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Un divorcio que debilita el liderazgo de EE.UU.

LA NACION
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Luisa Corradini
Domingo 09 de julio de 2017

PARÍS.- ¿Durante cuánto tiempo una potencia imperial puede conservar su hegemonía si pierde la confianza de sus aliados, no ejerce su liderazgo, persiste en aislarse de los principales actores mundiales y se obstina en abroquelarse en sus principios o en sus caprichos?

Estados Unidos -y el resto del planeta- probablemente dará la respuesta en poco tiempo, porque los resultados de la cumbre del G-20 de Hamburgo consagraron el divorcio entre la Casa Blanca y sus socios internacionales.

El balance de esa conferencia reviste una importancia de magnitud, porque marca un claro abandono del multilateralismo que constituía, hasta ahora, uno de los pilares de la llamada "diplomacia imperial" de Estados Unidos. El presidente Donald Trump desarrolló ese trabajo de demolición en las tres conferencias internacionales que participó desde que ingresó a la Casa Blanca y que atañen a tres esferas cruciales de la gobernanza mundial.

Ahora en Hamburgo asestó otra embestida contra el multilateralismo. Aunque Trump aceptó incluir en el documento final un acuerdo sobre el libre comercio, rehusó modificar su decisión de abandonar el Acuerdo de París contra el cambio climático. Frente a esa obstinación, los otros 19 países ratificaron el "carácter irreversible" del acuerdo y se comprometieron a asistir a la nueva cumbre sobre el clima, convocada por el presidente francés, Emmanuel Macron, para el 12 de diciembre próximo en París.

Esas dos actitudes simbolizan la ruptura y mostraron que, en la esfera de la gobernanza mundial, el mundo está dividido en 19+1. Pero no es todo. Para firmar la insípida declaración final, Trump exigió incluir un párrafo que, en la práctica, lo autoriza a desarrollar una política divergente del G-20 en materia energética.

Sumando las experiencias de la OTAN, en Bruselas; del G-7, en Taormina, y ahora del G-20, en Hamburgo, el abandono del multilateralismo no parece formar parte de los caprichos de Trump, sino que representa una política coherente. En el futuro, habrá que tener en cuenta ese dato como un parámetro clave para entender a la Casa Blanca.

La pregunta que se formulan los diplomáticos consiste en saber cuál es el porcentaje que tiene Trump en la definición de esa política. Una parte de las cancillerías europeas -así como Pekín, Tokio y Moscú- están convencidas de que esa orientación corresponde exactamente a la ideología que predica Steve Bannon, el mefistofélico consejero de Trump, desde el comienzo de la campaña electoral. Dos de sus principales orfebres son el consejero para relaciones internacionales Stephen Miller en materia geopolítica, y Gary Cohn, en economía.

Ese abroquelamiento enfermizo de Trump no está exento de riesgos para los intereses estratégicos fundamentales de su país, como demuestra la actual crisis con Corea del Norte. China, Japón, Corea del Sur e incluso Rusia miran con extrema desconfianza la precipitación de Trump frente a las provocaciones insensatas de Kim Jong-un.

Fuera del triángulo Bannon-Miller-Cohn y del círculo familiar, ¿quién decide la política de la primera potencia del planeta?

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