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"En el interior me tratan bien porque sienten que soy uno más de ellos"

Antes de desembarcar por primera vez en el Luna Park, el músico patagónico cerró en La Plata el tramo inicial de la gira que este año lo llevó por 15 ciudades del interior

Lisandro Aristimuño, en la habitación del hotel en la ciudad de La Plata, lugar que eligió para cerrar su gira. Foto: LA NACION / Ignacio Sánchez
Durate el año recorrió 15 quince ciudades del interior del país presentando su álbum "Constelaciones". Foto: LA NACION / Ignacio Sánchez
Durante la prueba de sonido antes del show. Foto: LA NACION / Ignacio Sánchez
El ritual del saludos antes de salir a tocar. Foto: LA NACION / Ignacio Sánchez
La lista de temas. Foto: LA NACION / Ignacio Sánchez
El músico se pasea por los pasillos entre sus fans. Foto: LA NACION / Ignacio Sánchez
"En estos shows tratamos de que las nuevas canciones mantengan ese sonido más limpio. Los chicos tocan menos que en los temas más viejos y se logra un aire en la banda que está buenísimo". Foto: LA NACION / Ignacio Sánchez
El show duró alrededor de dos horas . Foto: LA NACION / Ignacio Sánchez
Hipnotizó a su público, bailó y tocó entre los pasillos para ser retratado por cientos de celulares de sus fans. Foto: LA NACION / Ignacio Sánchez
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LA NACION
Lunes 10 de julio de 2017
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LA PLATA.- A Lisandro Aristimuño le sigue obsesionando ese asunto de la ventana. Es mediodía de un viernes gris y dice que recién se levanta, pero que no durmió en toda la noche, a pesar de tener la cama matrimonial sólo para él en la habitación de un hotel céntrico de La Plata, ciudad elegida para cerrar la gira que lo llevó este año por quince ciudades del interior en las que presentó su último álbum, Constelaciones. "La habitación es chica y tiene todas ventanas a la calle. ¿Ves ahí la esquina? No tiene semáforos y los autos se la pasaron toda la noche tocando bocina", explica con asombro como si los 16 años vividos en la gran ciudad aún no hayan podido domesticar su instinto patagónico.

En la habitación con ventana a la ruidosa esquina de 54 y 10 no hay nada fuera de su sitio, nada da indicios de una larga noche de insomnio y ni siquiera hay ala vista demasiadas pertenencias personales. "Cuando estoy de gira me llevo una viola chiquita por si se me ocurre algo, un grabador de mano para grabar ideas, un cuaderno y nada más. Escribo mucho cuando viajo y también aprovecho para dormir", dice Lisandro eternamente escondido detrás de sus anteojos oscuros de vidrios azulados, el color del viento, según él (le puso Viento Azul a su sello), y también el del amor (su hija se llama Azul).

El músico llegó el jueves por la noche a La Plata como avanzada de su propia troupe ("me gusta llegar un día antes para poder descansar y estar relajado el día del concierto"), para su último show antes de lo que será su primer Luna Park, en septiembre.

Receloso de su intimidad y cuidadoso de cada mínimo detalle en torno tanto a su obra como a su vida privada, Aristimuño acepta con una sonrisa amable compartir toda una jornada con alguien externo a su equipo de colaboradores. "Me gusta andar solo y conocer los lugares. Que tu trabajo te lleve a conocer ciudades que si no fuera músico no hubiera conocido es genial. Por ahí salgo a tomar un vinito solo o a recorrer un poco la ciudad, caer en los típicos comedores de los pueblos, con la televisión encendida en el fútbol y la comida supercasera. Disfruto de esas cosas y también me nutren para componer: los paisajes, los modismos de la gente del interior, que son distintos, las frases que dicen, todo eso me alimenta a la hora de escribir".

Sentado ya a la mesa de un restaurante ubicado a metros nomás de esa mole de cemento moderno que es el Teatro Argentino, Aristimuño se dispone a unificar desayuno y almuerzo con un vacío bien jugoso, mientras cuenta las impresiones que le dejaron estos últimos cuatro meses llevando su espectáculo por pequeños teatros del interior: del Español de Neuquén al Radio City de Mar del Plata, del Don Bosco bahiense al Centro Cultural de su Viedma ventosa y del teatro Metropolitano de Rosario al coqueto Mercedes Sosa de Tucumán.

