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Teresa está liebre, poner en palabras lo imposible para describir la esquizofrenia

Jueves 13 de julio de 2017
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LA NACION
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Teresa está liebre / Dramaturgia: Florencia Naftulewicz, Jimena González / Dirección: Pilar Boyle, Sharon Luscher / Intérpretes: Florencia Naftulewicz, Fernanda Rodríguez / Sonido en vivo: Mariano Asseff / Escenografía: Jacquie Ferreira, Jair Bellante, Mariano Asseff / Asistencia: Luca Capobianco / Sala: El Camarín de las Musas, Mario Bravo 960 / Funciones: jueves, a las 21 / Duración: 60 minutos / Nuestra opinión: muy buena

Nos invitan a jugar por un rato. O, si se prefiere, a meternos de lleno en el universo de Teresa, también llamada Liebre, la protagonista de esta pieza que por momento parece un unipersonal si no fuera por las apariciones casi espectrales de Conejo, su amiga entrañable que ahora ya sólo se encuentra en sus recuerdos. Para que el juego sea completo, nos invitan a subir una escalera para llegar a una sala medio escondida que tiene el teatro. Una especie de altillo, un detrás de un espejo, un espacio olvidado. Como estos temas, como estos dolores. Ya en la escalera nos vamos encontrando con objetos bien desordenados. Y el encuentro con el espacio no deja dudas: aquí hay recuerdos que piden a gritos ser contados.

La tarea ardua que emprenden todas estas mujeres unidas -algunas en la actuación, otras en la dirección y otras en la dramaturgia- es abordar el tema de la esquizofrenia con la suficiente altura como para no perdernos nunca como espectadores y a la vez problematizarlo y ver todos sus costados. Acá no hay miedo sino búsqueda estética sobre cómo tomarlo, con respeto, pero sin sacralizarlo. Teresa (Florencia Naftulewicz) es una paciente ambulatoria. Al contrario, su amiga Conejo, no. Juntas se han puesto otros nombres, han imaginado ser animales. Conejo no sale de allí, Conejo termina sus días de esa forma y Teresa lo sufre, lo sabe. Los recuerdos por momentos la invaden, calla, habla mucho, calla. Lo que tiene para contar la supera pero aun así quiere poner en palabras el dolor.

Como su historia no es lineal, desde la dirección y desde el texto la idea fragmentaria aparece muy claramente. Como recurso eficaz y potente para acceder a la locura. Florencia Naftulewicz se hace cargo del reto y su personaje lo compone superponiendo estados. Es que la locura no admite un relato organizado. Llora, ríe, grita, pone en palabras lo imposible. Por su parte, Fernanda Rodríguez compone un personaje que es evocado, aparece y se esfuma, como la memoria.

El espacio se funde con Teresa, se vuelven uno. Los objetos, los recuerdos, la penumbra, la tristeza y la soledad naufragan en el relato de esta joven. Así, los espectadores tenemos el doloroso privilegio de ser testigos de su angustia. Los límites entre los recuerdos, lo imaginario y lo real, si es que acaso existe algo que se pueda decir real a secas, se mezclan y ahí hace pie Teresa está liebre. Es que la intención es poder acceder al universo de ella, sin juzgar, sin querer entender, sin querer aplicar la lógica consumada. Aquí no hay verdades, hay sensaciones y para ello, la puesta cuidada se vale de un montón de objetos, de un diseño sonoro preciso y de una iluminación tan cuidada que nos hace viajar de los pasillos de la mente de Teresa a los pasillos hospitalarios como sólo el teatro puede hacer.

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