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Liu Xiaobo: disidente y Nobel de la Paz, nadie se le animó tanto al temible régimen chino como él

Viernes 14 de julio de 2017
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PARA LA NACION
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Foto: Archivo / AFP

PEKÍN.- Liu Xiaobo murió ayer a los 61 años por un cáncer de hígado. Según Pekín, un criminal; según el resto, un valeroso defensor de la democracia.

Liu relevó a Gandhi, Luther King o Mandela en la lucha pacífica y también trascendió los límites geográficos o raciales hasta alcanzar un ideal universal de libertad. Con él se va el activo más sólido de la disidencia política china y también el mayor incordio del régimen. A Liu le restaban tres años de condena y no parecía muy dispuesto a obedecer. No lo había hecho tras recuperar la libertad en las anteriores ocasiones y el Nobel le aseguraba un potente altavoz global.

El Hospital de Shenyang (provincia de Liaoning) que lo trataba desde que fue diagnosticado en mayo anunció anoche su muerte. Se sabía que la enfermedad se había extendido y que su debilidad le impedía ya comer, pero incluso en sus últimos días se había peleado con Pekín por su derecho a morir donde y como quisiera.

Sus peticiones fueron ignoradas por el miedo a que utilizara sus últimos alientos en el extranjero para repetir su discurso. Su final era inexorable y en su voluntad pesaba más sacar del país a su esposa, Liu Xia, en arresto domiciliario desde 2010 a pesar de que nunca se han presentado cargos contra ella.

La magnitud del rival mide a los Nobel de la Paz, y pocos hay tan brutales con la disidencia como el régimen chino. Hay que rebobinar hasta Carl von Ossietzky y la Alemania nazi para encontrar a otro fallecido en cautiverio. China le debe el favor a Liu de que no muriera cuando su presidente, Xi Jinping, departía el fin de semana pasado con los líderes mundiales del G-20 en Hamburgo. Nadie preguntó a Xi en público por su preso político más célebre.

Liu fue diagnosticado cuando cumplía condena, y sólo su esposa y sus familiares más cercanos pudieron despedirse de él. Siempre quedará la duda de si el cáncer pudo haber sido detectado antes.

Su vida no se explica sin las protestas de la plaza de Tiananmen. Liu nació en 1955 en Changchun (provincia de Jilin) en una familia de intelectuales afines al partido, y perteneció a la primera generación que entró en la universidad después de su cierre durante la Revolución Cultural. Estudió literatura y filosofía, y pronto su elocuencia y carisma lo catapultaron a la docencia en la prestigiosa Universidad Normal de Pekín.

También era requerido por universidades de Oslo, Hawai o de Nueva York. Ahí estaba en junio de 1989 cuando, sin haber mostrado antes inclinaciones políticas, voló a Pekín para acompañar a los estudiantes en la plaza. Primero instigó una huelga de hambre y después negoció su salida pacífica. Muchos más habrían muerto sin su mediación, aseguran los historiadores.

Liu recibió su primera condena por incitación contrarrevolucionaria y nunca se perdonó su confesión escrita para acortarla. Entendió que había traicionado a las víctimas y años después dedicó su Nobel de la Paz a las "almas perdidas" aquel 4 de junio.

En los años siguientes continuó su desafío a Pekín y se erigió en un defensor de las libertades. Con la Carta 08, que ayudó a redactar y fue firmada después por 300 intelectuales, cruzó la línea roja. El manifiesto exigía el fin del partido único y elecciones multipartidistas.

Liu fue encarcelado el día de Navidad de 2009 y ya nunca saldría. La sentencia lo describió como "un gran criminal" de "efectos malignos" y lo condenó a once años. Esta vez rechazó la confesión.

El Nobel de la Paz descompuso a Pekín. El gobierno censuró su nombre y todos sus escritos, impuso sanciones económicas a Noruega y ordenó el arresto domiciliario de su esposa. También rescató alguna de sus viejas y desafortunadas opiniones: Liu había apoyado la guerra de Irak y sostenido que China necesitaría 300 años de colonialismo para alcanzar el nivel de Hong Kong.

En algunos sectores del activismo se le achacó cierta arrogancia intelectual, un pecado juvenil que después mutó en humildad desarmante. En sus últimos años se ha dirigido con exquisita amabilidad a los policías, jueces y carceleros que lo han privado de libertad y de sus últimos deseos.

Liu deja un país que ha acentuado la represión a la disidencia y un mundo cada vez más reticente a reprochárselo. La clase de escenarios que necesitan de personas como Liu Xiaobo.

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