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Ayacucho: la escuela que, con su producción avícola, abastece a un pueblo

Desde 2015, los alumnos crían 1800 gallinas ponedoras que proveen de más de 1000 huevos díarios a 8000 familias; además donan al hospital y a 10 comedores escolares

En Ayacucho hay una escuela que, con su producción avícola, abastece a un pueblo. Foto: LA NACION / Mauro V. Rizzi
En la Escuela Agraria N° 1 crían gallinas ponedoras a escala comercial. Foto: LA NACION / Mauro V. Rizzi
Son 1800 gallinas que proveen de más de 1000 huevos diarios a 8000 familias. Foto: LA NACION / Mauro V. Rizzi
También donan huevos al hospital y a comedores escolares. Foto: LA NACION / Mauro V. Rizzi
En ésta escuela los jóvenes cursan por la mañana materias teóricas y por la tarde van a la chacra de 40 hectáreas para aprender los oficios del campo. Foto: LA NACION / Mauro V. Rizzi
 Trabajan con 72 vacas, 56 cerdos, 57 ovejas, 18 conejos y 10 colmenas de abejas. Producen leche, chacinados, queso y miel. Foto: LA NACION / Mauro V. Rizzi
Como las gallinas necesitan un cuidado diario, cada curso se hace cargo de las tareas de un día de la semana. "Hay que juntar los huevos, ponerles alimento balanceado y ver que no se hayan lastimado". Foto: LA NACION / Mauro V. Rizzi
Gracias a lo que producen hay un local de venta al público que funciona en la misma escuela. Foto: LA NACION / Mauro V. Rizzi
Miércoles 12 de julio de 2017
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AYACUCHO.- La Escuela Agraria N° 1 entusiasma a todo el pueblo. En broma, pero no tanto, especulan con que gracias a su granja llegará un día en el que Ayacucho no necesitará comprarle huevos a sus vecinos de General Pirán. Así de independientes se sueñan. Los ayacuchenses, que acumulan elogios por las terneras que crían en sus campos, por fin producen huevos. Porque aunque su partido es el quinto con mayor superficie de la provincia, no había nadie que tuviera gallinas a una escala comercial. Era así hasta agosto de 2015, cuando la escuela inauguró un galpón de ponedoras. Desde entonces, 237 alumnos experimentan esa actividad y simultáneamente logran una producción de huevos suficientes como para venderle a medio pueblo y abastecer gratis a las cocinas del hospital, el hogar de ancianos y 10 comedores escolares.

"Entre 1200 y 1800 huevos por día, según la época del año." El cálculo es de Kevin Roldán, de 14 años, que va a tercer año. En dos años de producción suman más de un millón de huevos para un pueblo de algo más de 20.000 habitantes.

En toda la provincia hay 64 secundarias agrarias públicas, como esta escuela, donde cursan 12.800 alumnos. En todas aprenden habilidades para trabajar en la huerta y en procesos de producción de ganado, cerdos, gallinas y conejos, entre otras actividades. Y en la mayoría de los casos una parte de esa producción que generan se vende en la comunidad, pero el proyecto de Ayacucho adquirió dimensiones inéditas en la provincia. "El objetivo es que aprendan haciendo. Por eso muchas escuelas agrarias venden el excedente de su producción, pero el volumen que alcanzó el galpón de ponedoras es tan importante que logra abastecer a gran parte de la comunidad", reconoció Oscar Bernal, director de Educación Agraria de la provincia de Buenos Aires.

Con el galpón de ponedoras se busca inculcar un razonamiento: mostrarle a los chicos que existe la posibilidad de diversificar la producción. "Lo que más se produce acá es ternera. Pero hay campos chicos, de menos de 300 hectáreas, que sólo con vacas no son rentables, y muchas tierras agotadas por la soja que necesitan volver a ser productivas. Pero nadie cría ponedoras. Eso es lo que queremos cambiar", explica el profesor Aníbal Arrabit.

