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Un sueño hecho pesadilla

Pablo Gianera

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LA NACION@gianera
Jueves 13 de julio de 2017
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Hace no más de diez días leí una noticia singular. En honor a la verdad, no era una noticia, sino la iluminación de algo que, evidentemente, pasa hace bastante tiempo y que algunos no conocíamos. Hay hombres en Japón que mantienen una relación sentimental con muñecas de siliconas. Las fotos de los artículos (había varios en más de un diario) eran, de por sí, perturbadoras, por no decir directamente inquietantes: esos hombres aparecen con sus muñecas en paseos a la orilla de un lago y en picnics campestres. "Unas 2000 muñecas de silicona son vendidas cada año en el archipiélago nipón, según los profesionales del sector. Valen algo más de 6000 dólares." Eso leí.

Después de leer, me acordé enseguida del final de la película Casanova, de Federico Fellini. El plano se detiene en los ojos de Donald Sutherland -la suya fue una actuación fuera de serie- y por detrás de la mirada de ese Casanova ya viejo, ya sin fuerzas, se nos impone a los espectadores de la película una imagen del pasado (del pasado de Casanova): una muñeca animada. El hombre que había hecho de la posesión algo puramente mecánico solamente podía evocar, en el último minuto, a un ser mecánico.

La verdad es que la literatura llegó a esas imaginaciones mucho antes de Fellini y mucho antes de que ciertos japoneses siniestros se ocuparan de hacerlas realidad. Las muñecas y los autómatas fueron una auténtica invención romántica. La muñeca pionera es Olimpia, la autómata del relato "El hombre de arena" de E.T.A. Hoffmann. No es una casualidad que ese cuento, y ese personaje también, le sugirieran a Freud su concepto de "lo siniestro" o "lo ominoso" (como también se tradujo la palabra alemana unheimlich). Recordémoslo: lo siniestro es algo familiar que se vuelve de pronto extraño, de tal modo que dejamos de reconocerlo aun con una apariencia reconocible, que se concentra en los ojos.

La genealogía mecánica tuvo una muy digna continuación en el Río de la Plata. Pienso sobre todo en Las Hortensias, la novela breve del uruguayo Felisberto Hernández (si no leyeron todavía esa obra maestra, busquen algunas de las ediciones disponibles en la editorial El Cuenco de Plata), en la que un hombre colecciona, sí, muñecas. En el final, Horacio va en dirección al "ruido de las máquinas". Pero pienso también en Ricardo Piglia y en su novela La ciudad ausente. Macedonio Fernández perdió a su mujer Elena y la convierte, para conservarla, en una máquina de contar historias. Eso es lo que imagina Piglia con maestría. Y ése fue el punto de partida del músico Gerardo Gandini al componer la mayor ópera de la música argentina -La ciudad ausente, justamente- con libreto del propio Piglia.

En la ópera de Gandini, Elena es una máquina de cantar y contar historias, pero la ópera no cuenta, en rigor, ninguna historia; más bien, presenta cuadros que niegan cualquier sucesión y abren una dimensión atemporal muy propicia para la abolición de la muerte. "Elena cree en la muerte y niega la eternidad, cree y acepta ese despido de amor que es la muerte. Macedonio cree que la muerte nada es", dice Fuyita, uno de los personajes. Hay un doble sentido en la frase: la muerte no es nada, es decir, no existe, y la muerte es la nada, el olvido.

Las pesadillas mecánicas del romanticismo parecen haberse hecho realidad en Japón. Es la plena celebración de lo siniestro, que ni siquiera se percibe como siniestro. Pero podemos ver aquí un emblema. Hubo un tiempo en que podía hablarse de "lo humano en busca de lo humano". En Japón, el signo es inverso: lo inhumano sale en busca de lo inhumano. En algunas ocasiones, las imaginaciones de la literatura extraen su fuerza precisamente de su condición irrealizada. Entonces, se parecen bastante al paraíso. El mundo tiende a convertirlas en variedades del infierno.

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