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Wimbledon: la gente es más feliz cuando gana Federer

El suizo venció al alemán Mischa Zverev y avanzó a octavos de final

Sábado 08 de julio de 2017 • 17:51
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LA NACION
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Roger Federer, inoxidable
Roger Federer, inoxidable. Foto: DPA

LONDRES.- El día es soñado. Aquellos que llevan décadas asistiendo a Wimbledon no recuerdan haber vivido una semana inicial con tan buenas condiciones del tiempo. Las lloviznas y las interrupciones, en el All England, son un clásico casi como las frutillas con crema. Por ello tantos brazos, piernas y rostros rojizos luciéndose en los pasillos. Es sábado, jornada previa al tradicional Middle Sunday, el domingo intermedio en el que no hay acción. Los vasos de sabrosa cerveza tirada se multiplican. También los de Pimm's, el popular aperitivo británico con una buena graduación alcohólica y fruta. La gente charla en voz alta, animada. Las mujeres lucen coquetos vestidos; los hombres pintorescos trajes y sombreros Panamá. Es una fiesta, juega Roger Federer . Nadie quiere perderse el tercer paso de la leyenda por el torneo.

El court central es una caldera. A las 18.20, entran los jugadores. Federer y el alemán Mischa Zverev, el hermano mayor del chico maravilla (Alexander) de la nueva generación. "¡Roger! ¡Roger! ¡Roger!", se brama. Es como si la Catedral del tenis se transformara, por un instante, en el Coliseo Romano rugiendo por su gladiador favorito.

El suizo se sienta en la silla de la izquierda de la posición del umpire, el irlandés Fergus Murphy; Zverev, a la derecha. Federer quita de un bolso blanco con sus iniciales en una bolsa con bebidas y se la entrega a una alcanzapelotas.

Las remeras rojas con la bandera suiza y las letras 'RF' se entremezclan con las señoriales butacas verdes del estadio. Federer y Zverev se acercan al centro del court para hacer el sorteo. La ceremonia es rápida, como le gusta al dueño de casa. Buscan la base de la cancha y pelotean. En las grandes pantallas muestran los antecedentes de cada uno. "Federer. 86 triunfos, 11 derrotas en Wimbledon". Impactante.

Las cámaras lo apuntan a él. De cada diez fotógrafos, sólo uno retrata a Zverev (no es exageración).

Federer empieza sacando. Entre punto y punto, el silencio es maravilloso. Pero de la nada se filtra un porteñísimo "¡Vamos Rogeliooo!"

La conexión entre Federer y los alcanzapelotas es precisa. Es como si él mismo los hubiera entrenado en algún campo de Basilea o Zúrich.

El partido es velocísimo, parece de otros tiempos, de cuando en el césped de Wimbledon prácticamente sólo se hacía saque y red. Así juega Zverev. Así también le responde Federer.

Apenas demora once minutos Federer en romperle el saque a Zverev, después de un par de reveses cruzados exquisitos.

El respeto y la admiración por Federer es tal que apenas se oyen unos aplausos tímidos para reconocer al alemán cuando gana un punto.

El dominio de las medidas de la cancha que tiene el helvético es abrumador. Como si hubiera pintado las líneas blancas, juega con ellas, las busca.

Llega el séptimo game. Federer engancha algunas pelotas y quiebra Zverev. Allí sí lo aplauden con fuerza al alemán.

El partido avanza. Se pone 5-5 y 0-30 sacando Federer. Los espectadores se dan cuenta de sus dudas y lo impulsa con una ovación.

Federer saca del lado par, le cantan malo el saque y desafía al Ojo de Halcón. Lo pierde por milímetros. Saca el segundo, gana el punto y grita. El público delira con su reacción. Es el dueño de las emociones.

Demora 43 minutos, un poco más de lo que hubiera pretendido, para cerrar el primer set: 7-6 (7-3). Todo en orden.

Comienza el segundo parcial. Roger quiebra en el tercer game y se adelanta 2-1. Desde ese momento, prácticamente, deja de haber equivalencias.

"Always belI9eve", se lee en una pancarta, haciéndose un juego con la cantidad de Grand Slams que Federer alcanzaría de ganar su octavo Wimbledon.

El match sigue. Zverev lo trae a la red. Federer acepta la invitación. Juegan al ping pong. Y Roger define como si fuera un campeón olímpico oriental de tenis de mesa.

La cancha está amarillenta, los piques son bastante irregulares. Se asegura que es por el calor de toda la semana.

El show es de ese hombre de casi 36 años que se mueve como un bailarín con raqueta. El umpire apenas le roba el protagonismo unos segundos cuando ataja en el aire un pelotazo de Federer después de un mal saque de Zverev.

El reloj marca una hora y 49 minutos. Federer lo define: 7-6 (7-3), 6-4 y 6-4. Avanza a los octavos de final.

El suizo y el alemán salen juntos del court central. Roger detiene su marcha antes de perderse en el final de la Catedral, Mischa le deja lugar. Federer firma algunos autógrafos. Un señor que debe haber cruzado la barrera de los 80 años está en medio de ese puñado de efervescencia. Él no tiene nada para hacerle garabatear al ex número 1 del mundo. Pero disfruta de la situación. Le palmea un brazo, en forma paternal. Federer devuelve el marcador y deja la cancha. Los más de 14.000 espectadores que poblaron el estadio se marchan, sonrientes. Ganó Federer, la gente es feliz.

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