La agraria N° 1 es de doble turno y tiene dos sedes. En el centro de la ciudad se cursan, por la mañana, las materias teóricas. Por la tarde, lo hacen en la chacra de 40 hectáreas. Ahí aprenden los oficios del campo. Trabajan con 72 vacas, 56 cerdos, 57 ovejas, 18 conejos y 10 colmenas de abejas. Producen leche, chacinados, queso y miel. Y mantienen el galpón con 1800 gallinas ponedoras. Como las gallinas necesitan un cuidado diario, cada curso se hace cargo de las tareas de un día de la semana. "Hay que juntar los huevos, ponerles alimento balanceado y ver que no se hayan lastimado", enumera Brisa Jaime, de 14 años.

Foto: LA NACION

"Nos traen 40 docenas semanales", cuenta Mirta Battistessam, directora del hogar de ancianos municipal San Francisco, donde viven 77 personas mayores. El hospital municipal también se abastece de la escuela. Y el área de Desarrollo Social pone una docena de huevos en cada bolsón de comida que reparte cada 15 días entre 200 familias pobres. "Los huevos que necesita el municipio nos los dan gratis. Son 70 docenas por semana. Ya no tenemos que recurrir a productores vecinos", afirma el intendente, Pablo Zubiaurre, de origen radical.

La mitad de la producción de la escuela se distribuye gratis. A ese acuerdo se llegó en 2015, cuando el municipio aceptó financiar, con un fondo educativo nacional, la construcción del galpón, que costó $ 350.000. Para materializar el proyecto, la escuela también sumó un subsidio de $ 10.000 que le entregó la Legislatura bonaerense a través de la diputada peronista Alejandra Martínez, mientras que el INTA les dio asesoramiento técnico.

Tampoco el Consejo Escolar tiene que pagar por los huevos que recibe para preparar comida en 10 comedores escolares. Pero más allá del aporte comunitario que hace el colegio, por semana le sobran 400 docenas para vender a un precio tan competitivo que hace que la producción de la escuela llegue a gran parte de los 8000 hogares del partido: a $ 20 o $ 16 la docena, por debajo de los $ 26 a los que se consiguen los huevos que vienen de Pirán. De la venta se encargan las madres de la cooperadora en un despacho que armaron al costado de la escuela. Es el principal ingreso de la institución, que el año pasado cerró con un balance de $ 1.700.000. Según revela la directora Mariana Barrera, con lo que ganaron compraron una combi y una camioneta.

El galpón de las gallinas tiene 18 metros de frente por 22 de fondo. Las aves están encerradas en jaulas, de a tres. Sobre ellas hay lámparas que se encienden cuando no hay claridad y con las que garantizan 16 horas de luz al día. A ningún alumno lo asombra ni incomoda el lugar. Dos chicas cuentan que aunque saben que les cortaron el pico para que no se lastimen entre ellas, a veces se asustan cuando alguna les tira un picotazo.

"Nunca nadie dijo sentirse mal por las gallinas. Igual ponemos tres por jaula en lugar de cinco, como se suele hacer en el sector. Y hablamos mucho del bienestar animal. Además estamos armando un pequeño corral para que aprendan lo que es una producción casera de huevos", dice Eduardo Giannassi, otro de los profesores. "No se me pasó por la cabeza preguntarme si estaba bien que se les enseñe a trabajar en galpones de ponedoras porque esa es la forma en la que se produce. Son dudas que no surgen en el campo", considera el concejal Emilio Cordonnier, que en 2015 cuando era secretario de gobierno comunal fue el encargado de acordar el financiamiento para levantar la granja y la cesión en comodato de los silos donde almacenan y procesan los cereales para producir los 170 kilos de alimento balanceado que comen las gallinas.

Los alumnos se muestran ajenos a ese debate. A Joaquín Pane, de 15 años, sólo le preocupa el esquema productivo demandante. "No me podría ir de vacaciones porque a las gallinas las tenés que atender todos los días". Kevin, en cambio, especula con la rentabilidad. "Cuántos huevos tengo que juntar para que me paguen lo que me darían por una vaca." Y aunque no sean demasiados conscientes de lo que representa, saben que el pueblo habla de ellos.

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