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Mirtha Legrand y Daniel Tinayre: así en la vida como en el cine

Mirtha Legrand y Daniel Tinayre, un amor que nació en el set
Mirtha Legrand y Daniel Tinayre, un amor que nació en el set Fuente: Archivo
Conformaron un matrimonio con charme y armaron una empresa familiar exitosa. El carácter intempestivo de ambos marcó un amor que nació intenso, apasionado y para toda la vida
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19 de julio de 2017  • 08:11

Llovía sobre Buenos Aires. El cortejo fúnebre hacia el Parque Memorial en la Zona Norte del Conurbano marchaba a paso de hombre. Desde el costado del camino, los vecinos que desafiaban a la tempestad se desparramaban en las banquinas para arrojarle flores al vehículo que llevaba los restos de Daniel Tinayre y agitar sus pañuelos para saludar a Mirtha Legrand , su viuda.

El descenso en el camposanto fue lento. A paso medido. La diva, anteojos opacos, estricto luto y capelina al tono, caminaba tomada del brazo de su hijo Daniel Andrés. Detrás, su hija Marcela y su hermana Goldie. Lo gris del día convertía el dolor en una sensación aún más lúgubre. Ese lunes 24 de octubre de 1994 marcaba la culminación de un matrimonio de película. Acaso la escena final de la historia de amor más glamorosa del espectáculo argentino. Una historia real que se convirtió en leyenda. Un vínculo teñido por la pasión, las discusiones semánticas a viva voz, los debates acalorados, los silencios durante días enteros, la admiración mutua, la exquisitez de la vida sibarita y algún que otro desliz que jamás logró hacer sucumbir el lazo sostenido durante casi medio siglo.

Mirtha Legrand y Daniel Tinayre escribieron el guión perfecto para un cuento con todos los matices a los que puede incitar el amor. Un amor sin ficción aunque digno de un buen relato dirigido por Claude Chabrol, Jean Cocteau o el mismísimo Daniel Tinayre.

¿Quién es esa chica?

Corría 1945. Las galerías de filmación de Argentina Sono Film eran un hervidero. Nuestro Hollywood en castellano era una industria en expansión, a pesar de los cíclicos tiempos dictatoriales que interrumpían la libre producción o las crisis económicas que impedían la buena provisión de película fílmica. Con todo, el mercado local arrasaba en las salas locales y se abría paso en Latinoamérica y Europa. Los filmes alternaban las temáticas rosas con algunos títulos de mayor vuelo narrativo. En ese contexto, el reconocido director Luis Saslavsky filmó “Cinco besos”, una película con escenografía de Raúl Soldi, música de Rodolfo Sciammarella y un elenco encabezado por Roberto Escalada, Elena Lucena y ella, Mirtha Legrand, que ya contaba con varios títulos estrenados, entre ellos, el consagratorio “Los martes orquídeas”.

“¿Quién es esa chica?”, se preguntó Daniel Tinayre, hombre de cine, mundano y mujeriego, que había llegado hasta los sets ubicados en el barrio de Martínez para saludar a su amigo Luis Saslavsky. El francés ya era un director reconocido, así que se paseaba cómodo en esa laberíntica fábrica de historias. Ingresó al estudio sin pedir permiso para avisarle a su amigo que los esperaban para almorzar. “¡Corten!”, gritó Saslavsky. “¡Queda!”. La toma había resultado exitosa. Era lo que el director buscaba: un primer plano de una jovencísima Mirtha Legrand, quien, concluida la escena, se ausentó rápidamente hacia el camarín que le habían asignado para estudiar su siguiente participación. Antes, saludó con cortesía al visitante. Se estrecharon la mano formalmente y se miraron a los ojos. Un primer plano mutuo, esta vez sin cámara de por medio. Con cierto rubor, la actriz se escabulló velozmente entre técnicos que desarmaban mármoles de cartón. Ya en sus aposentos, no pudo evitar comentarle a la maquilladora de turno lo buenmozo del, para ella, ignoto amigo del director. Daniel Tinayre también quedó deslumbrado. En ese mismo momento supo que esa era la mujer con la que había soñado siempre. Era el comienzo de todo. Así es Cupido. Los cruzó de casualidad y para toda la vida.