"Todo un tramo de la gira la hice con el doble de Michael Jackson. Era muy loco, adonde llegaba estaba mi afiche al lado del de Michael. ¡El pibe es igual! Me tendría que haber sacado una foto, hubiera sido surrealista", dice en referencia al show tributo a Jackson que recrea el español Sergio Cortés.

Lisandro y sus guitarras, en la prueba de sonido
Lisandro y sus guitarras, en la prueba de sonido. Foto: Ignacio Sánchez

"Tendrían que haber venido a Viedma, la gente estuvo increíble. Como al octavo tema empezaron a aplaudir y se pusieron todos de pie durante diez minutos. Fue muy emocionante", recuerda. "Recibí mucho cariño de la gente en todas partes y creo que en parte tiene que ver con que yo también soy del interior y sienten que soy uno más de ellos. Saben lo que cuesta llevar un show así y lo agradecen. Saben que soy un músico independiente y de algún modo van a apoyar para que siga sucediendo."

En un semestre difícil para la industria del espectáculo, con menos entradas cortadas que en otras épocas en todos los ámbitos culturales, Aristimuño fue uno de los pocos que se animó a girar por las provincias, acompañado por un grupo de quince personas, entre músicos y técnicos. "La gente está guardando un poco más el billete, cuidándolo. Es más difícil que lo gaste en algo artístico".

Dice que suele viajar con las valijas vacías, pero vuelve a su casa repleto de chucherías, mates, tejidos del norte, algún recuerdo para su hija. "Lo peor de las giras cuando son largas es el hecho de extrañar a mi hija. Porque, por ahí, al principio descanso un poco de ella, que tiene 5 años y es un torbellino, pero a los tres días ya me muero de extrañamiento, ¿viste? A veces es algo como contradictorio, porque me gusta salir de casa, no tener que estar pendiente de los quehaceres del hogar, de ir a buscar a mi hija al jardín, con los autos en doble fila, las bocinas y todo eso. Está bueno poder alejarse un poco y tener tiempo para componer o lo que sea. Pero enseguida empiezo a extrañar y por eso esta vuelta no hicimos más de tres shows consecutivos. Siento que me falta algo".

Antes de volver a su estrecha habitación del hotel con una apacible siesta en el horizonte, con una última copa de vino en mano el músico recuerda también que en mayo cumplió el sueño de conocer a Sting personalmente, cuando actuó como telonero en el concierto que el inglés dio en el Hipódromo de Palermo. "Yo soy re fan de él y de The Police y esa noche fue muy amable conmigo. Se vio todo el show medio oculto desde el escenario y después me dijo unas cosas muy lindas. Hasta me saqué una foto con él y mi hija. Me pareció que estaba bueno que ella tuviera una foto con Sting, no sé."

De otra galaxia

Son las seis de la tarde y la lluvia insiste en ofrecerse como telón de fondo de esta ciudad de diagonales. En la puerta del restaurado Teatro Municipal Coliseo Podestá, el cartel de "agotado" sobre el afiche de la gira Constelaciones anticipa una noche especial. "La prueba de sonido primero la hace la banda, después Lisandro solo y después todos juntos", advierte Gastón Montells, suerte de road mánager de Aristimuño a lo largo de esta gira.

Así las cosas, el costado izquierdo del escenario lo ocupa la mini orquesta formada por los violinistas Pablo Jivotovschii (miembro fundador de la Orquesta Típica Fernández Fierro) y Estanislao Díaz Pumará y el chelista y bajista Lucas Argomedo; el centro y el fondo lo ocupan Martín Casado, en batería y Rocío Aristimuño (hermana de Lisandro), en percusión; en el flanco derecho, Ariel Polenta, en teclados y la guitarra estelar de Carli Arístide. La pasada del set list también va con prueba de luces completa. "No hay nadie que hoy esté llevando al interior un show así", repite el iluminador Patricio "Pato" Tejedor, encargado de transmitir en escena el concepto central de Constelaciones. "Este concierto está basado en las luces -dirá más tarde Aristimuño en el backstage- y por eso no utilizamos pantallas, porque la idea es que te sientas como que estás en un Planetario o, en el mejor de los casos, en la Galaxia."

