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Un vendedor de alfombras con tono porteño en Estambul

Iván de Pineda

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LA NACION
Domingo 16 de julio de 2017
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Bizancio, Constantinopla... Hoy Estambul. Dividida entre dos continentes, tan europea como asiática, tan asiática como europea. El Bósforo la parte al medio o la une, de acuerdo a como lo quieras ver. Desde los tiempos romanos hasta la llegada de Ataturk, siglos y siglos de historia que se representan en cada rincón, en cada esquina y en cada una de las costumbres.

Esta ciudad de más de 15 millones de habitantes vive y respira las 24 horas del día, como si no hubiera diferencia entre el día y la noche. Pareciera que todo es grande en esta ciudad. O, por lo menos, algunos números nos dejan ver eso: el Grand Bazaar, probablemente la quintaesencia del comercio turco, que está en pie desde poco después de la toma de la ciudad por las tropas de Mehmet II Fatih (el conquistador), con casi 600 años de historia, más de 45.000 m2, más de tres mil tiendas, 65 calles, 21 puertas y más de 20.000 personas trabajando dentro, hoy poblado de turistas. Pero sin lugar a dudas un lugar para visitar sí o sí.

O si no hablemos de Hagia Sophia, Santa Sofía, durante mil años la catedral más grande del mundo cristiano (hasta la construcción de la catedral de Sevilla), edificada por Justiniano y uno de los ejemplos más importante de arquitectura bizantina y testigo del paso del tiempo: iglesia, catedral, mezquita y hoy museo.

Si están por ahí pasen por la nave principal hacia el lugar donde estaba el altar mayor y donde también se encuentra el Mihrab, el lugar de la mezquita que señala La Meca. Encima, sobre la cúpula verán un increíble mosaico original de Nuestra Señora Madre con El Niño flanqueada por símbolos inscriptos en caligrafía árabe de Allah y su profeta, como si el tiempo se hubiera congelado. O pasar por la estación de Sirkeci e imaginarse estar allá en los años 20, escuchando el silbato que anunciaba la partida del famoso Orient Express, envuelta la locomotora en el vapor de las calderas y pensando, por lo menos yo, en Hércules Poirot y su famoso caso llevado a la inmortalidad por Agatha Christie.

Pero hoy quiero contarles de mi encuentro con Metin, un turco muy porteño que, casualmente, tiene uno de los mejores lugares de alfombras de toda la ciudad. Y fue por casualidad como lo conocí. Parado frente a Punto, su tienda a tan sólo 200 metros de la puerta número 1 del Grand Bazaar, observaba las alfombras en exposición de la vitrina. Podría no haber dicho nada y seguir mi camino, pero ante la belleza de lo que veía me debió haber salido algo del estilo de (y perdonen mi grosería) que lo parió, lo que fue respondido por una sonora risa de parte de Metin que, parado en la puerta del local y en un clarísimo y sonoro argentino, me dijo: Che, están buenas, ¿no? Y me invitó a pasar a su casa para que, con un té turco de por medio (siempre hay un té listo para compartir en este país), contarme su historia. La que comenzó hace muchos años cuando sus padres decidieron ir a la Argentina en una tardía luna de miel, llevando consigo a sus hijos. Les gustó tanto que decidieron quedarse y fue en Buenos Aires donde Metin (sobrenombre que indica fortaleza) se hizo hombre. Hoy, después de más de 30 años de haber vuelto a Turquía, sus ojos se iluminaban cada vez que recordaba algo en un perfecto español, con todos los guiños idiomáticos de alguien con calle.

Todo esto mientras estábamos sentados en una alfombra que había tardado siete años en hacerse: "Un verdadero Rembrandt turco", me explicaba Metin, contándome el largo y laborioso proceso de confección de esta pieza en particular, hoy ofreciéndola a clientes por decenas y decenas de miles de euros. "Aquí, hizo hincapié mi interlocutor, las alfombras forman parte del patrimonio cultural de la sociedad turca, no importa el estrato social al que se pertenezca, todos poseen una, un bien preciado y cuidado que no pierde valor ni económico ni sentimental con el paso del tiempo." Dicho esto y con una pícara mirada me dijo: "¿Ahora cuál te vendo?"

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