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Tuvo que superar una relación violenta, la depresión y la dependencia para volver a enamorarse

Su primera relación fue violenta: pasó por el infierno, entró en la depresión, la dependencia y estuvo al borde de la muerte; su desafío fue volver a confiar en la vida y el amor

Señorita Heart

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PARA LA NACION
Viernes 14 de julio de 2017 • 00:41
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Laura está parada junto al río con la mirada perdida en aquel paisaje amado. Ella, tan joven, es del tipo sensible, de las que sueña despierta. "¿También venís a sacar el registro acuático?" Una voz amable la desprende de sus pensamientos. A su lado, un chico de unos veintipico le habla y a ella le gusta. Le sonríe.

En seguida empiezan a salir y al poco tiempo ya son novios. Se ven todos los días y aunque todo parece fluir bastante bien, hay algo extraño en él y en sus comportamientos. Y, a veces, Laura siente una presión inexplicable en su pecho y pequeños accesos de angustia. Pero ella decide ignorar su instinto y no darle importancia a las señales. Es su primera relación adulta y está convencida de que todos esos pequeños miedos son normales. Por eso, tampoco elije ver que cada vez que ella quiere integrarlo a su familia y a sus amigos, los esfuerzos son en vano; él no encaja en ninguna parte y, de a poco, la aleja de todos. Laura no quiere perderlo y se deja llevar.

Cuando empiezan las peleas fuertes se separan como mucho por una semana, pero vuelven. Está como atrapada en una tela araña, incapaz de cortar ese vínculo que considera especial. "Sólo nosotros sabemos lo que sentimos", reflexiona. Y eso tan especial empeora cuando él se va por trabajo a Uruguay. Laura lo visita cada vez que puede y allí aparecen los maltratos; primero esporádicos, después constantes: un empujón, una agarrada fuerte de los brazos, sacudones. "No es que me esté pegando." Y con ese pensamiento, Laura le abre las puertas al infierno.

La Ceguera

Al poco tiempo, Laura viaja para realizar un curso al exterior y durante ese tiempo lo llama todos los días. Siente una angustia constante y comienza a desconfiar. Y así, con ese miedo, un día ella disca. "¿Hola?" Una voz femenina contesta y Laura pregunta por él. "¿Quién sos?", le replica la extraña, cortante. Atónita, ella responde: "La novia". "Yo soy su mujer", escucha del otro lado mientras sus rodillas flaquean, sus palmas transpiran frío y la habitación se torna densa e irreal. De pronto, a lo lejos, un grito de él, un "qué hacés con ese teléfono"; después el forcejeo evidente y el corte en la comunicación. Con el alma partida al medio, Laura se deja caer en el suelo, su cuerpo convulsiona y llora enroscada como un bebé. "No te lo conté porque no te quería lastimar", le explica él después, "es la mamá de mis hijas. Perdón por no contarte que soy padre, no sé por qué no pude. Te juro que ya no tengo nada que ver con ella." Laura le cree.

Es su primera relación, no conoce otra cosa, está ciega y está envuelta; su autoestima es un espejismo y, por eso, lo primero que hace a su regreso es buscarlo. Al llegar a la casa, la madre de él la toma del brazo fuerte. "¿Qué está pasando?" piensa Laura y grita; un dolor agudo invade cada parte de su cuerpo tirado. Está encerrada y su novio, junto a la madre de éste, sostienen dos palos que colisionan contra su cuerpo, violentos. "Reaccioná. Reaccioná", le dice la voz de la supervivencia mientras todas sus extremidades se defienden como pueden durante los 15 minutos más largos de su vida. Cuando logra salir, sube a su auto como puede y arranca. Está toda golpeada, la cara y las manos le sangran; también tiene un ojo inflamado. Enajenada, no sabe quién es ni dónde está. Estaciona. Mal. "Acá no se puede", le dice un policía dando golpecitos en su vidrio mientras se dispone a multarla. Después, la ve y descubre su rostro ensangrentado.