“Jamás había visto a una persona con esos dientes extremadamente blancos, la piel tostada y tan bien vestido”, confesó alguna vez la Legrand. Esa misma tarde, Mirtha recibió un gran ramo de flores. Y una nota: “Hoy ha sido un día inolvidable porque la he conocido”. Firmado: Daniel Tinayre. Ni lerda ni perezosa, ella lo llamó para agradecerle. Y él, seductor innato, apeló a todo su charme, esa elegancia adquirida en Champs Elysées, para invitarla a tomar algo en la tradicional confitería La ideal de la calle Suipacha. “Él decía que se había enamorado de mis ojos y de mi sonrisa”, contó Mirtha en algunas entrevistas.

Por aquellos tiempos, ella tenía tan solo 17 años y estaba comprometida con un militar. Sin embargo, Daniel Andrés Manoli Tinayre, oriundo de Vertheuil, Francia, con 35 años de edad, logró sacarle partido a su verba y poder de seducción. Chiquita no lo dudó un instante. Y esa primera cita, entre mesas rodeadas de columnas de mármoles que no eran de cartón como los del cine, marcó el inicio de una relación eterna. O casi.

Mirtha Legrand en La Patota (1960)
Mirtha Legrand en La Patota (1960) Fuente: Archivo

Si bien ambos compartían la pasión por la pantalla grande y ejercían, cada uno desde su rol, esa afición de manera profesional, provenían de mundos muy distintos. Él era un hombre sumamente culto, de familia diplomática y muy viajada. Ella, en cambio, aún no había despertado a los verdaderos placeres de la vida y su campo de acción era mucho más acotado. ¿Incompatibles? Para nada. Él se encargó de moldear a su modo a esa casi adolescente esposa último modelo. Pero ella, con los años, fue engendrando una personalidad rebelde, nada sumisa, que se correspondería con el rango estelar que iba adquiriendo en su trabajo. Dos temples aguerridas. Dos temperamentos fortísimos. Dinamita pura.

Las revistas se peleaban por tener exclusividades con la pareja. Durante décadas conformaron uno de los matrimonios más elegantes y primorosos de la farándula local. Si ellos asistían a un evento, era sabido que se trataba de un convite de target exclusivo. Daniel sabía adonde llevar a su mujer. Era un estratega a la hora de posicionarla en los circuitos del jet set local. Fue quien creo a la diva. Y el responsable de comandar buena parte de sus trabajos de cine, teatro y televisión.

Rumbo al altar

El 18 de mayo de 1946, Rosa María Martínez Suárez añadiría a su nombre real el apellido Tinayre. Ya había dejado al joven militar con el que se había comprometido en Córdoba para convertirse en la esposa de un hombre que la doblaba en edad y de buen poder adquisitivo.

La ceremonia civil fue celebrada por el secretario del Registro Civil de la calle Agüero porque el juez había tenido un accidente automovilístico camino al casorio. ¡El choque fue nada menos que con la pareja contrayente! Una anécdota de lo más curiosa para un día trascendental. “Yo no sé si estoy casada, porque a nosotros nos casó el secretario”, decía jocosa la actriz.

Un día después, la Iglesia San Martín de Tours, en Palermo Chico, fue anfitriona de los cientos de invitados amigos del novio director y de la joven actriz nacida en Villa Cañás, Santa Fe. Buena parte del mundillo del cine asistió al sacramento que fue retratado en detalle por Radiolandia, la revista que compró los derechos de la boda. Fue el comienzo de un matrimonio que dormiría en camas separadas y que hasta se daba el lujo de tomarse vacaciones por separado: Daniel era muy adepto a irse de viaje con su hija Marcela y dejar a Mirtha sola en Buenos Aires. Cada casa, un mundo. Y, como es sabido, cada mundo tiene sus propios códigos.

