean la sede de la cumbre. El martes hubo golpes y heridos en un desalojo.

Superado ese trance, la atención estaba puesta en el desafío anarquista de anoche. A media tarde eran casi 10.000 los manifestantes que esperaban iniciar la marcha en el Mercado de Pescado del puerto de Hamburgo, el corazón de la ciudad.

Algunos llevaban carteles que pedían "echar a Trump"; otros iban con caretas de Merkel. Predominaba la ropa negra y las capuchas. La marcha atravesó la mítica calle Reeperbahn, conocida como la "milla más pecaminosa del mundo", poblada de sex shops, salas de concierto y bares de dudosa reputación.

Los pocos turistas que desafiaban el bloqueo policial se fueron apenas aparecieron las columnas de manifestantes y empezaran a llover piedras de un lado y gases del otro. La represión evitó que los anarquistas entraran en el anillo de seguridad, protegido como si fuera una frontera en riesgo de ocupación extranjera. A la medianoche volvió la calma. Unas pocas fogatas encendidas en Sankt Pauli era lo único que sobrevivía al infierno prometido.

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