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Un palacio inconfundible

En Estambul, la residencia de Topkapi muestra cómo vivían los sultanes y requiere más de un día de visita

Viernes 26 de mayo de 2000

Los viajeros que visiten Estambul deberían dedicar más de un día a recorrer el Palacio de Topkapi. Las secciones de la antigua residencia de los emperadores otomanos son tan numerosas y sus tesoros tan impresionantes que, en una sola jornada, se hace casi imposible apreciarlos con cierto detalle. Las salas consagradas a las reliquias, en el tercero de los patios, se cuentan entre las más interesantes. Ese sector de Topkapi fue levantado por el sultán Mehmet II, el Conquistador, y durante mucho tiempo fue el salón del trono.

La primera de las salas era antes una mezquita. Tenía una fuente y un estrado al fondo. Antes de entrar en los cuartos donde se guardaban los objetos de alto valor religioso, los servidores destinados a vigilarlos se lavaban las manos en la fuente y después se dirigían al estrado para elevar una plegaria. A la derecha del estrado están la Sala de Audiencias y la del Manto del Profeta. La puerta que libra el acceso a este último ambiente es una obra maestra. Las hojas de esa entrada están íntegramente cubiertas de incrustaciones de nácar hechas por Sedefkar Vasir. En lo alto hay una inscripción de alabanza a Alá. Las paredes están revestidas de bellísimos mosaicos esmaltados del siglo XVI, en celeste, verde y rojo sobre fondo blanco.

En un costado hay un baldaquino apoyado sobre columnas cubiertas de hojas de oro y de plata, cuya bóveda está formada por una serie de espejos. La sala sufrió modificaciones con los distintos soberanos. Mahmut II, por ejemplo, hizo colocar boiseries y una chimenea de bronce de estilo imperio. Se trata de un toque occidental que recuerda la influencia que los franceses tuvieron sobre los otomanos en el siglo XIX.

Entre espadas y libros

Entre las reliquias se encuentran objetos personales de los compañeros del Profeta, espadas, ejemplares del Corán y de otros libros religiosos, así como objetos traídos de La Meca. Quizá la pieza más venerada de las que se conservan sea el Manto del Profeta; en un cofre de plata está la Bandera del Profeta, hecha en tejido de lana negra y colocada en un estuche de seda. Hay una segunda bandera, de seda verde, que tiene una inscripción en árabe con los nombres de doce personas a las que se les promete el Paraíso.

Algunas de las reliquias impresionan porque son parte del cuerpo de Mahoma. Por ejemplo, hay un relicario bellísimo de diamantes y esmeraldas que contiene los dientes del Profeta. En una pequeña caja de oro, de forma cilíndrica, con rubíes y esmeraldas incrustadas, hay un poco de tierra que procede de la tumba de Mahoma.

También se conserva uno de sus pelos en una caja redonda de vidrio enmarcada en oro y colocada en un relicario de plata, adornado con oro, rubíes y esmeraldas. Por supuesto, el vidrio que encierra el pelo es de aumento, lo que permite verlo. El conjunto se halla depositado en un cofre de plata, encargado por el sultán Abdulmecid.

Se ha llegado a preservar hasta la huella del pie del Profeta, que se exhibe enmarcada por un gran rectángulo de bronce dorado. Sorprende ver una serie de 34 llaves y dos cerraduras. Las llaves llevan inscripciones que, como siempre, resultan muy decorativas, y también muestran motivos vegetales a modo de adorno.

Con el sello de Mahoma

Provienen de La Meca y llegaron a Estambul cuando se restauró aquel santuario. En la numerosa colección de espadas, se destacan dos por su belleza, por las piedras preciosas que las adornan y, sobre todo, porque pertenecieron al Profeta. En una caja oval, se exhibe el sello de Mahoma. Se lo halló en Bagdad en el siglo XIX.

Hay también 139 ejemplares del Corán, uno de los cuales perteneció al califa Osman, sucesor de Mahoma. Algunos de esos libros fueron escritos por los calígrafos más destacados en la historia de la escritura árabe como Yakut, Ahmet Karahisar y Mahmut Nisapui, considerados grandes artistas plásticos.

Muchas de estas reliquias llegaron a Estambul como producto de distintas guerras. Por ejemplo, el sultán Selim I consiguió algunas de estas piezas a las que se les rinde un culto especial en su campaña contra los mamelucos de Egipto. Otras fueron enviadas a la capital del Imperio Otomano por el emir Seyyid Berekat.

El conjunto causa sorpresa en los visitantes por la devoción con que se preservan tanto las pertenencias de Mahoma como los restos de su cuerpo. Además, deslumbra la riqueza y la belleza de las vitrinas, los cofres y los distintos elementos que se utilizan para exhibir y proteger esos tesoros de la fe mahometana.

El murmullo de las plegarias y las ahogadas exclamaciones de asombro reverencial de los fieles son algo así como el bajo continuo que se oye durante todo el recorrido de esta sección de Topkapi.

Por Hugo Beccacece De la Redacción de La Nación

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