Danielito y Marcela

Mirtha Legrand junto a sus dos hijos, Daniel y Marcela
Mirtha Legrand junto a sus dos hijos, Daniel y Marcela Fuente: Archivo

Al año siguiente de la boda, en 1947, nacería Daniel, el primer hijo de la pareja. Y tres años después vería la luz Marcela, la más rebelde del clan Tinayre. “Los hijos pasan factura. A ellos les hubiera gustado que yo estuviese más en casa. Pero siempre les explicaba que gracias al trabajo de sus padres, ellos podían llevar una vida cómoda, sin necesidades. Hoy, si volviese a nacer, no haría lo mismo. Al contrario: estaría en casa a la hora en que los chicos salen del colegio y desean merendar con su madre”, dijo hace poco la diva reprochándose su contracción excesiva a su vocación.

Los hijos fueron siempre muy diversos entre sí. Marcela era más histriónica y social. Daniel más taciturno, ermitaño y con cierto rechazo al star system de la farándula. Con los años, la relación entre el hijo varón y sus padres se tensó, al punto tal de pasar grandes períodos de tiempo sin relacionarse. Sin embargo, dos tragedias volvieron a vincular al matrimonio con su descendiente.

Primero fue la enfermedad y posterior muerte de Daniel Tinayre. Danielito acompañó a su madre en todo ese doloroso proceso. “Ha sido muy amoroso conmigo”, confesó Mirtha en su programa. Pero el acercamiento más estrecho se produciría cuando Danielito enfermó.

La relación con Marcela también tenía sus bemoles. Mirtha discutía mucho con su hija. Ambas tenían su carácter y la chica no era nada sumisa a los mandatos. ¿Competencia? Lo cierto es que Marcelita hizo lo que quiso siempre. Vivió mucho tiempo en el exterior por ser parte de una firma internacional del mundo de la moda y fue cultivando su pasión por el buen vivir a partir de su exclusivo trabajo. Esto incluía gustos costosos y viajes por todo el mundo. Su padre estimulaba esta afición. Más de una vez por año, ambos armaban sus valijas y partían. Mirtha no veía con buenos ojos que la dejasen en Buenos Aires. Le avisaban del tour con las valijas ya listas. La diva, siempre ocupada con sus compromisos televisivos, teatrales o cinematográficos, no podía decir otra cosa que bon voyage. Y muchas veces estallar en una furia contenida o ataques de llanto en medio de la noche.

Infidelidades y peleas

Hace algunas temporadas, en el programa de Chiche Gelblung “702010”, Mirtha se confesó como nunca: “Yo no la pasaba bien, aunque sabía que a quien quería era a mí. Creo que él me quería más a mí, que yo a él”.

Los rumores de infidelidad sonaron de uno y otro lado. Mirtha, toda una dama, casi nunca habló de estas cuestiones. Y la mitología popular hizo lo suyo reproduciendo escenas que jamás se pudieron comprobar.

Daniel era mujeriego. Un seductor ciento por ciento. Las mujeres se derretían por él. Y él por las mujeres. Fórmula perfecta. Se habló de amantes permanentes y, en los últimos años, hasta se difamó su memoria adjudicándole una hija extramatrimonial. ¿Inventos? ¿Imaginación popular? ¿Verdades ocultas?

Lo cierto es que Tinayre ha tenido a lo largo de su matrimonio algunos deslices. Pero Mirtha los perdonó a todos. ¿Y ella? En torno a la Reina Madre también se tejieron fábulas que rondaron en torno a sus posibles infidelidades. Sin embargo, jamás se la vio en una situación comprometida ni en un escándalo por amoríos clandestinos. Si Mirtha tuvo amantes, nadie los vio. La opinión pública jamás lo pudo comprobar fehacientemente. A todas luces, ha sido una dama recatada que conservó a resguardo su más profunda intimidad. Pareciera ser que todo se sabe de ella, pero la Legrand siempre supo muy bien qué mostrar y qué esconder.