"Es mayor de edad. Tiene que venir ella.", le dicen a la mamá de Laura en la comisaría de la mujer. "Mi hija no está bien, no puede ver lo que le está pasando y si yo no me muevo te la voy a traer en un bolsa", replica su madre. Dos días después logra radicar la denuncia. Una vez recibida la notificación el "novio", desquiciado, la busca, la mete de los pelos en su auto y le quiebra los dedos. En el hospital le ponen clavos y le sanan las heridas que pueden. Las del alma son incurables y su corazón queda congelado.

Morir y renacer

Laura empieza terapia y con la ayuda de su familia y amigos, logra alejarse de él pero no de ella misma. Deprimida, no quiere salir de la cama, bañarse, vivir; aceptar todo aquello a lo que se expuso, la llena de vergüenza y culpa. Le resulta insoportable abrir los ojos y despertar a la realidad, una realidad que le resulta demasiado cruda como para soportarla sobria; entonces consume una vez, dos veces, incontables veces y se sumerge en aguas turbulentas, plagadas de demonios que le succionan su espíritu. Laura prueba toda sustancia que le llegue a sus manos con tal de escaparle a su tristeza, pero nada es suficiente y entonces prueba más, tanto que el corazón se le acelera y se desvanece. Despierta entubada en el hospital. "Te salvaste de milagro", escucha que le dice un médico. "Te vamos a internar en un psiquiátrico para que puedas recuperarte", le informan horas más tarde.

Laura pasa 40 días lejos de todo y de todos. Después del alta, ella tiene que asistir al hospital de día y es allí donde comienza a apreciar los sabores, los colores y las voces nuevas que al tiempo se convierten en hermosas amistades. Con ellos, y junto a su acompañante terapéutico, comparte salidas y vuelve a sonreír.

Laura pasa 40 días lejos de todo y de todos. Después del alta, ella tiene que asistir al hospital de día y es allí donde comienza a apreciar los sabores, los colores y las voces nuevas que al tiempo se convierten en hermosas amistades. Con ellos, y junto a su acompañante terapéutico, comparte salidas y vuelve a sonreír.

Un amor de verdad

En una de esas salidas aparece Juan, un hombre bueno, dulce, atento, muy opuesto a su ex. Pero ella tiene demasiadas secuelas, demasiados miedos como para volver a confiar en el amor. Aparte, él la mira con cariño y nada más. Sí, le gusta mucho; cuando lo ve se le acelera el pulso y corre al baño para mirarse al espejo y calmar su ansiedad. Le gusta tanto que a los tres meses, cuando a ambos le dan el alta y se alejan en direcciones opuestas, ella se enoja consigo misma por no haberle dicho nada.

Pero no todo está perdido. Es marzo y ya pasaron algunas semanas. Laura está sentada frente a su computadora, abre su cuenta de Facebook, busca a Juan, le pide una solicitud de amistad y le manda un mensaje. La respuesta llega a fines de abril. Intercambian teléfonos y mensajes cada día, desde la mañana hasta la hora de dormir. Se juntan dos veces para ver películas y la tercera vez, él llega, se sienta bien pegadito, la mira a los ojos, le toma la cara entre sus manos y le da un beso eterno y hermoso.

"Es difícil sanar las heridas pero se puede volver a confiar. Desde ese día, no nos separamos más. Hoy, julio 2017 estamos viviendo juntos y tenemos proyectos. Nos apoyamos y le hacemos frente a cualquier adversidad. Claro que a veces discutimos, pero todo siempre es con respeto. Él conoce más que nadie mi historia, lo que viví y vivo día a día para tratar de superarlo. Él es mi contención en momentos difíciles, es quien me abraza en el momento indicado sin tener que decir nada. Sabe lo que me duele, sabe de mis miedos, me ayuda a ser mejor persona y afrontar mis temores. Yo estaba ciega, pero desperté y volví a creer que es posible tener una relación sana. Es posible compartir tu vida con alguien y hoy entiendo que, si bien hay personas dañinas, la mayoría no lo son. Aprendí a entender que el amor se trata de respetar que somos dos personas diferentes que disfrutan de la compañía mutua; él no me pertenece ni yo a él. Estamos juntos por elección y por todo el amor que día a día construimos. Esta es la historia de amor central y estoy agradecida de poder contarla hoy."

Si querés que la Señorita Heart cuente tu historia de amor en sus columnas, escribile a corazones@lanacion.com.ar con todos los datos que te pedimos acá.

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