Para ello, una gran bola de espejos se eleva por sobre las cabezas de los músicos como estrella central, refractando luces hasta el último recoveco de este hermoso teatro platense que en apenas media hora pasa de vacío a colmado.

Detrás de escena, Aristimuño cumple con su ritual de té de jengibre antes de cada show. "A pesar de disfrutar mucho todo esto, la gira ha sido un esfuerzo muy grande. No sé si el año que viene voy a volver a salir tanto. Uno queda medio tocado, con la energía un poco descontrolada. Los fines de semana que no toco y estoy en casa, medio que me agarra... ¡¡¡Aghhhhh!!! Como que uno se envicia del público, de que te miren, te observen, de tener un grupo de gente con la que volás arriba del escenario, de estar todo el tiempo activo. Estoy en casa en pantuflas y siento que tengo que hacer algo, que no me puedo quedar quieto".

Faltan minutos nomás para subir al escenario y la sorpresa de la noche llega en formato chico: "¡Ey, qué linda sorpresa!", exclama Aristimuño y su hija Azul, acompañada por su madre, corre a abrazarlo. Luego, Lisandro le dedicará los versos de "Tres estaciones", la canción perteneciente a este último álbum que le escribió a su pequeña: "Quiero volar/ amontonar tres estaciones/ Oír tu voz y contemplar los girasoles/ Ver el mantel donde cenas lleno de flores/ Mirar el sol hasta brillar en tus talones".

En medio de la faena, el músico se pasea por los pasillos para el deleite de sus fans
En medio de la faena, el músico se pasea por los pasillos para el deleite de sus fans. Foto: Ignacio Sánchez

Constelaciones es su primer álbum concebido completamente tras el nacimiento de Azul. Aquella visión de un mundo en descomposición ecológica que trajo Mundo anfibio (2013), con su intrincado entramado de capas sonoras, le deja lugar aquí a un puñado de canciones escritas con el corazón en la mano, melódicamente simples a primera escucha, de espíritu casi beatlesco y que llevan a su máxima expresión la tradición compositiva de Luis Alberto Spinetta, Charly García y Fito Páez, de la que tanto ha bebido este músico y de la que ya se ha transformado en un referente indiscutido para las nuevas generaciones.

"En estos shows tratamos de que las nuevas canciones mantengan ese sonido más limpio. Los chicos tocan menos que en los temas más viejos y se logra un aire en la banda que está buenísimo. Antes por ahí había tantas capas que tenían que clonarse porque no les alcanzaban las manos para tocar todo. Ahora la presión está en el aire, en el silencio, más que en el toque".

Entonces sí, pasadas las 21 Aristimuño irrumpe en escena y durante cerca de dos horas hipnotizará a su público, lo paseará de la introspección al baile, se bajará y tocará por los pasillos del teatro para que los celulares en alto lo retraten bien de cerca. Le agradecerá su apoyo incondicional para con "los músicos independientes" y cerrará su faena "rockeándola", como le gusta decir, cantando eso de "nunca te traiciones, sigue tu camino". Ese camino que lo trajo sin apuro hasta aquí y que lo depositará el 16 de septiembre por primera vez en el Luna Park.

De constelaciones y lunas llenas

"Me pareció que como el disco se llamaba Constelaciones, presentarlo en el Luna cerraba por todos lados", dice Aristimuño, y recuerda la cantidad de shows memorables que se realizaron y los discos clásicos del rock argentino que se registraron en vivo sobre el escenario del estadio de Corrientes y Bouchard. "Tocar ahí para mí es muy importante y lo más hermoso es haber llegado paso a paso, como lo hice. Por eso tengo ganas de que sea como una especie de fiesta para todos." Una luna llena, digamos.

Así las cosas, en estos días el músico comenzará a preparar su fiesta en la luna, su próxima obsesión. "Anoche, como no podía dormir por los ruidos de la calle, me puse a cranear cosas para el Luna y ya fue... no pude dormir más."

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