A lo largo de 48 años, la relación de la pareja atravesó momentos de calma, y otros en los que el temperamento de ambos hacía temblar hasta las paredes. Además de los lógicos roces que genera la vida marital, a Mirtha y Daniel se les adicionaba el hecho de compartir el trabajo, con todo lo que ello implica.

La famosa pelea a los gritos, en el set de los almuerzos, tomada por cámaras que deberían estar apagadas, expuso el tono en el que, a veces, el matrimonio discutía. “¿Por qué te ponés así? ¡Te perjudicás, si te ponés así, te perjudicás!”, le decía a viva voz el francés en aquella oportunidad en la que se vio a una Mirtha desbordada que le recriminaba a su marido por las fallas técnicas de la grabación.

Ese tipo de encontronazos podía suceder en el canal, en un restó o en la mansión de la calle Castillo de Barrio Parque. Luego de las peleas, cada uno sabía qué hacer. Elba y Elvira, las incondicionales asistentes de la familia, se esmeraban por atenderlos y, de alguna forma, hacer volver la paz al hogar cuando los llantos de Chiquita se hacían incontenibles.

Las reconciliaciones eran a lo grande. Intensas como la pareja. Daniel amaba a su mujer y sabía cómo agasajarla. Joyas, pieles, y hasta una casa nueva a su medida regalada como quien obsequia un libro: Mirtha había salido de viaje para conducir un desfile en el interior del país. Al regreso, Daniel la buscó en el aeropuerto y la llevó en auto por un camino diferente. “¿A dónde vamos, Dani? ¡Estoy agotada, solo quiero ir a casa!”. Tinayre desanudó el camino que culminó en un piso de avenida Del Libertador. Al abrir el palier privado, Mirtha se encontró con un departamento de exquisita ambientación. “¡Acá vamos a vivir de ahora en más!”, le dijo él.

Tinayre tenía esas cosas. Y eran esas travesuras las que conquistaban cada día a una Mirtha que, a pesar de todo, jamás dejó de amarlo. Al igual que el a ella.

Se apaga Daniel

La estrella se preparaba para irse al canal. En esos tiempos, los almuerzos se emitían desde el Canal 9 de Alejandro Romay. Al pasar por el escritorio, la diva observó a su marido cabizbajo. “Chiquita, tengo hepatitis B”, le dijo él. Ella minimizó la cuestión: “Daniel, eso no es nada hoy en día”. Pero el, que no se caracterizaba por el pesimismo, le refutó: “Chiquita, esto es grave. Se va a complicar”.

El instinto no le falló. Ese diagnóstico que le dieron en septiembre de 1994 acabaría por apagar su vida pocas semanas después. En octubre, debió ser internado de urgencia. Al salir de su casa le dijo a Mirtha: “Chiquita, te voy a dejar sola. Pero el lunes volvé al canal”. El domingo 23 de octubre, Daniel Tinayre dio su último suspiro en el Instituto del Diagnóstico, dejando desgarrada a su esposa de toda la vida que se sentía desolada, desnuda, abandonada sin su mentor, el gran amor de su vida, el padre de sus hijos. El hombre con el que podía pelear en los términos más gruesos, pero al que siempre volvería. Ese hombre que podría cometer desprolijidades amorosas, pero regresaría una y otra vez junto a su mujer. El lunes 24 se realizó el entierro. Y dos semanas después, tal como se lo había pedido el director de “La Mary”, Mirtha volvería a la televisión para hacer su programa, pero por primera vez, sin Daniel Tinayre guiándolo todo como un titiritero desde el control del estudio de Bernardo de Irigoyen y México.

Aquel primer programa fue desgarrador. Mirtha recibió a algunos amigos como Delia Garcés, Leonardo Favio y Enrique Pinti, y no se privó de llorar y recordar a su marido frente a las cámaras. “Volvé al canal”. Mirtha volvió. Una vez más le hizo caso a él. Y comenzó una nueva era en su carrera. Ya sin su gran compañero, sin el consejero. Quizás, esta falencia la nutrió para comenzar a transitar un nuevo rol. Mirtha maduró como conductora y emprendió un camino de inocultable crecimiento a partir de una postura menos concesiva y más incisiva con sus invitados. Mirtha comenzó a marcar agenda. No estaba Daniel. Pero ella se las arregló muy bien sola. “Ahora quién me va a retar”, masculló alguna vez.

