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Un compañero para recrear la propia vida

Sábado 15 de julio de 2017
LA NACION
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Las cifras confirman el creciente número de mascotas en espacios públicos y la adopción de perros, gatos y otros animales de compañía por familias unipersonales o parejas con y sin hijos en grandes ciudades. En mi infancia en un PH de Once disfruté de jugar con mis perritas experiencias inolvidables. Recientemente cuidamos unos días a Kitty, caniche toy que me reconfirmó el valor gratificante de la experiencia.

Como psicoterapeuta he ratificado su valor como compañía en pacientes adultos, solos, con hijos casados o solteros con necesidad de intercambiar afectos. Su valor terapéutico es innegable. Se entrenan razas para acompañar según edad, rasgos de personalidad, patología o discapacidad del dueño. A Freud lo acompañaba un perro en su consultorio que percibía cuando la sesión estaba por terminar.

Me presentaron mascotas en mi consultorio como logro vital celebrándolo con los pacientes. También ayude a procesar duelos por su pérdida, particularmente en personas solas. La mascota percibe tristeza, necesidad de consuelo, exige afecto, cuidado y "empuja" a salir al mundo y a la vida. Es agradecida, fiel, aunque no exenta de conflictos en el proceso de adaptarse al dueño. Se identifica con valores y mañas de sus dueños.

En el mejor de los casos nos saca de tendencias narcisistas. En el peor, las consolida en una burbuja simbiótica en la cual pretendemos que sean hijos obsecuentes, víctimas de caprichos infantiles o dominantes de dueños a los que no les vendría mal psicoterapia. Así como se aprende a ser padre, una mascota nos enseña a cuidar y aceptar ser cuidados. La vida actual no es sencilla y, sin duda, un excelente amigo puede ser un perro o un gato.

Ahora, ¿en qué casos sugerir la adquisición de una mascota? Niños en etapa de crecimiento. O adolescentes. Permite socializar corriéndose de la ilusión de ser únicos en el mundo. Mujeres u hombres que deciden vivir solos o que no han concretado parejas estables o éstas han fallecido. Personas con algún tipo de discapacidad. Hijos que han acompañado a sus padres por años sin llegar a armar su vida propia. Las mascotas saben acompañar adoptando el ritmo de sus dueños.

¿Un consejo? No adquirir compulsivamente. Asesorarse sobre el tipo de animal conveniente, cuanto espacio requiere y hábitos. He conocido escenas de intolerancia entre dueños intentando forzar hábitos con animales de rasgos incompatibles. Y no poca cosa: una mascota es un otro significativo que no reemplaza lo que se quiso tener o se perdió. Es un compañero de vida para recrear la propia y seguir afrontando los desafíos.

El autor es médico psiquiatra y psicoanalista

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