Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

A una caída del éxito, la lección de Park City

¿Qué pasa cuando no sabés esquiar, pero el único medio para llegar cada día a tu puesto de trabajo, en un restaurante, es una intimidante pista azul?

Sábado 15 de julio de 2017
SEGUIR
LA NACION
0
Foto: Javier González Burgos

Viajar con amigos, trabajar en resorts de lujo, ir a fiestas multitudinarias... Hacer un programa de work & travel durante la temporada de invierno en Estados Unidos puede ser una experiencia muy interesante y divertida. Pero, ¿qué pasa si no sabés esquiar y te toca trabajar en el medio de la montaña? Eso fue justamente lo que me ocurrió cuando decidí viajar a Park City, una de las ciudades turísticas más importantes del estado de Utah, en el verano de 2013.

Nunca fui buena para los deportes. De chica sufría las clases obligatorias de vóley porque me daba vergüenza equivocarme y que mis compañeros se rieran. Como era mala y no me gustaba exponerme, tenía una larga lista de deportes que nunca practicaría, salvo que se tratara de una cuestión de vida o muerte.

Además, sólo había tocado la nieve dos veces en mi vida. Cuando una tormenta de nieve llegó hasta las grandes ciudades argentinas y marcó un récord en ganancias para las casas de revelado fotográfico; todos posamos junto a los árboles cubiertos por una casi imperceptible capa de polvo blanco. La segunda vez fue en las Altas Cumbres cordobesas, donde ensayé un pobre intento de muñeco de nieve.

En busca del talento oculto

A pesar de todo lo anterior, partí hacia Park City. "Quizás encuentro mi talento oculto", contestaba cada vez que alguien me recordaba mi falta de antecedentes.

Luego de varias escalas de avión, llegué a la pequeña y pintoresca ciudad. Desde el aire se veía perfectamente el valle que la cobija y la frondosidad de sus bosques, que esconden las más de 500 pistas distribuidas en dos centros de esquí de nivel mundial: Park City Mountain y Deer Valley. Otro de los detalles que llaman la atención, es la antigua aerosilla, que aún funciona y atraviesa parte del centro de la ciudad.

Park City brilla durante el invierno. Su Main Street se llena de lucecitas de colores, los teatros y cines se rebelan ante el paralizante frío de 24 grados bajo cero y sus galerías de arte invitan a pasar un buen rato bajo el cobijo de lo más codiciado del lugar: la loza radiante. El festival internacional de cine Sundance es otra de las actividades que hacen que la ciudad sea tan atractiva. Durante 15 días, se convierte en una sede de Hollywood y Daniel Radclifffe o Brad Pitt pueden ser la próxima persona a la que debas servirle un café o limpiarle la mesa.

Como si el destino quisiera poner a prueba mi poca destreza con los deportes, el restaurante que me asignaron quedaba justo en el medio de dos montañas. Sun Lodge, un pequeño comedor con amplios ventanales en el extremo oeste de las 3000 hectáreas que ocupa Park City Mountain Resort, el centro de esquí más grande de todo el país, también conocido por varios teleféricos que lo conectan con el centro de la ciudad y por la excelencia de sus restaurantes y hoteles.

Mi entusiasmo pudo más y me autoconvencí de que debía haber alguna otra forma -que no requiriese de una tabla o un par de esquís- de llegar hasta mi puesto de trabajo. Aproveché los días antes de empezar y usar la única clase de snowboard que teníamos incluida por ser parte del staff. Una chica, unos tres años menor intentó enseñarme a manejar mi snowboard, sin resultados. Como último recurso, me mostró cómo derrapar: la forma de no sentirte definitivamente inútil arriba de una tabla.

Sin embargo, el panorama fue peor de lo que imaginaba. El trayecto al restaurante incluía un paseo por la aerosilla más larga de todo el centro de esquí y un descenso, señalizado con un intimidante azul oscuro, de unos 400 metros. Todavía recuerdo la primera vez: mientras mi silla se elevaba, repasaba rápidamente todos los consejos que la instructora me había dado, como si eso me pudiera salvar. Cada tanto, me distraía con la vista aérea del impactante paisaje: cabañas perdidas en el medio de la montaña, árboles bañados con una fina capa blanca y brillante, el sol reflejándose en los lagos. Cuando alcancé la punta, puse mi tabla de costado, quise empujarme para descender pero mi cuerpo se balanceó hacia atrás y perdí el equilibrio.

Alguien me había dicho que el snowboard era fácil. Que debía flexionar un poco las rodillas y listo. Pero no alcanzó. Me caí cada vez que me subí a la tabla y me di cuenta de que ningún talento podía estar tan oculto.

Todo centro de esquí tiene su banda de chicos malos. Generalmente son los que se encargan de palear la nieve acumulada frente a las puertas y en los caminos. Eligen ese trabajo porque los convierte en los primeros en entrar y los últimos en salir de las pistas. Son como los Globetrotters del esquí y yo me convertí en su mascota. Cada vez que me veían en la aerosilla, esperaban hasta verme bajar. No porque fuesen caballeros sino porque sabían que tendrían de qué reírse por el resto de la jornada.

Sin palabras

Harta de tanto intentarlo, cansada de tantos golpes, de tanto amasar nieve con las manos, me rendí. Me saqué la tabla y la cargué durante varios kilómetros hasta llegar a la base. Todos me miraban. ¿Qué hacía una chica caminando con su tabla en perfectas condiciones por el medio de la pista? Lo hice muchas veces, hasta perder la cuenta.

Cuando tenía un buen día en el trabajo, volvía a intentar deslizarme. Otra vez, mi cuerpo contra el piso y de nuevo la eterna caminata. De tanta impotencia, varias veces volví con la cara más húmeda que los guantes. En varias ocasiones, alguna patrulla frenó por si necesitaba auxilio.

Hasta que un día me paré frente al paisaje, levanté la cabeza y volví a quedarme sin palabras ante semejante pintura: los árboles apenas dejaban asomar sus hojas debajo de la densa capa de nieve, el camino no empezaba ni terminaba en ningún lado. Las líneas blancas continuaban a lo lejos, allá arriba de las montañas que parecían una escenografía bocetada por algún genio omnipresente.

También se calló mi cabeza. Le pedí ayuda a una de mis compañeras y ahí me di cuenta de que, por vergüenza, nunca había acudido a nadie. Al principio me costó, me seguí cayendo pero con la certeza de que cada caída era una menos hasta encontrar el equilibrio. Me llevó algunos días poder hacer el famoso slalom sin perder el control. Desde ya aclaro: ningún tutorial de Internet funciona para esto.

El día que pude relajarme y dejar de preocuparme, que pude volver a mirar el cielo y contemplar lo que me rodeaba, todo fluyó de manera maravillosa. Entendí que el obstáculo no era la inclinación de la pendiente ni la altura de la aerosilla ni los Globetrotters ni mi torpeza. El límite estaba en mí y en el miedo que tenía de no poder hacerlo. Entendí que eso era lo que llamaban salir de la zona de confort. Llegar a un lugar desconocido, empezar un trabajo nuevo y tener que comunicarte en otro idioma, encontrarte con la fortuna de que tu tabla es el único medio de transporte y que todo depende de vos, de tu equilibrio, de tu destreza, para hacerlo posible.

En esta nota:
Te puede interesar

Enviá tu comentario

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.
Las más leídas