Cuando algún invitado le sugiere la posibilidad de un nuevo amor, ella se indigna. “Daniel fue y será mi único hombre”, repitió en varias ocasiones. Mujer de palabra.

Así como su regreso a los sets fue prematuro, su vida social se aletargó durante semanas. Solo abandonaba el cuarto piso de Libertador para hacer el programa. Con el tiempo, de a poco, y a medida que el dolor comenzaba a ceder para dejarle lugar al recuerdo amoroso, retomó algunas costumbres saludables como la de ir a cenar los sábados con sus entrañables amigos Juan Carlos y Coca Calabró, Carlos Rottemberg, y Emilio Disi, entre otros. Al regreso de aquella primera cena sin Tinayre, la Legrand ingresó al palier de su departamento y realizó las tareas que su galante marido siempre ejercitaba: encendió la luz y puso la llave en la cerradura. “Chiquita, esto es la soledad”, se dijo a modo de confirmación de un presente desolador.

El otro gran dolor

Las idas y vueltas en la relación con su hijo veterinario eran una constante. Pero en 1999, otra tragedia la volvería a unir con él. Dani, como ella lo llamaba, había sido diagnosticado con cáncer de páncreas. Otra vez, el mundo se desmoronaba ante los pies de la diva. Y ya no tenía a Daniel para apoyarse ante la adversidad más cruel. Marcela, su hija, tomó cartas en el asunto y acompañó a su madre y a su hermano en el tratamiento con desenlace fatal.

Mirtha Legrand se quebró al recordar el cumpleaños de su hijo fallecido

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Daniel había sido intervenido quirúrgicamente en dos oportunidades. Pero, cuando los médicos ya no pudieron hacer más nada, se decidió el traslado silencioso a la casa materna. Allí estaría contenido por su madre, su hermana, sus sobrinos. El martes 20 de abril de 1999 a las 11.30, Daniel Andrés dejaría este mundo tomado de la mano de Mirtha. Una vez más, Chiquita se enfrentaba al dolor más profundo e inexplicable. El duelo sin nombre. La muerte de su hijo.

“Es el momento más duro y más difícil de mi vida y de mi carrera. Daniel era un hombre extraordinario. De una generosidad única. Quizás por eso Dios se lo llevó de este mundo”, dijo la Legrand al regresar a los almuerzos.

Sola

A pesar de la compañía de su hija Marcela, de sus nietos y bisnietos, de sus amigos, Mirtha jamás volvió a ser la misma. Los golpes la marcaron para siempre. Será por eso que se recluyó en su trabajo para paliar esos dolores que nunca se terminan de ir.

La muerte de su marido, cerró una etapa de gran felicidad y complicidades mutuas. A su modo, ellos capearon cada uno de los temporales y mantuvieron de pie a la pareja. “No extraño un beso sino sus consejos. El ´Chiquita abrígate que hace frío´, el ´ese color te queda mejor´. Eso lo añoro. Recuerdo sus risas, sus charlas, su sabiduría, su amor por la buena vida”, diría Mirtha al recordarlo.

Quizás las palabras a su público luego de la muerte de Daniel pueden definirlo todo: “Quiéranme, necesito el cariño de ustedes. Comienza una nueva vida para mí. Solitaria. Lo peor cuando se va un ser querido es como se lo extraña. Yo lo busco. Soy católica, creyente, militante, pero esto es muy duro”.

Legrand y Tinayre compartieron la vida y el trabajo. Conformaron un amor de película y una sociedad laboral exitosa. Hicieron gala del buen gusto. Se perdonaron todo. Absolutamente todo. Y se amaron con una pasión tan intensa, de esas que, a veces, hasta hacen daño. El se fue. Pero ella es una parte suya sobre la tierra. Una mitad desgarrada y resiliente. “Chiquita, esto es la soledad”.

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