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A pesar de la pérdida de terreno, aún le sobra capacidad para dañar

Lunes 10 de julio de 2017
The New York Times
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BEIRUT.- Hace tres años, el clérigo musulmán Abu Bakr al-Baghdadi se encaramó sobre el púlpito de una mezquita de la ciudad iraquí de Mosul y se dirigió al mundo como líder de un nuevo Estado terrorista.

El anuncio del así llamado califato fue un momento cúlmine para las milicias de Estado Islámico (EI). Su violencia exhibicionista y su ideología apocalíptica los ayudaron a ocupar enormes franjas de territorio en Siria e Irak, a atraer a legiones de combatientes extranjeros y a crear una administración con empleados públicos, tribunales y pozos de petróleo.

Ahora ese "estado" se desmorona. Pero según los analistas y funcionarios de los Estados Unidos y Medio Oriente, la pérdida de Mosul no implicará un golpe definitivo para EI. El grupo ya ha vuelto a sus raíces de insurgencia armada, pero ahora con alcance internacional y con una ideología que sigue siendo fuente de inspiración para atacantes en todo el mundo.

"Obviamente se trata de reveses muy graves para EI, ya que con esto se termina su proyecto de construcción de un Estado, deja de existir el califato, y por lo tanto disminuirán su base de apoyo y sus reclutas -dice Hassan Hassan, del Instituto Tahrir de Política de Medio Oriente, con sede en Washington-. Pero hoy EI es una organización internacional, así que su liderazgo y su capacidad para volver a crecer siguen intactos."

Estado Islámico ha opacado a sus precursores jihadistas, como Al-Qaeda, pero no sólo en la ocupación territorial, sino gobernando ciudades y tierras interiores durante un extenso lapso de tiempo, ganando credibilidad en el mundo jihadista y construyendo una compleja organización.

Así que por más que pierda su anclaje territorial, los dirigentes que sobrevivan -cuadros intermedios, técnicos en armas, propagandistas y otros agentes- abocarán su experiencia a las futuras operaciones del grupo. Y aunque su posición en centros urbanos claves se tambalea, EI está muy lejos de haberse quedado sin hogar.

En Irak, el grupo sigue controlando Tal Afar, Hawija, otras ciudades y gran parte de la provincia de Anbar. En Siria, durante los últimos seis meses la mayoría de sus altos dirigentes han huido de Raqqa hacia otras ciudades que siguen bajo el control de EI en el valle del río Éufrates. Muchos se han relocalizado en Mayadeen, una ciudad a 175 kilómetros al sudeste de Raqqa. Según los funcionarios norteamericanos, esos líderes jihadistas se llevaron con ellos las operaciones más importantes de reclutamiento, financiamiento, propaganda y actividades en el extranjero.

Altos agentes de inteligencia y antiterrorismo norteamericanos reconocen que EI conserva gran parte de su capacidad para inspirar, posibilitar y dirigir atentados terroristas. El grupo ha llevado a cabo casi 1500 ataques en 16 ciudades de Siria e Irak después de que esas ciudades fueron liberadas del control de las milicias, lo que demuestra que ha vuelto a sus raíces insurgentes y que la amenaza a largo plazo sigue vigente.

Estado Islámico ha compensado parcialmente sus pérdidas a nivel local alentando el surgimiento de filiales a nivel internacional -en Libia, Egipto, Temen, Afganistán, Nigeria y las Filipinas-, y activando a sus agentes en otros países.

Se cree que entre fines de 2014 y mediados de 2016, entre 100 y 250 extranjeros ingresaron a Europa por motivaciones ideológicas conectadas con el grupo.

Pero tal vez ellos no sean la peor amenaza que enfrentan las autoridades de Europa. Un reciente estudio del Programa sobre Extremismo de la Universidad George Washington y del Centro Internacional de Antiterrorismo examinó 51 atentados exitosos perpetrados en Europa y los Estados Unidos desde junio de 2014, tras el establecimiento del califato, y junio de 2017. El informe reveló que sólo el 18 por ciento de los 65 atacantes habían combatido en Irak o Siria. En su mayoría se trataba de ciudadanos de los países que eligieron atacar.

Desde el surgimiento de EI, los Estados Unidos y sus aliados se han enfocado en quebrar el control territorial del grupo, pero casi no han hecho planes sobre cómo reconstruir las comunidades que sufrieron bajo su gobierno. La huida de los jihadistas, de hecho, podría acelerar otros conflictos.

El califato también está vivo en el mundo virtual. Sus seguidores siguen divulgando propaganda, manuales para la construcción de bombas y sugerencias sobre cómo matar al mayor número de gente posible con un camión. Le restan importancia a las pérdidas sufridas y las describen como meros traspiés en el proyecto a largo plazo: una guerra mundial contra todo aquel que se oponga a su ideología. Los funcionarios norteamericanos reconocen, por su parte, la dificultad de combatir al grupo en ese mundo virtual.

Traducción de Jaime Arrambide

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