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Arte sano

LA NACION
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Pablo Sirvén
Jueves 13 de julio de 2017
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Está envuelta en un bonito poncho, que haría las delicias de María Eugenia Vidal y que fue tejido por mujeres wichis, muy lejos de donde expone ahora, ante el repleto auditorio del Malba. El abrigo, de coloridas formas geométricas, no es de lana, sino de chaguar, voz quechua que identifica una planta de fibra textil que crece en el monte del Gran Chaco.

Lo porta Luisa Weber mientras cuenta su experiencia en Matriarca, un emprendimiento muy femenino, como su nombre lo sugiere, que busca promover el arte de comunidades indígenas y criollas latinoamericanas. Además de los wichis, Matriarca trabaja con otros pueblos originarios, como los qom y los warmi, entre otros.

Desde siempre, los indígenas argentinos fueron objeto de oprobios y ninguneos. Discursos politizados los reivindican de palabra sin aliviarles ni un poco su atraso. Apenas sirven de excusa para encender fugaces rebeldías más teatrales que reales en ciudades cómodas y desentendidas de esas penurias ancestrales. Capacitación, en vez de ideología; puesta en valor de cada trabajo, en lugar de misericordia distante, y sustentabilidad, que une en una red a artesanos, diseñadores y consumidores, son la clave. Una historia que puede empezar a cambiar.

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