Los secretos de un presidente en campaña

Laura Di Marco
PARA LA NACION
Martes 11 de julio de 201700:24

“Los que quieren que nos vaya bien, nos critican por tontos. Y los que quieren que nos vaya mal, nos critican por insensibles”, resume el ministro de Cultura, Pablo Avelluto, desde la mini carpa de Marcos Peña, desafiando los cuestionamientos que enfrenta el oficialismo por el aumento de la nafta, a poco más de un mes de las elecciones primarias.

¿Se arriesga el Gobierno a perder las elecciones o, peor aún, a dejar que Cristina las gane? Y en tal caso, ¿asume ese riesgo por exceso de soberbia o por falta de astucia? La polémica se había potenciado por un tuit de Marcelo Tinelli en el que se quejaba por la suba de los precios.

Después del aumento de la luz, el segundo trimestre del año electoral había arrancado con un aumento del gas. En audiencias públicas, se habían pactado dos subas al año y la segunda, podría caer justo en el medio de las elecciones de octubre. Los que critican al Gobierno porque quiere que le vaya bien, como dice Avelluto y entran en pánico ante la posibilidad de un triunfo cristinista, mascullan: cualquier líder mundial -Obama, Merkel, Rajoy- hubiera reprogramado la ingesta de esa pastilla amarga para después del 22 de octubre. O para 2018. ¿O habrá cedido Aranguren al lobby de las petroleras, como aseguran sus críticos, incluso adentro de Cambiemos?

Aquí conviene mirar la película, en lugar de la foto. La Argentina está entre los países con combustibles más caros de la región, a pesar de ser un país productor de petróleo: una configuración heredada de la década pasada y que la actual administración pretende corregir. En el arranque de 2017, las empresas productoras y refinadoras de petróleo firmaron un nuevo acuerdo, avalado por el Gobierno, que persigue básicamente tres metas: preservar los puestos de trabajo en las provincias productoras de hidrocarburos (se afirma que, de haber postergado la suba de naftas, corrían peligro 20 mil puestos de trabajo en Comodoro Rivadavia); desandar el camino de la escasez de energía y adecuar los precios internacionales del crudo –que bajan, en el mundo, desde 2014- con los valores locales.

Como parte de ese acuerdo, se estipuló un ajuste trimestral del precio de los combustibles. Un ajuste que no implica necesariamente un aumento: los precios también podrían, potencialmente, bajar. Pero ocurrió que el aumento del dólar empujó el precio de la nafta. Y que el gobierno decidió sostenerlo: la idea, según Macri y Aranguren, es darle previsibilidad y gradualidad a esta política.

Una política de Estado cuyos resultados son, por ahora, inciertos y que aún no se tradujeron en mayores inversiones. Sin embargo, aquí hay una novedad cultural y otro modo de ver el asunto: en medio de la campaña, el Gobierno decidió no posponer un ajuste claramente impopular. “Alterar ese cronograma por las elecciones hubiera sido una muy mala señal”, explica Hernán Iglesias Illa, subsecretario de comunicación estratégica e integrante del equipo duranbarbista.

¿Al Gobierno le falta astucia política -en la Argentina, la astucia suele ser sinónimo de manipulación- o ensaya un mayor sinceramiento, que también fue un mandato de las urnas?

El 8 de agosto, en plena campaña electoral, el Indec difundirá un nuevo índice estadístico de la economía argentina, que probablemente mostrará que la inflación fue más alta de lo que había calculado el Gobierno. ¿Habría que esconder esos datos, en nombre de la estrategia electoral?

Nos han mentido tanto; nos hemos mentido tanto, que llegamos al punto de asociar la manipulación con la real politik. Una práctica de la falsedad que llevó a buena parte de los argentinos a dejar de creer en la clase política.

Pero hay una segunda novedad. Aquellos que logran llenar la heladera con relativa facilidad son los más activos en la demanda de un intangible de esta época: la necesidad de que las palabras encajen con los hechos. Demanda promovida, en parte, por el desarrollo tecnológico: hoy, cualquiera con un smartphone puede capturar un momento de incongruencia política. Los “carpetazos virtuales” -esos que, en segundos, contrastan archivos del pasado con el presente o con distintas geografías, como le sucedió a Sergio Massa en 2015, con el “tajaí”- avanzan, en la red del pajarito, a golpe de tuit.

A pesar de que el líder de 1País mantiene, al menos, un 20 por ciento de intención de voto en el territorio bonaerense (un porcentaje apetecible, que quiebra los sueños de polarización del gobierno y que lidera, además, una campaña creativa para criticar la política de precios de Cambiemos) una porción de la sociedad no termina de creerle. La acusación de “ventajero”; la sospecha del oportunismo, es una bala que parece haberlo herido, según surge de los focus group de las principales consultoras.

“Con excepción de los extremos del pensamiento –el kirchnerismo, por ejemplo-, no hay tanta distancia entre nuestras propuestas y las de la oposición. ¿Qué hace la diferencia, entonces? Que te crean. Lo más importante es generar confianza. Y ése es un trabajo de hormiga”, destaca Iglesias Illa, autor de Cambiamos, el diario de la campaña de 2015.

“Si decía lo que realmente iba a hacer en el gobierno, nadie me hubiera votado”, justificaba Carlos Menem “El que depositó dólares, recibirá dólares”, mentía Duhalde. “La Argentina está bien”, deliraba Fernando de la Rúa, sobre la cubierta del Titanic. La imposición del cepo al dólar, un cuchillazo –prolijamente silenciado durante la campaña- que el gobierno de Cristina Kirchner asestó sobre sus votantes inmediatamente después de su reelección, en 2011, fue el comienzo del quiebre de su pacto con la sociedad.

Pero tampoco es que el macrismo milite en el purismo. Macri prometió mucho más de lo que podía -y de lo que sabía- en la campaña de 2015. E incluso este año postergó para el que viene un aumento del boleto de los colectivos que circulan en el área metropolitana y que, sumando el Gran Buenos Aires, significan diez millones de viajes por día. También pospondrían el segundo tarifazo del gas, de modo que no caiga antes de que la gente vote. Digamos, con más justeza, que Cambiemos tiene una menor voluntad manipulatoria que sus antecesores populistas.

¿Y no están disimulando, por otro lado, un fuerte ajuste poselectoral? “Esa es una narrativa que está construyendo el círculo rojo –se defienden en el macrismo-. Lo que se viene es lo mismo que estamos haciendo ahora: más gradualismo”. El oficialismo jura que no hay espacio político para profundizar un ajuste “a lo Espert”.

Macri busca seducir a la masa electoral que, en 2015, optó por Cambiemos en la segunda vuelta: casi un 52 por ciento, alcanzado con votos prestados. ¿Podrá lograrlo en medio de un aumento de precios, derivado de la suba del dólar?

“Estructuralmente, no ha habido grandes cambios de la opinión pública de 2015 hasta hoy -explica Juan Germano, de Isonomía- Cambiemos ha generado mucha expectativa de futuro que, en parte, ha caído, pero que igual se mantiene. Los aumentos pegaron y erosionaron al gobierno, pero no quebraron su relación con la sociedad. Hay un 50 por ciento que siente que Macri no le está resolviendo sus problemas, pero sigue confiando en que le falta tiempo”.

Si la elección es entre épocas –pasado contra futuro, como propone Cambiemos- la sola presencia de Cristina no hará más que fortalecer la narrativa del Gobierno. Y hasta, quizá, lo ayude a neutralizar la escalada.

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